Aquella noche, Gabriel consiguió prestado el dinero para pagar mi tratamiento.
No fue mucho.
Apenas lo necesario para el suero, los análisis y una noche de observación.
Entró en la habitación cerca de la medianoche con una bolsa de comida caliente en la mano.
—El médico dijo que debes comer algo.
Colocó el recipiente sobre la mesa y retiró la tapa.
Sopa de pollo.
Durante años había sido mi comida favorita.
Pero aquella noche el aroma no despertó nada en mí.
Gabriel acercó una silla a la cama.
—Clara, sé que estos meses han sido difíciles.
Lo miré en silencio.
Él apartó los ojos.
—Lo de Lucas también me duele.
Mis dedos se tensaron bajo la manta.
No levanté la voz.
—¿Cuándo fue su cumpleaños?
Gabriel se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—El cumpleaños de Lucas.
Abrió la boca.
No respondió.
Esperé.
Los segundos se hicieron largos.
Finalmente murmuró:
—En primavera.
Sonreí.
Nuestro hijo había nacido en noviembre.
Gabriel palideció al comprender su error.
—He estado bajo mucha presión.
—Sí.
—El proyecto nacional…
—Sí.
—Olivia…
—Sí.
Cada una de mis respuestas sonaba tranquila.
Pero esa tranquilidad era más cruel que cualquier grito.
Él pasó una mano por su rostro.
—No sé qué quieres que diga.
—Nada.
Giré la cabeza hacia la ventana.
—Ya dijiste suficiente durante todos estos años.
Gabriel me observó durante mucho tiempo.
—Cuando salgas del hospital, iremos a casa.
—No volveré.
Pensó que hablaba por rabia.
—Clara, ahora no estás bien.
—Nunca he estado más lúcida.
Saqué de la mesa una pequeña caja de madera.
Dentro guardaba nueve cuentas de jade blanco.
Una por cada vida.
En las ocho primeras, cada cuenta había brillado como la luna.
La novena estaba oscura.
Sin luz.
La sostuve entre los dedos.
Gabriel la miró con confusión.
—¿Qué es eso?
—Una deuda.
—¿De quién?
—Mía.
No podía contarle toda la verdad.
Un humano no debía recordar vidas que el cielo había sellado.
Pero podía despedirme.
—Hace mucho tiempo prometí amar a alguien nueve veces.
—En las primeras ocho, él me sostuvo cuando yo no tenía nada.
—En esta vida, fui yo quien lo sostuvo.
Gabriel frunció el ceño.
—No entiendo.
—No necesitas entender.
Cerré la caja.
—Solo necesitas saber que ya pagué.
A la mañana siguiente abandoné el hospital sin avisarle.
Song Mei, la anciana que había cuidado de mi madre, me esperaba afuera.
Ella conocía mi verdadera identidad.
Al verme, sus ojos se llenaron de tristeza.
—¿De verdad vas a cortar el vínculo?
Asentí.
—Ya no queda nada que salvar.
—Cuando rompas la última cuenta, él olvidará las ocho vidas anteriores.
—Lo sé.
—Y tú perderás la posibilidad de volver a encontrarlo.
Miré el cielo gris.
—Eso es lo que quiero.
Regresé a casa solo una vez.
Gabriel no estaba.
Olivia había llamado diciendo que se sentía débil y él había corrido a verla.
Me sorprendió descubrir que ya ni siquiera dolía.
Entré en la habitación de Lucas.
La cama seguía tendida.
Sobre la almohada permanecía su pequeño dinosaurio de tela.
Me senté y lo abracé.
Durante unos segundos, creí escuchar su risa.
No como un fantasma.
Como un recuerdo.
—Mamá ya terminó —susurré—.
—Ahora podemos descansar.
Guardé su mochila, sus dibujos y el suéter remendado dentro de una caja.
Dejé la pelota vieja en el centro de la cama.
Era el único objeto de Gabriel.
No quería llevármelo.
En el salón encontré una carpeta con todos los comprobantes de transferencia.
Mes tras mes.
Todo el salario de Gabriel enviado a Olivia.
Mientras Lucas y yo contábamos monedas para comprar arroz.
Tomé fotografías.
Después llamé a un abogado.
—Quiero iniciar el divorcio.
—También quiero presentar una reclamación por disposición unilateral de bienes matrimoniales.
La mujer al otro lado preguntó:
—¿Desea reclamar la parte transferida a la señora Grant?
Miré la cifra total.
Era suficiente para haber pagado varias veces la operación de Lucas.
—Sí.
Mi voz no tembló.
—Cada centavo.
Aquella tarde, Olivia me llamó.
Su tono era dulce.
—Clara, Gabriel me dijo que estás enferma.
—Qué pena.
—Gracias.
—No deberías culparlo. Él solo intenta cumplir la promesa que hizo a Thomas.
—Thomas le pidió que te protegiera.
—Exacto.
—No que dejara morir a su hijo.
El silencio al otro lado fue inmediato.
—No hables así.
—¿Por qué?
—Porque te incomoda escuchar el precio real de tu comodidad.
Olivia comenzó a llorar.
—Mi enfermedad es verdadera.
—Quizá.
—Pero los bolsos, los viajes y el collar también lo son.
Su respiración se volvió irregular.
—Gabriel eligió ayudarme.
—Y ahora podrá seguir haciéndolo sin utilizar mi parte del dinero.
Colgué.
Dos días después, Gabriel recibió los documentos del divorcio.
Llegó a la casa al anochecer.
Abrió la puerta con tanta fuerza que la pared tembló.
—¿Dónde está Clara?
Yo estaba sentada en el salón, junto a la caja de jade.
—Aquí.
Lanzó los papeles sobre la mesa.
—¿Qué significa esto?
—Lo que está escrito.
—¿Vas a demandar también a Olivia?
—Voy a recuperar el dinero que pertenecía a Lucas.
—¡Ella está enferma!
Me puse de pie.
—Nuestro hijo también lo estaba.
Aquella frase lo dejó inmóvil.
Por primera vez, vi culpa verdadera en su rostro.
—No sabía que estaba tan grave.
—Te llamé noventa y nueve veces.
—Estaba en el extranjero.
—Con Olivia.
—Su estado…
—Siempre había una razón para ella.
Di un paso hacia él.
—Nunca hubo una razón suficiente para nosotros.
Gabriel miró alrededor.
Por fin notó las cajas.
—¿Te marchas?
—Sí.
—¿Adónde?
—A un lugar donde ya no pueda encontrarte.
Extendió una mano hacia mí.
—Clara, espera.
Retrocedí.
Algo en mi movimiento lo asustó.
—¿Por qué siento que no volveré a verte?
No respondí.
Abrí la caja.
La última cuenta de jade descansaba en mi palma.
Por un momento, las ocho vidas anteriores aparecieron frente a mí.
Gabriel cargándome sobre la espalda durante una tormenta.
Gabriel compartiendo conmigo el último trozo de pan.
Gabriel envejeciendo a mi lado mientras sostenía mi mano.
Ocho vidas de amor.
Y una vida suficiente para borrarlas.
Cerré los dedos.
La cuenta se rompió con un sonido leve.
Gabriel se llevó una mano al pecho.
Sus ojos se llenaron de confusión.
—Clara…
Mi nombre sonó extraño en sus labios.
Como si ya no recordara por qué le dolía pronunciarlo.
Una luz blanca rodeó lentamente mis manos.
Él dio un paso atrás.
—¿Qué eres?
Lo miré por última vez.
—Alguien que te amó demasiado tiempo.
La luz se extendió por la habitación.
Los recuerdos de nuestras vidas anteriores desaparecieron de sus ojos uno tras otro.
Cuando todo terminó, Gabriel estaba solo en el salón.
Frente a él había una caja vacía.
Los documentos del divorcio.
Y la pelota sin aire de un niño al que había olvidado cuidar.
Yo desperté al amanecer en la montaña donde había nacido mil años atrás.
Song Mei estaba a mi lado.
—¿Terminó?
Asentí.
—Terminó.
Mi pecho seguía vacío por Lucas.
Ese dolor no desapareció.
Pero ya no estaba unido a Gabriel.
Meses después, el tribunal ordenó recuperar parte del dinero transferido a Olivia.
Gabriel perdió el puesto en el proyecto después de que se investigara el uso irregular de sus ingresos y sus ausencias.
Olivia vendió sus joyas y su apartamento.
Cuando el dinero dejó de llegar, también dejó de necesitarlo.

Gabriel encontró la pelota de Lucas una noche.
Según me contó Song Mei, se sentó en el suelo de la habitación vacía y lloró hasta el amanecer.
No recordaba las ocho vidas.
Pero recordaba esta.
Recordaba las noventa y nueve llamadas ignoradas.
El hospital.
La cirugía que nunca ocurrió.
Y la última vez que su hijo le preguntó cuándo volvería a casa.
Aquella fue su condena.
No perder a un espíritu zorro.
Sino vivir el resto de su vida comprendiendo que había sacrificado a quienes realmente lo amaban por una mujer que solo amaba lo que recibía de él.
Yo nunca regresé.
Porque algunas deudas se pagan con amor.
Y otras terminan cuando una mujer comprende que seguir amando también puede ser una forma de traicionarse a sí misma.
FIN