PARTE 2: LA CUARTA CÁMARA

Adrián dejó de respirar durante varios segundos.

El video seguía avanzando.

La pequeña cámara oculta bajo el gabinete de la cocina captaba solo una parte del departamento.

Pero era suficiente.

En la grabación aparecía Valeria entrando lentamente con Mateo en brazos.

Todavía caminaba con dificultad después de la cesárea.

Beatriz sonrió apenas cerró la puerta.

—Pon al niño ahí.

Valeria obedeció.

Mauricio dejó las maletas junto a la pared.

Lorena comenzó a sacar cajas.

Durante unos segundos todo parecía una mudanza normal.

Entonces Beatriz abrió un cajón.

Sacó un sobre grueso.

Lo abrió delante de todos.

Billetes.

Muchísimos billetes.

—Doscientos cuarenta mil pesos.

Sonrió satisfecha.

—Con esto sí tendremos unas buenas vacaciones.

Valeria la miró confundida.

—Ese dinero es para la enfermera.

Para los medicamentos.

Para Mateo.

Beatriz soltó una carcajada.

—¿Una enfermera?

—Nosotras estamos aquí.

—¿Para qué desperdiciar dinero?

Lorena tomó una de las tarjetas bancarias adicionales.

—Mamá, con esto también podemos comprar los boletos.

Mauricio ya estaba buscando hoteles desde el celular.

Valeria dio un paso hacia ellos.

—Adrián envió ese dinero para nosotros.

Beatriz dejó de sonreír.

Su expresión cambió por completo.

—Escúchame bien.

Se acercó hasta quedar frente a ella.

—Mi hijo lleva años manteniendo a esta familia.

Ahora también nos toca disfrutar.

—Pero…

—¡Cállate!

El grito hizo que Mateo comenzara a llorar.

Valeria intentó cargarlo.

Beatriz fue más rápida.

Le quitó el biberón de las manos.

—Los recién nacidos no necesitan comer tanto.

La leche es carísima.

Adrián sintió que el estómago se le revolvía.

Siguió viendo.

Las horas pasaban aceleradas.

La cocina se vaciaba.

Las compras desaparecían.

Las cajas de medicamentos también.

Dos días después, la cámara mostró a Valeria calentando agua sola.

Abrió la alacena.

Solo quedaba un paquete de arroz.

Miró el refrigerador.

Vacío.

Preparó una sopa instantánea.

La compartió en dos.

Una mitad para ella.

La otra…

La dejó sobre la mesa.

Como si esperara que alguien regresara.

Nadie volvió.

Adrián apretó los puños con tanta fuerza que los nudillos se volvieron blancos.

Entonces llegó la última grabación.

La mañana del treinta y uno de diciembre.

Beatriz apareció con las maletas listas.

Antes de salir escribió la nota que él había encontrado en el refrigerador.

Después hizo algo inesperado.

Miró directamente hacia la cámara olvidada.

Sonrió.

Y dijo:

—Si Adrián pregunta, diremos que Valeria insistió en quedarse sola.

Lorena rió.

—Jamás nos creerá.

—Claro que sí.

Respondió Beatriz con absoluta tranquilidad.

—Siempre nos cree a nosotros.

Los tres salieron riendo.

Mateo comenzó a llorar desde la habitación.

Valeria tardó casi un minuto en llegar.

Caminaba doblada por el dolor.

Cada paso parecía una tortura.

Tomó al bebé.

Lo abrazó.

Y terminó llorando junto a él.

Adrián ya no pudo seguir viendo.

Detuvo la reproducción.

Las lágrimas comenzaron a caer sin que pudiera detenerlas.

No recordaba la última vez que había llorado.

Marcó el número de emergencias.

—Policía de la Ciudad de México.

¿En qué puedo ayudarle?

Respiró profundamente.

—Quiero denunciar abandono de persona, apropiación de dinero y posible maltrato contra un recién nacido.

La operadora guardó silencio unos segundos.

—¿Tiene pruebas?

Adrián miró la pantalla.

—Tengo videos.

Transferencias bancarias.

Mensajes.

Y una mujer hospitalizada por deshidratación después de una cesárea.

Quince minutos más tarde, dos agentes llegaron al hospital.

Uno de ellos revisó parte de las grabaciones.

Al terminar, levantó lentamente la vista.

—Señor…

Necesitamos asegurar estas evidencias inmediatamente.

En ese mismo instante, el teléfono de Adrián volvió a sonar.

Era su madre.

Contestó.

La voz de Beatriz sonaba furiosa.

—¿Cómo te atreves a bloquear nuestras tarjetas?

¡Estamos atrapados en Cancún!

Adrián respondió con una calma que hizo estremecer incluso al policía que estaba a su lado.

—No se preocupen.

Ya encontré una forma de pagarles el viaje de regreso.

Hubo un breve silencio.

—¿Qué quieres decir?

Adrián miró a los agentes.

Después respondió lentamente:

—Que la policía los estará esperando cuando aterricen en la Ciudad de México.

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