PARTE 2: EL MOVIMIENTO DE UN DEDO.

Mateo sintió un roce tan leve que creyó haberlo imaginado.

Bajó la mirada.

El dedo índice de su madre había rozado apenas la palma de su mano.

Fue un movimiento diminuto.

Tan pequeño que cualquiera habría pensado que era un espasmo.

Pero él conocía demasiado bien a su mamá.

—Mamá… —susurró con la respiración contenida.

Volvió a sujetarle la mano.

Esperó.

Durante varios segundos no ocurrió nada.

Entonces sintió otro roce.

Una vez.

Dos veces.

Lágrimas silenciosas comenzaron a correr por su rostro.

—Papá… —dijo con voz temblorosa—. ¡Mamá me apretó la mano!

Ricardo giró lentamente.

Su expresión cariñosa desapareció durante una fracción de segundo.

Después sonrió.

—Mateo, eso pasa a veces. Son reflejos.

—No.

El niño negó con fuerza.

—Ella me escuchó.

Ricardo se acercó rápidamente a la cama.

Tomó la mano de Valeria.

La apretó con fuerza.

No obtuvo ninguna respuesta.

Miró a Vanessa.

Ella también parecía nerviosa.

—Vámonos —murmuró Ricardo.

—El niño está confundido.

Pero Mateo seguía mirando a su madre.

—Mamá siempre hacía dos apretones cuando quería decirme que todo iba a salir bien.

Valeria reunió toda la fuerza que aún le quedaba.

Intentó mover otra vez el dedo.

El dolor era insoportable.

Sentía que todo su cuerpo pesaba toneladas.

Aun así…

Volvió a hacerlo.

Dos pequeños movimientos.

Mateo dio un paso atrás.

—¡Lo hizo otra vez!

La enfermera Lupita acababa de entrar con el cambio de medicación.

Al escuchar los gritos, corrió hasta la cama.

—¿Qué ocurrió?

—¡Mi mamá me respondió!

Ricardo soltó una risa forzada.

—Mi hijo está muy afectado.

—Ha confundido unos movimientos involuntarios.

Pero la enfermera no respondió.

Tomó una linterna.

Iluminó los ojos de Valeria.

Después llamó inmediatamente por el intercomunicador.

—Necesito al neurólogo en la habitación 814.

—Ahora mismo.

Ricardo sintió un vacío en el estómago.

Vanessa dio un paso hacia atrás.

Cinco minutos después llegó el doctor Hernández.

Era el mismo médico que llevaba semanas insistiendo en que la actividad cerebral de Valeria era prácticamente inexistente.

Observó el monitor.

Revisó las pupilas.

Después realizó varias pruebas rápidas.

—Señora Montes…

Hizo una pausa.

—Si puede escucharme, intente mover el dedo índice derecho.

Ricardo cruzó los brazos.

—Doctor, ya le expliqué que fueron reflejos.

El médico levantó una mano pidiéndole silencio.

Todo el cuarto quedó inmóvil.

Pasaron diez segundos.

Quince.

Veinte.

Entonces…

El dedo volvió a moverse.

Despacio.

Pero de manera inconfundible.

El doctor Hernández abrió mucho los ojos.

Repitió la prueba.

—Si me escucha, vuelva a moverlo.

Valeria reunió las últimas fuerzas que le quedaban.

Lo hizo otra vez.

Esta vez el monitor cardíaco aceleró ligeramente.

La enfermera sonrió emocionada.

—Doctor…

—Está respondiendo órdenes.

El rostro de Ricardo perdió todo el color.

Vanessa dio un paso hacia la puerta.

Hernández permanecía completamente inmóvil.

Porque aquello significaba una sola cosa.

Valeria nunca había estado en estado vegetativo.

Había permanecido consciente todo ese tiempo.

Y si había escuchado las conversaciones de las últimas semanas…

También había escuchado la confesión de aquella noche.

Ricardo comprendió exactamente lo mismo.

Por primera vez desde el accidente, el hombre que había interpretado al esposo perfecto sintió miedo de verdad.

Porque la mujer que había intentado asesinar…

Acababa de demostrar que seguía viva.

Y todavía recordaba absolutamente todo.

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