La primera noche en el hospital nadie durmió.
Ni Daniela.
Ni Lucía.
Ni siquiera Óscar.
Aunque por razones muy diferentes.
Doña Carmen seguía inconsciente. Don Esteban apenas reaccionaba a los estímulos. Los médicos hablaban de recuperación, pero también de secuelas.
Y mientras todos esperaban respuestas, Daniela no podía quitarse una sensación de encima.
Algo no encajaba.
Los somníferos no habían aparecido de la nada.
Alguien había estado en esa casa.
Alguien que conocía sus horarios.
Alguien en quien confiaban.
Tres días después, la policía realizó una inspección completa.
No encontraron puertas forzadas.
Ni ventanas abiertas.
Ni señales de robo.
Sin embargo, había algo extraño.
Faltaban documentos.
Papeles del banco.
Estados de cuenta.
Y una carpeta donde don Esteban guardaba las escrituras de un terreno heredado de su padre.
—Entonces sí entró alguien —dijo Daniela.
—Sí —respondió el agente—. Pero entró con llave.
Aquella frase quedó flotando en el aire.
Con llave.
Daniela recordó inmediatamente algo.
Años atrás, su madre había hecho varias copias.
Una para ella.
Otra para Lucía.
Y una más…
Para Óscar.
“Por si algún día pasa una emergencia”, había dicho doña Carmen.
Cuando Daniela comentó aquello, Lucía reaccionó de inmediato.
—¿Insinúas que mi esposo tuvo algo que ver?
—No estoy insinuando nada.
—Pues lo parece.
Óscar intervino con una sonrisa tranquila.
—Entiendo que todos estamos nerviosos.
Demasiado tranquilo, pensó Daniela.
Demasiado perfecto.
Los días siguieron avanzando.
Una semana después, Daniela volvió a la casa para recoger ropa y limpiar un poco.
El silencio seguía siendo incómodo.
La ausencia de sus padres pesaba en cada rincón.
Abrió ventanas.
Sacudió muebles.
Ordenó algunas cajas.
Y entonces encontró algo.
En la parte superior de una estantería había una pequeña cámara vieja cubierta de polvo.
Don Esteban la había comprado años atrás.
Decía que servía para vigilar el jardín cuando se robaban las macetas.
Daniela casi la ignoró.
Pero notó una luz parpadeando.
Seguía funcionando.
El corazón empezó a acelerársele.
Corrió a buscar el cargador.
Después de varios intentos logró encenderla.
La pantalla mostró grabaciones antiguas.
Cumpleaños.
Navidades.
Comidas familiares.
Nada importante.
Hasta que encontró un archivo fechado dos noches antes de que sus padres fueran encontrados inconscientes.
El video comenzó mostrando la sala vacía.
La hora marcaba las 10:47 de la noche.
Daniela observó sin respirar.
Pasaron treinta segundos.
Luego un minuto.
Y entonces ocurrió.
La puerta principal se abrió lentamente.
Desde dentro.
Sin forzarla.
Sin romper nada.
Como si quien entraba conociera perfectamente la casa.
Una figura apareció en la imagen.
Gorra oscura.
Sudadera gris.
Guantes.
El rostro permanecía oculto.
Pero Daniela sintió un escalofrío.
La persona caminaba con demasiada seguridad.
Sabía exactamente dónde estaba cada cosa.
Se dirigió directamente a la cocina.
Luego al despacho de don Esteban.
Después al dormitorio principal.
Como alguien que había estado allí muchas veces.
Daniela adelantó el video.
Vio cómo la figura permanecía más de cuarenta minutos dentro de la casa.
Y justo antes de salir, ocurrió algo que le heló la sangre.
El hombre se giró hacia una fotografía familiar colocada sobre un mueble.
Por una fracción de segundo, la manga de la sudadera se levantó.

Y dejó al descubierto un reloj.
Un reloj plateado.
Con una correa negra desgastada.
Daniela conocía ese reloj.
Lo había visto decenas de veces.
En reuniones familiares.
En cumpleaños.
En cenas de Navidad.
Porque pertenecía a una sola persona.
Óscar.
Las manos comenzaron a temblarle.
—No puede ser…
Repitió la grabación una vez más.
Y otra.
Y otra.
El mismo reloj.
La misma marca.
La misma pequeña raya en el borde metálico.
No era una coincidencia.
Daniela tomó el teléfono inmediatamente.
Necesitaba hablar con la policía.
Pero antes de marcar, una notificación apareció en la pantalla.
Era un mensaje de Lucía.
Solo una línea.
Una sola.
Y bastó para que el miedo se transformara en terror.
“Dani… Óscar desapareció esta mañana. No sé dónde está.”