Diego no apartó la vista de la pantalla.
Las grabaciones continuaban una tras otra.
Mariana entraba al despacho de don Aurelio creyendo que él dormía profundamente.
Abría cajones.
Fotografiaba documentos.
Después llamaba a Mauricio.
—Todavía no encontramos el testamento.
Él respondía riendo.
—No importa. El viejo ya no aguanta mucho.
Otra grabación mostraba a Beatriz.
Le quitaba discretamente los medicamentos recetados y los sustituía por vitaminas.
—No vale la pena gastar tanto en alguien que ya no sirve —murmuraba.
Las manos de Diego comenzaron a cerrarse.
Durante cinco años había trabajado catorce horas diarias para sostener aquella casa.
Pagó médicos.
Enfermeras.
Medicinas.
Las vacaciones de toda la familia.
Incluso creyó que el deterioro de don Aurelio era inevitable.
No imaginó que alguien estuviera acelerándolo.
El anciano respiró despacio.
—¿Entiendes ahora por qué no quería que llamaras primero a una ambulancia?
Diego asintió lentamente.
Si cualquiera de la familia recibía el aviso antes que el abogado…
Podían destruir las pruebas.
En ese momento llegó el doctor Salazar.
Era el mismo cardiólogo que atendía a don Aurelio desde hacía diez años.
Entró, lo examinó durante varios minutos y sonrió con alivio.
—Todavía está a tiempo.
Después miró a Diego.
—Gracias por mantenerlo vivo.
Diego frunció el ceño.
—¿Yo?
—Si usted no hubiera seguido trayéndole comida y agua todos los días, la prueba habría terminado hace meses.
Don Aurelio apoyó ambas manos sobre el bastón.
—Necesitaba saber quién veía a un anciano…
Y quién veía únicamente una herencia.
Media hora después llegó el licenciado Esteban Fuentes.
Traía una carpeta gruesa.
La dejó sobre la mesa.
—Don Aurelio, todo está preparado.
—Empiece.
El abogado abrió el expediente.
—Hace dos años usted constituyó un fideicomiso irrevocable.
Diego lo miró sorprendido.
Nunca había escuchado hablar de aquello.
Esteban continuó.
—Todo el grupo Salgado quedó protegido bajo una condición.
Sacó una hoja firmada.
—El control total de las empresas solo podrá entregarse a la persona que haya cuidado personalmente de usted durante este periodo de observación.
Diego levantó la cabeza.
—Eso no puede ser…
Don Aurelio sonrió por primera vez.
—Sí puede.
—Y las cámaras registraron absolutamente todo.
El abogado colocó otra carpeta frente a Diego.
Dentro había miles de fotografías.
Registros de entrada.
Recibos.
Videos.
Cada plato de comida que él llevaba.
Cada consulta médica pagada con su dinero.
Cada noche que permaneció junto al anciano cuando toda la familia estaba de fiesta.
Todo había quedado documentado.
En ese instante sonó el teléfono de Diego.
Era Mariana.
Contestó.
Ella hablaba entre risas.
—Amor, ¿cómo está el viejo?
Diego miró a don Aurelio.
El anciano hizo un leve gesto para que guardara silencio.
—Sigue igual —respondió Diego con calma.
—Perfecto.
Mariana bajó todavía más la voz.
—Escúchame.
—Mauricio dice que cuando regresemos debemos convencerlo para firmar unos papeles.
—Si no entiende, solo mueve su mano.
—Total… ya nadie revisa esas firmas.
La llamada terminó.
La habitación quedó completamente en silencio.
El abogado guardó el teléfono donde había grabado toda la conversación.
Después levantó la vista.
—Con esto ya no solo hablamos de fraude patrimonial.
—También hablamos de falsificación, abandono de persona vulnerable y tentativa de despojo.
Don Aurelio cerró lentamente la carpeta.
—No los llamen todavía.
Diego lo miró.
—¿Por qué?
El anciano observó una fotografía reciente de Mariana brindando en una playa de la Riviera Maya.
—Porque dentro de cuarenta y ocho horas regresarán creyendo que heredarán un imperio.

Hizo una pausa.
Y una sonrisa fría apareció en su rostro.
—Quiero ver sus caras cuando descubran que el único heredero al que dejaron fuera de todos sus planes… siempre fue el hombre al que llamaban “el yerno mantenido”.