Valeria volvió a mirar la cifra.
Pensó que había leído mal.
Cerró la carpeta.
La abrió otra vez.
Seguía allí.
El avalúo más reciente del terreno industrial superaba los ciento ochenta millones de pesos.
Sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.
Levantó la vista hacia el sofá.
Elena dormía profundamente, abrazada a una manta como si aún tuviera miedo de que alguien se la quitara.
Valeria tomó aire.
Abrió el resto de la caja.
Había escrituras originales.
Recibos del impuesto predial pagados durante décadas.
Contratos de arrendamiento antiguos.
Y un sobre cerrado con el sello de una notaría.
Lo abrió con cuidado.
Era un poder notarial.
Pero estaba cancelado.
La fecha de revocación era de hacía cuatro años.
Valeria frunció el ceño.
Entonces encontró otro documento.
Una carta escrita por su abuelo pocos meses antes de morir.
“Elena.”
“Si algún día alguien intenta convencerte de firmar documentos sin leerlos, llama inmediatamente al licenciado Fernando Salas.”
“Él conoce toda nuestra situación.”
Abajo aparecía un número telefónico.
Valeria guardó el papel.
A las ocho de la mañana llamó.
Contestó una voz cansada.
—Despacho Salas.
—¿El licenciado Fernando Salas?
—Él habla.
Valeria explicó quién era.
Hubo un largo silencio.
Después el abogado hizo una sola pregunta.
—¿Su abuela está con usted?
—Sí.
El hombre respiró aliviado.
—Gracias a Dios.
Llevo tres años intentando encontrarla.
Valeria sintió un escalofrío.
—¿Cómo dice?
—Cada vez que llamaba a la casa, su madre respondía que la señora Elena tenía demencia y ya no reconocía a nadie.
Incluso me prohibieron volver.
Valeria miró hacia el dormitorio.
—Eso no es cierto.
—Lo sé.
Por eso necesito verlas hoy mismo.
Hay asuntos muy urgentes.
Dos horas después, Fernando Salas llegó al departamento.
Era un hombre de unos sesenta años.
En cuanto vio a Elena, se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Doña Elena…
Ella tardó unos segundos en reconocerlo.
Después sonrió.
—Fernandito…
El abogado le tomó las manos con cuidado.
—Llevo años buscándola.
¿Está bien?
Elena bajó la cabeza.
—Ahora sí.
Fernando abrió su portafolio.
Sacó varios documentos.
—Señorita Valeria…
Su abuelo me dejó instrucciones muy claras.
Si alguna vez sospechaba que alguien estaba aprovechándose de doña Elena, debía proteger inmediatamente su patrimonio.
Colocó un expediente sobre la mesa.
—Y llegué tarde.
Valeria comenzó a revisar las hojas.
Cada página era peor que la anterior.
Durante tres años…
Patricia y Rogelio habían intentado vender el terreno industrial.
Habían presentado solicitudes.
Habían buscado compradores.
Habían llevado documentos a varias notarías.
Pero siempre ocurría lo mismo.
La operación era rechazada.
¿Por qué?
Fernando señaló un documento.
—Porque su abuelo era un hombre muy desconfiado.
Nunca dejó el terreno únicamente a nombre de su esposa.
Valeria frunció el ceño.
—Aquí dice que sí.
—En apariencia.
El abogado sonrió levemente.
Sacó una última carpeta.
—Mire esta cláusula.
Valeria comenzó a leer.
Su respiración se detuvo.
El terreno pertenecía legalmente a Elena.
Pero cualquier venta superior a cinco millones de pesos requería obligatoriamente la certificación personal del abogado designado por el testador.
Es decir…
Fernando.
—Su madre jamás pudo vender nada.
No porque yo quisiera impedirlo.
Sino porque nunca logró traer a doña Elena voluntariamente.
Valeria cerró lentamente la carpeta.
Entonces comprendió algo.
Durante tres años…
Sus padres habían mantenido encerrada a su abuela esperando convencerla de firmar.
Pero Elena nunca había entendido los documentos.
Fernando volvió a hablar.
—Hay algo peor.
Sacó varias fotografías.
Mostraban el terreno industrial.
Pero ya no estaba vacío.
Había maquinaria.
Camiones.
Bodegas.
—Una empresa lleva ocupándolo ilegalmente desde hace dieciocho meses.
Valeria levantó la vista.
—¿Quién?
Fernando colocó el contrato sobre la mesa.
Cuando leyó el nombre del representante legal, sintió que el estómago se le cerraba.
No era un desconocido.
Era su propio padre.
Rogelio Hernández.
Y debajo de su firma aparecía otra aún más escalofriante.
La de Patricia.
Ambos habían alquilado durante más de un año un terreno que no les pertenecía…
Y habían cobrado cada renta fingiendo ser los propietarios legítimos.
Fernando respiró profundamente.
—Según nuestros cálculos…
No solo intentaron quedarse con la herencia.
También ocultaron ingresos por más de treinta millones de pesos.
En ese mismo instante, sonó el teléfono de Valeria.
En la pantalla apareció un nombre que no esperaba ver.
Mamá.
Contestó.
La voz de Patricia sonaba completamente desesperada.
—¡Valeria!

¡¿Dónde está tu abuela?!
¡Acaba de venir un hombre diciendo que trae una orden judicial y que va a embargar la casa!