Cuando regresé a la habitación, Lily seguía dormida.
El monitor cardíaco marcaba un ritmo constante, pero cada pitido era un recordatorio de que había llegado demasiado tarde para protegerla.
Me incliné y besé su frente.
—Te lo prometo, hija. Nadie volverá a tocarte jamás.
Quince minutos después abandoné el hospital.
Un SUV negro me esperaba con el motor encendido.
Al volante estaba el mayor Miguel Reyes.
Había envejecido.
Su cabello mostraba vetas grises y una cicatriz cruzaba su mejilla izquierda.
Pero sus ojos seguían siendo los mismos.
Los ojos de un hombre que jamás olvidó una misión.
No hubo abrazos.
Solo un firme apretón de manos.
—Bienvenido de nuevo, señor.
Subí al vehículo.
En el asiento trasero descansaban tres carpetas gruesas.
Cada una llevaba un nombre.
Cole.
Hale.
Whitmore.
—¿Tan rápido? —pregunté.
Reyes sonrió apenas.
—Nunca dejamos de vigilar a la gente peligrosa.
Abrí la primera carpeta.
Fotografías.
Transferencias bancarias.
Contratos públicos.
Llamadas telefónicas.
Correos electrónicos.
Todo estaba conectado.
El padre de Ethan había pagado millones en sobornos disfrazados de donaciones.
La senadora Hale había presionado personalmente para archivar denuncias contra su hijo.
Los Whitmore financiaban la universidad y decidían quién ascendía… y quién desaparecía.
No era solo un ataque.
Era un sistema entero protegiendo a tres depredadores.
Entonces Reyes colocó una memoria USB sobre la carpeta.
—Encontramos esto hace veinte minutos.
La conecté al ordenador portátil.
Apareció una grabación recuperada de una cámara de tráfico situada a casi doscientos metros del campus.
La imagen era borrosa.
Pero suficiente.
Lily intentaba alejarse.
Los tres la rodeaban.
Uno la sujetó por detrás.
Otro le dio el primer golpe.
Cuando cayó al suelo, continuaron atacándola sin que ella pudiera defenderse.
No era una pelea.
Era una emboscada.
Sentí cómo la rabia recorría mi pecho.
Reyes observó la pantalla en silencio.
—Hay algo más.
Abrió otra fotografía.
Mostraba al detective del campus entrando esa misma noche en un restaurante privado.
Sentado frente a él estaba Charles Whitmore.
Sobre la mesa había un maletín abierto lleno de dinero.
La fotografía tenía fecha y hora.
Tomada apenas cuarenta minutos después del ataque.
—La investigación terminó antes de empezar —dijo Reyes.
Asentí lentamente.
No buscaban justicia.
Buscaban borrar a mi hija.
Saqué mi teléfono.
Marqué un número que muy pocas personas conservaban.

—Brooks.
La voz respondió de inmediato.
—Aquí.
—Necesito localizar a Kane y a Chen.
—¿Los reunimos?
Miré una vez más el vídeo donde Lily caía al suelo.
—No.
Mi voz sonó más fría que el acero.
—Quiero reunir a Spectre.
Porque esta vez no vamos a rescatar a nadie.
Vamos a derribar a todos los que creyeron que podían comprar la verdad.