PARTE 2: LOS TRES PADRINOS.

Miré el teléfono sin atreverme a respirar.

—¿Qué acaba de decir? —susurré.

Gabriel no repitió la frase.

Solo habló con la misma calma.

—Pon el altavoz.

Los golpes de Adrian se hicieron más fuertes.

—¡Sophie! ¡No me obligues a tirar la puerta!

Mi hija comenzó a llorar otra vez.

Con manos temblorosas activé el altavoz.

—Ya está.

Gabriel habló con voz firme.

—Adrian, soy Gabriel Hayes.

El silencio al otro lado de la puerta fue inmediato.

Después escuché un golpe seco.

Como si Adrian hubiera retrocedido de la sorpresa.

—¿Gabriel?

—Sí.

—¿Qué demonios haces hablando con mi esposa a estas horas?

—Corrigiendo un error que tú llevas meses cometiendo.

Adrian soltó una risa incómoda.

—Esto es un asunto entre marido y mujer.

—Ya dejó de serlo.

Hubo unos segundos de silencio.

Después Adrian endureció la voz.

—Gabriel, no te metas.

—Ella acaba de pedirme ayuda para salir de esa casa con su hija.

—Y voy a dársela.

Escuché cómo Adrian apretaba la manija.

—Sophie, ¿de verdad llamaste a Gabriel?

No respondí.

Gabriel sí.

—En quince minutos habrá seguridad privada frente a la casa.

—Si intentas impedir que salga, llamaré personalmente a la policía.

Adrian respiró con fuerza.

—Estás exagerando.

—Solo traje a una compañera de trabajo.

—A las once y media de la noche.

—Mientras tu esposa alimentaba sola a una bebé de tres meses.

Gabriel no levantó la voz.

Precisamente por eso cada palabra pesaba más.

—Ni siquiera intentes justificarlo.

Adrian permaneció callado.

Entonces sonó otro teléfono.

Era el mío.

En la pantalla apareció otro nombre.

Nathan Brooks.

El segundo padrino de nuestra boda.

Contesté.

—Sophie.

—Nathan…

—Gabriel ya me llamó.

Mi corazón dio un vuelco.

—Estoy saliendo hacia tu casa.

—¿Cómo…?

—No estás sola.

Antes de que pudiera responder, entró otra llamada.

Lucas Grant.

El tercer padrino.

Los tres mejores amigos de Adrian.

Los tres hombres que llevaban más de veinte años conociéndolo.

Contesté.

—Lucas…

—Quédate dentro.

—Llegaremos casi al mismo tiempo.

Sentí que las lágrimas empezaban a caer.

No de tristeza.

De alivio.

Durante tres meses me había convencido de que nadie me creería.

Que todos protegerían a Adrian.

Me había equivocado.

Detrás de la puerta volvió a escucharse la voz de mi esposo.

Esta vez sonaba nerviosa.

—Gabriel…

—No hagas esto.

—Somos amigos desde la universidad.

—Precisamente por eso te di demasiadas oportunidades.

Gabriel guardó silencio un instante.

Luego dijo algo que me dejó completamente inmóvil.

—Hace tres meses, cuando Sophie dio a luz, te pedimos que dejaras de jugar con Vanessa.

—Nos prometiste que terminarías esa relación.

Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.

¿Ellos ya lo sabían?

Adrian tampoco pudo ocultar su sorpresa.

—¿Quién te dijo…?

—No importa quién.

—Importa que mentiste.

Escuché pasos acelerados en el pasillo.

Después el sonido de unas llaves.

Vanessa seguía dentro de la casa.

Adrian había dicho que se había marchado.

Era otra mentira.

Cinco minutos después, tres vehículos negros se detuvieron frente a la entrada.

Las luces atravesaron las cortinas del dormitorio.

Mi teléfono vibró.

Era un mensaje de Gabriel.

“Abre la ventana.”

Corrí la cortina.

Abajo estaban los tres hombres que habían sido testigos de nuestro matrimonio.

Los tres miraban directamente hacia la habitación donde yo sostenía a mi hija.

Y detrás de ellos, junto al último automóvil, descendió una mujer de cabello plateado con un elegante abrigo oscuro.

Adrian la vio desde la ventana del pasillo.

Su rostro perdió completamente el color.

Porque la última persona que esperaba encontrar frente a su casa… era su propia abuela.

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