PARTE 2: EL NOMBRE OLVIDADO

El abogado permaneció inmóvil.

Miraba a Emiliano como si el tiempo hubiera dejado de avanzar.

—¿Qué ocurre? —preguntó el niño, todavía jadeando.

El hombre respiró profundamente.

—¿Tu abuela se llamaba Rosalía Salgado?

Emiliano abrió mucho los ojos.

—Sí.

—¿Cómo lo sabe?

El abogado cerró lentamente su portafolio.

—Porque hace treinta años fui pasante en el despacho que redactó su testamento.

El niño sintió que la esperanza regresaba por primera vez en toda la tarde.

El abogado extendió la mano.

—Soy Arturo Castañeda.

Ven conmigo.

El guardia los dejó pasar sin hacer preguntas.

Ya dentro de la notaría, Arturo condujo a Emiliano hasta una pequeña sala de juntas.

Le ofreció una toalla para secarse y un vaso de agua caliente.

—Ahora cuéntamelo todo.

Emiliano no ocultó nada.

Le habló del poder que Mauricio hizo firmar a Laura.

De la llamada telefónica.

Del comprador llamado Ernesto.

De la venta programada para las once de la mañana siguiente.

Mientras escuchaba, Arturo no dejó de tomar notas.

Cuando terminó, marcó un número desde su teléfono.

—Necesito que localicen inmediatamente el expediente sucesorio de Rosalía Salgado.

Sí.

Es urgente.

Cinco minutos después, una secretaria entró con una carpeta gruesa.

Arturo comenzó a revisarla página por página.

De pronto se detuvo.

Su expresión cambió.

—No puede ser…

Emiliano sintió un nudo en el estómago.

—¿Qué pasa?

Arturo giró lentamente una hoja hacia él.

—Aquí está el problema.

Sobre el escritorio apareció una copia del supuesto poder firmado por Laura.

Arturo apenas necesitó unos segundos para encontrar el detalle.

—Este documento nunca debió autorizar la venta.

Señaló una cláusula escrita en letras pequeñas.

—Solo permite realizar actos de administración.

No de dominio.

Emiliano no entendió.

—¿Eso qué significa?

—Que Mauricio puede pagar impuestos.

Solicitar servicios.

Hacer trámites administrativos.

Pero jamás vender la casa.

El niño abrió mucho los ojos.

—Entonces…

—Entonces alguien modificó el documento.

La habitación quedó completamente en silencio.

Arturo tomó una lupa.

Comparó la copia con el original del protocolo notarial.

Las palabras finales eran diferentes.

Muy diferentes.

—Aquí dice claramente “actos de administración”.

En la copia presentada para la venta aparece “actos de dominio”.

Alguien alteró el poder después de la firma.

Emiliano sintió un escalofrío.

—¿Eso es un delito?

Arturo levantó la vista.

—Es falsificación documental.

Y si intentan vender la propiedad usando este papel…

También hablamos de fraude.

Sin perder un segundo, tomó nuevamente el teléfono.

Esta vez llamó directamente al Registro Público.

—Necesito una anotación preventiva inmediata sobre el inmueble ubicado en Atlixco.

Sí.

Existe una posible operación basada en documentación alterada.

Mientras hablaba, otra secretaria entró apresuradamente.

Traía una hoja recién impresa.

—Licenciado…

Acaba de llegar esto desde la plataforma notarial.

Arturo leyó el documento.

Su rostro perdió todo color.

—Llegamos por muy poco.

Miró a Emiliano.

—La cita de mañana no será en cualquier notaría.

Será aquí.

El niño quedó paralizado.

—¿Aquí?

Arturo asintió lentamente.

—Mauricio y el comprador eligieron esta oficina porque creen que nadie conoce el expediente original.

Pero se equivocaron.

Guardó todos los documentos dentro de una carpeta roja.

Después miró fijamente a Emiliano.

—Escúchame bien.

Mañana no iremos a impedir una venta.

Vamos a sorprender a un hombre que todavía cree que nadie descubrió su mentira.

En ese instante sonó el teléfono de Arturo.

Contestó.

Escuchó apenas unos segundos.

Luego se puso de pie de golpe.

—¿Qué dijo?

La secretaria lo observó preocupada.

Arturo colgó lentamente.

Miró a Emiliano.

—Acaban de localizar a tu madre.

Pero no está en el centro de paquetería.

Salió hace una hora…

Porque alguien llamó diciendo que tú habías sufrido un accidente grave.

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