A la mañana siguiente esperé a que Victoria creyera que había salido a buscar una residencia.
En lugar de eso, fui directamente al despacho del notario Esteban Lozano.
Él llevaba más de treinta años administrando los asuntos patrimoniales de mi familia.
Cuando entré, ya tenía preparada una carpeta verde.
—¿Está seguro de que quiere hacerlo hoy, don Tomás?
Asentí lentamente.
—Mi hijo ya no puede defender sus decisiones.
—Ahora me toca hacerlo a mí.
Regresé a la casa poco antes del mediodía.
Victoria estaba sentada en el comedor con un corredor inmobiliario.
Sobre la mesa había fotografías de la propiedad, planos y una calculadora.
—Si vendemos rápido —decía sonriendo—, podemos pedir nueve millones doscientos mil.
El hombre hizo una anotación.
—¿Y el seguro de vida?
—Dos millones y medio.
—Con eso liquidamos la hipoteca del departamento nuevo y todavía sobra para invertir.
Entré sin hacer ruido.
Ella apenas levantó la vista.
—Pensé que había ido a ver la residencia.
—Fui a otro lugar.
Dejé la carpeta verde sobre la mesa.
Victoria suspiró con impaciencia.
—Don Tomás, no haga esto más difícil.
—David dejó todo arreglado.
Abrí la carpeta.
Saqué primero la escritura original de la casa.
El corredor la tomó para revisarla.
Después de unos segundos frunció el ceño.
—Señora…
Victoria sonrió.
—¿Qué ocurre?
—La propietaria nunca fue su esposo.
—¿Cómo?
El hombre giró el documento hacia ella.
—El único propietario registrado es el señor Tomás Ramírez.
Victoria me miró confundida.
—David me dijo que esta casa era de los dos.
Negué con tranquilidad.
—David jamás fue dueño.
Saqué otro documento.
Era el contrato del fideicomiso familiar.
—Cuando murió mi esposa, todo nuestro patrimonio quedó protegido.
—Nadie puede vender esta casa sin mi autorización.
Victoria comenzó a ponerse pálida.
—Eso no importa.
—David era el heredero.
—Era el beneficiario futuro.
—No el propietario.
Saqué entonces el expediente del seguro de vida.
Ella sonrió de nuevo.
—Al menos eso sí me corresponde.
Deslicé la póliza hacia el corredor.
Él volvió a leer.
Su expresión cambió por completo.
—Señora…
—Tampoco.
Victoria arrebató el documento.
Sus manos comenzaron a temblar.
Beneficiario principal:
Fundación Margarita Ramírez para Becas Universitarias.
Beneficiario sustituto:
Tomás Ramírez.
Ella abrió mucho los ojos.
—¡Esto es imposible!
—¡Yo soy la esposa!
La miré por primera vez desde el funeral.
—David cambió la póliza hace tres años.
—Después de descubrir que intentabas convencerlo de vender esta casa.
Victoria retrocedió un paso.
—Él nunca me dijo eso.
—Porque sabía exactamente cómo reaccionarías.
Entonces saqué el último sobre.
Era el más delgado.
Pero también el más importante.
Dentro había dieciséis estados de cuenta bancarios.
Los coloqué uno por uno sobre la mesa.
—Durante ocho años —dije con calma—, tú repetiste que David me mantenía.
Señalé los depósitos.
—Aquí están todas las transferencias.
Victoria bajó la vista.
Mes tras mes aparecía el mismo movimiento.
Tomás Ramírez → David Ramírez.
El corredor dejó escapar un suspiro.
Yo continué.
—Cuando David abrió su empresa, perdió casi todo en el primer año.
—Yo pagué sus deudas.
Pasé otra hoja.
—Después cubrí la entrada de esta casa.
Otra más.
—También financié la cirugía que necesitó cuando tuvo el accidente de motocicleta.
Otra.
—Y durante los últimos cinco años seguí enviándole dinero cada mes para que ustedes nunca supieran que el negocio apenas sobrevivía.
Victoria ya no podía sostener los documentos.
Las lágrimas comenzaron a caer sobre las hojas.
—Eso… eso no puede ser cierto…
Saqué el último archivo de la carpeta.
Era una carta escrita por David seis meses antes de morir.
La había firmado frente al notario.

Miré directamente a Victoria.
—Mi hijo sabía que algún día tendría que protegerme.
Abrí la carta.
Y la primera línea hizo que Victoria dejara caer la silla al suelo.