No fui capaz de responder.
Las palabras del pequeño quedaron suspendidas entre nosotros como una herida abierta.
—Entonces… ¿por qué nunca viniste por mí? —repitió Ethan.
Sentí que las piernas me temblaban.
—Porque… nunca supe dónde estabas.
El niño frunció el ceño.
Miró a Adrian.
—La abuela dijo que ella no me quería.
Adrian cerró los ojos un instante.
—La abuela mintió.
Mi garganta ardía.
—¿Qué pasó?
Adrian respiró profundamente antes de hablar.
—Tres meses después de irme al extranjero desperté de la cirugía. Lo primero que pregunté fue por ti… y por el bebé.
Su voz era mucho más baja que en la oficina.
—Mi madre me dijo que habías cobrado el dinero y habías desaparecido voluntariamente. Juró que no querías volver a vernos.
Negué con fuerza.
—A mí me dijeron que tú habías firmado un documento renunciando a cualquier contacto conmigo y con el bebé.
Los dos nos quedamos en silencio.
Cinco años.
Cinco años viviendo la misma mentira desde lados opuestos.
Ethan nos observaba sin entender.
—¿Entonces nadie abandonó a nadie?
Me arrodillé frente a él.
Las lágrimas comenzaron a caer sin permiso.
—No, cariño.
Mi voz se quebró.
—Mamá nunca supo dónde estabas.
El niño bajó lentamente la mirada.
Después dio un pequeño paso hacia mí.
—¿De verdad?
Asentí.
Él levantó una mano y tocó mi mejilla con una delicadeza que me rompió el corazón.
—Pensé que no te gustaban los niños.
Ya no pude contenerme.
Lo abracé.
Su pequeño cuerpo encajó contra el mío como si hubiera esperado ese momento toda la vida.
Lloré en silencio mientras él me abrazaba con fuerza.
Detrás de nosotros, Adrian permanecía inmóvil.
Cuando Ethan entró unos minutos al apartamento para ver los dibujos que todavía conservaba de mis años de universidad, Adrian habló por primera vez con sinceridad.
—Mi madre murió hace ocho meses.
Lo miré sorprendida.
—Antes de morir me entregó una caja.
Sacó un sobre del bolsillo interior de su abrigo.
—Dentro estaban todas tus cartas.
Sentí un vuelco en el pecho.
—¿Mis cartas?
—Las ciento veintisiete.
Mi respiración se detuvo.
Durante cinco años escribí una carta cada quince días dirigida a mi hijo.
Nunca recibí respuesta.
Adrian abrió el sobre.
Había fotografías.
Cartas dobladas.
Tarjetas de cumpleaños.
Incluso el pequeño gorrito que tejí mientras estaba embarazada.
—Mi madre interceptó absolutamente todo.
Tragué saliva con dificultad.
—¿Y por qué viniste hoy?
Adrian sostuvo una última carta.
Era una escrita apenas dos semanas antes de la muerte de su madre.
—Porque encontré esto.
Me la entregó.
Era mi letra.
La última línea decía:
“No importa cuántos años pasen. Si algún día mi hijo quiere conocerme, abriré la puerta sin hacer preguntas.”
Adrian levantó la vista.
Por primera vez desde que lo conocí, vi culpa en sus ojos.
—Llegué cinco años tarde.
En ese instante sonó el teléfono de Adrian.
Miró la pantalla y su expresión cambió por completo.
Contestó.
Solo escuchó unos segundos.
Después apretó la mandíbula.
—¿Está seguro?
Silencio.
—No permitan que salga del país.
Colgó lentamente.
—¿Qué ocurrió? —pregunté.
Me miró con una frialdad que ya no estaba dirigida hacia mí.
—Mi madre no actuó sola.
—¿Qué quieres decir?
Sacó un expediente del maletín.
En la primera página aparecía una fotografía.
Reconocí inmediatamente a la mujer que me había convencido de convertirme en madre sustituta.
La señora Cole.
Pero debajo de esa fotografía había otra.
El hombre que aparecía abrazándola era alguien que jamás imaginé volver a ver.

Mi antiguo novio.
El hombre que me abandonó justo antes de aceptar aquel contrato.
Adrian cerró lentamente el expediente.
—Ellos llevaban años trabajando juntos… mucho antes de que tú entraras en nuestra familia.