PARTE 2: EL OLOR AMARGO

Alejandro permaneció inmóvil.

En una mano sostenía la orden de internación psiquiátrica.

En la otra, el pequeño frasco que Lucía acababa de colocar sobre la cómoda.

Durante unos segundos, el único sonido en la habitación fue la respiración agitada de Emiliano.

Regina fue la primera en romper el silencio.

Soltó una risa breve.

—¿En serio vamos a hacer esto?

Miró a Lucía con desprecio.

—Una empleada que lleva tres semanas en esta casa encuentra un frasco en la basura y de pronto ya es perito químico.

Lucía tragó saliva.

Tenía miedo.

Pero dio un paso más.

—No sé qué contiene.

—Solo sé que la señora echó cinco gotas en el atole del niño.

Regina levantó la voz.

—¡Miente!

Alejandro seguía sin hablar.

Miró el vaso.

Luego el frasco.

Después recordó algo.

Las crisis de Emiliano siempre empezaban por la noche.

Siempre después de cenar.

Y, curiosamente, los ataques desaparecían al amanecer.

Nunca durante el desayuno.

Nunca en la escuela.

Solo después del atole que Regina insistía en prepararle personalmente.

Sintió un escalofrío.

Tomó el vaso.

Lo acercó lentamente a la nariz.

Al principio solo percibió el aroma de vainilla.

Después respiró otra vez.

Más profundo.

Entonces apareció.

Un olor metálico.

Amargo.

Artificial.

No era canela.

No era chocolate.

Era un aroma químico escondido bajo demasiada azúcar.

Bajó lentamente el vaso.

Miró a Regina.

Ella ya no sonreía.

—¿Qué le pusiste?

Regina cruzó los brazos.

—Vitaminas.

—El pediatra dijo que necesitaba suplementos.

—¿Qué vitaminas?

Ella dudó apenas un segundo.

Demasiado tiempo.

—No recuerdo el nombre.

Alejandro abrió el frasco.

Solo quedaban unas gotas transparentes en el fondo.

Acercó la nariz.

Era exactamente el mismo olor.

Sacó el teléfono.

Marcó directamente al laboratorio toxicológico privado que utilizaba su empresa para analizar materiales industriales.

—Necesito un análisis urgente.

Regina dio un paso adelante.

—¿Estás loco?

—¿Vas a gastar dinero en investigar las fantasías de un niño?

Alejandro la ignoró.

—Ramiro.

El chofer apareció inmediatamente.

—Lleve esto al laboratorio.

—Nadie toca el frasco.

—Nadie toca el vaso.

—Quiero resultados en cuanto sea posible.

Ramiro tomó ambas bolsas de evidencia.

Regina intentó detenerlo.

—¡Eso es absurdo!

Alejandro levantó una mano.

—No te acerques.

Su tono era completamente distinto.

Frío.

Autoritario.

Ella sintió un pequeño nudo en el estómago.

Era la primera vez que él desconfiaba de ella.

Cuando Ramiro salió de la habitación, Regina respiró profundamente.

Volvió a llorar.

—No puedo creer que me humilles delante del servicio.

—Solo intento ayudar a Emiliano.

Lucía apretó los puños.

—Entonces…

¿Por qué tiró el frasco a la basura escondido dentro de una servilleta?

Regina se quedó inmóvil.

Nadie más conocía ese detalle.

Alejandro giró lentamente la cabeza.

—¿Dentro de una servilleta?

Lucía asintió.

—Sí, señor.

—La desdoblé para sacar el frasco.

Regina comenzó a retroceder.

—Eso…

Eso no prueba nada.

En ese momento, Emiliano volvió a doblarse sobre sí mismo.

—Papá…

—Otra vez…

Se llevó ambas manos al abdomen.

—Está despertando…

Alejandro corrió hacia él.

Lo abrazó con fuerza.

Por primera vez en cuatro noches dejó de intentar convencerlo de que todo estaba en su imaginación.

Simplemente le preguntó:

—¿Dónde duele?

El niño abrió los ojos sorprendido.

Era la primera vez que su padre no lo llamaba exagerado.

—Aquí…

Señaló el lado izquierdo.

—Y después sube.

Alejandro recordó inmediatamente el informe médico.

Exactamente esa misma descripción aparecía escrita por el gastroenterólogo.

Nadie se la había enseñado a Emiliano.

No podía estar inventándola.

En ese instante sonó el teléfono de Alejandro.

Era el director del laboratorio.

Frunció el ceño.

—¿Tan rápido?

Respondió.

La voz al otro lado sonaba extrañamente seria.

—Señor Arriaga.

No podemos darle un informe definitivo todavía.

Pero sí una advertencia.

Alejandro sintió que el corazón comenzaba a golpearle el pecho.

—¿Qué encontraron?

Hubo un breve silencio.

—No sabemos exactamente qué sustancia es.

—Pero podemos confirmar una cosa.

—Eso que había en el vaso…

No era ningún suplemento alimenticio.

Alejandro levantó lentamente la vista.

Regina había desaparecido de la habitación.

La puerta del dormitorio principal seguía balanceándose, como si alguien acabara de salir corriendo.

Y, desde la planta baja, el sistema de seguridad de la mansión anunció con una voz automática:

Puerta principal abierta. Vehículo de la señora Regina Arriaga saliendo de la propiedad.

Related Posts

PARTE 2: LA ÚLTIMA ORDEN

Cuando llegué a la mansión Blake, la ceremonia ya había comenzado. Tres generaciones de militares ocupaban el gran salón. Generales retirados. Oficiales en activo. Mi padre estaba…

PARTE 2: DEMASIADO TARDE

Cuando Sebastian comprendió que yo no iba a aparecer, llevaba cuarenta minutos esperándome frente a trescientos invitados. Su madre fue la primera en perder la paciencia. —Seguro…

PARTE 2: LA VERDADERA DUEÑA

A las nueve menos cinco entré en la sala de juntas de Aurora Furniture. Ethan ya estaba sentado en la cabecera. Ava ocupaba la silla a su…

PARTE 2: MI VERDADERO APELLIDO

A las ocho de la noche, una fila de autos de lujo rodeaba la entrada del Grand Pinnacle. Spencer llegó primero con Cassandra del brazo. Ella llevaba…

PARTE 2: LA SEGUNDA TRAICIÓN

Llegué al despacho de mi abogado veinte minutos después. Daniel no me ofreció café. Ni siquiera me pidió que me sentara. Simplemente giró su computadora hacia mí….

PARTE 2: EL PRECIO DE PERDERME

—Podemos hablar —dije—. Pero eso no significa que vaya a regresar. Richard Shaw bajó la mirada. Era extraño verlo así. Durante quince años había hablado conmigo desde…

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *