PARTE 2: EL BEBÉ PERDIDO

La fotografía cayó sobre la mesa.

Camila sintió que las piernas dejaban de responderle.

Miró otra vez la pulsera del recién nacido.

“BEBÉ BENÍTEZ — PACIENTE 2047.”

Ese número jamás podría olvidarlo.

Era exactamente el código que le asignaron durante su último tratamiento de fertilidad.

El mismo tratamiento que el hospital le aseguró había terminado en un aborto espontáneo.

Gabriel alcanzó la fotografía antes de que cayera al suelo.

—Camila…

Ella apenas podía respirar.

—Ese número…

Lo recuerdo.

Julián observaba la escena desde el otro extremo del salón.

Su expresión pasó de la sorpresa a algo mucho más inquietante.

Miedo.

Un miedo auténtico.

Camila levantó lentamente la vista.

—¿Tú sabías algo?

Él negó demasiado rápido.

—¿De qué estás hablando?

Antes de que pudiera responder, una mujer de unos cincuenta años apareció entre los invitados.

Vestía uniforme blanco.

Llevaba una carpeta contra el pecho.

Cuando vio la fotografía, rompió a llorar.

—Perdón…

Todos giraron hacia ella.

—Lo siento muchísimo…

Nunca debí guardar silencio.

Los fotógrafos comenzaron a disparar sus cámaras sin descanso.

La mujer respiró profundamente.

—Me llamo Silvia Ortega.

Trabajé durante diecisiete años en la clínica San Gabriel.

Camila sintió un escalofrío.

Era el hospital donde realizó todos sus tratamientos.

Silvia sacó varios documentos.

—Hace tres años recibimos una orden.

Nos dijeron que la paciente número 2047 había perdido al bebé durante el parto.

Pero…

Su voz comenzó a quebrarse.

—Eso nunca ocurrió.

El salón entero quedó inmóvil.

Gabriel dio un paso al frente.

—¿Qué está diciendo?

Silvia levantó lentamente la carpeta.

—El bebé nació vivo.

Camila dejó escapar un sollozo.

Las lágrimas comenzaron a caer sin control.

—No…

Eso es imposible.

Yo vi…

Silvia negó con la cabeza.

—No.

Usted despertó sedada.

Le entregaron un certificado falso.

Y le dijeron que el bebé había muerto.

Camila sintió que el mundo desaparecía.

Julián retrocedió un paso.

Después otro.

Renata lo observó fijamente.

—¿Por qué estás tan nervioso?

Él no respondió.

Silvia continuó.

—Pensé que nunca tendría el valor de hablar.

Pero hace dos semanas encontré documentos que iban a destruir.

Entre ellos estaba el expediente completo del paciente 2047.

Sacó una copia.

Había varias firmas.

Camila reconoció inmediatamente la del director médico.

Pero debajo aparecía otra.

Una autorización privada.

El nombre hizo que Gabriel apretara los puños.

Julián Del Valle.

Toda la sala explotó en murmullos.

Camila levantó lentamente la vista hacia su exesposo.

—¿Qué significa eso?

Julián tragó saliva.

—Yo…

No…

Silvia cerró los ojos.

—La orden decía que el recién nacido debía ser entregado inmediatamente a los representantes legales indicados por el señor Del Valle.

Renata dio un paso atrás.

—¿Representantes legales?

Silvia asintió.

—Una pareja que llevaba años intentando adoptar.

Camila sintió que el aire abandonaba sus pulmones.

Tres años.

Durante tres años había llorado a un hijo que siempre estuvo vivo.

Gabriel tomó su mano con fuerza.

—Vamos a encontrarlo.

Camila apenas podía mantenerse en pie.

Miró nuevamente la fotografía.

Entonces descubrió algo que nadie más había notado.

En una esquina aparecía parcialmente una pulsera de adulto.

Solo podía leerse una palabra bordada.

“Fundación Esperanza”.

Gabriel levantó inmediatamente la vista.

Su expresión cambió por completo.

Conocía perfectamente ese nombre.

Porque Horizonte Capital financiaba esa fundación desde hacía cinco años.

Y solo existía un lugar en todo México donde utilizaban exactamente esas pulseras.

Si la fotografía era reciente…

El niño que le habían robado podría estar mucho más cerca de lo que cualquiera imaginaba.

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