El sonido de las dos bofetadas resonó por toda la sala.
Nadie se atrevió a respirar.
Xu Nanzhi se llevó una mano al rostro, incapaz de creer que alguien acabara de golpearla delante de Gu Chengzhou.
Él levantó la vista lentamente.
Sus ojos, siempre fríos y dominantes, estaban llenos de incredulidad.
—Shen Tang… ¿cómo te atreves?
Solté una carcajada.
—¿Cómo me atrevo?
Me incliné ligeramente hacia él.
—Durante tres años me humillaste delante de todo Jiangcheng.
¿Y ahora te sorprende una bofetada?
Gu Chengzhou apretó los dientes.
—No olvides que sigues siendo mi esposa.
—Precisamente por eso puedo venir aquí.
Saqué una carpeta del bolso y la dejé caer sobre la mesa.
Dentro había decenas de documentos.
Contratos de compra.
Transferencias bancarias.
Escrituras.
Todas relacionadas con aquella casa.
—Cada yuan utilizado para comprar esta vivienda salió de una cuenta conjunta creada durante nuestro matrimonio.
Pasé otra página.
—Y aquí están los comprobantes.
El abogado que me acompañaba dio un paso al frente.
—Mientras el divorcio no sea efectivo, la señora Shen posee derechos sobre estos bienes.
La expresión de Xu Nanzhi cambió por completo.
—¡Eso es imposible!
Sonreí.
—Lo imposible fue creer que podrías disfrutar de una casa pagada con el dinero de la esposa legítima.
La madre de Xu comenzó a gritar otra vez.
—¡Es una ladrona!
—No.
Respondí sin alterarme.
—La ladrona vive en esta casa.
El ambiente se volvió insoportablemente tenso.
Gu Chengzhou respiró con dificultad.
Sabía que la ley no estaba de su lado.
Pero su orgullo no le permitía admitirlo.
—¿Qué quieres exactamente?
Lo miré fijamente.
—Que experimentes aunque sea una décima parte de la vergüenza que intentaste hacerme pasar.
En ese momento sonó un teléfono.
Era el de Gu Chengzhou.
Su asistente hablaba tan fuerte que todos pudimos escucharla.
—¡Presidente Gu, es un desastre!
—Las acciones del grupo han caído un ocho por ciento esta mañana.
—Los medios siguen difundiendo la noticia de la amante.
—Tres socios importantes han suspendido las negociaciones.
El rostro de Gu Chengzhou perdió el último rastro de color.
Colgó sin responder.
Yo ya esperaba esa llamada.
Porque la noticia no había terminado de estallar.
Solo acababa de empezar.
Mi teléfono vibró casi al mismo tiempo.
Maya me envió una captura de pantalla.
El tema “El presidente del Grupo Gu mantiene a su amante con bienes matrimoniales” acababa de convertirse en la tendencia número uno del país.
Millones de comentarios inundaban la red.
Nadie hablaba ya del empresario romántico.
Todos hablaban del hombre infiel.
Xu Nanzhi comenzó a llorar desesperadamente.
—¡Todo el mundo me está insultando!

La observé con absoluta calma.
—Cuando decidiste entrar en un matrimonio ajeno, ya sabías cuál podía ser el precio.
Gu Chengzhou cerró los ojos unos segundos.
Cuando volvió a abrirlos, había desaparecido la arrogancia.
Por primera vez desde que lo conocía…
Parecía asustado.
Se quedó mirándome en silencio.
Como si acabara de descubrir que la mujer a la que había despreciado durante tres años ya no era la esposa obediente que soportaba cada humillación.
Era alguien dispuesto a destruir todo lo que él había construido.
Y aquella guerra…
Solo acababa de comenzar.