PARTE 2 — EL FANTASMA REGRESA

Del otro lado de la línea se hizo un silencio absoluto.

Después escuché una respiración contenida.

—Pensé que nunca volvería a oír esa voz, jefe.

—Yo también lo creía.

Miré una vez más a Lily a través del cristal de la habitación.

—Pero tocaron a mi hija.

Eso lo cambia todo.

—Entendido.

—Deme una hora.

Colgué.

No habían pasado quince minutos cuando mi teléfono empezó a vibrar sin descanso.

Un archivo tras otro.

Fotografías.

Estados financieros.

Conversaciones privadas.

Informes policiales.

Los tres muchachos no eran simples estudiantes arrogantes.

Durante los últimos dos años habían protagonizado al menos nueve agresiones violentas dentro y fuera del campus.

Todas desaparecieron.

Víctimas compradas.

Familias amenazadas.

Expedientes archivados.

Cada caso terminaba exactamente igual.

“Falta de pruebas.”

Continué leyendo.

Ethan Cole había roto la nariz de un estudiante durante una fiesta.

Brandon Hale atropelló a un repartidor estando ebrio.

Tyler Whitmore había sido denunciado por acosar a dos alumnas.

Nada llegó nunca a un tribunal.

El dinero había limpiado cada rastro.

Entonces apareció otro documento.

Una fotografía de Lily.

Tomada tres días antes.

La seguían.

No había sido un ataque improvisado.

La habían vigilado.

Sentí que algo helado recorría mi espalda.

Mi teléfono volvió a sonar.

Era Vincent.

El hombre que durante veinte años había administrado lo que quedaba de mi antigua organización.

—Jefe…

—Habla.

—Descubrimos por qué eligieron a la señorita Lily.

Esperé en silencio.

—Hace una semana rechazó a Ethan Cole delante de varios estudiantes.

—Él intentó besarla por la fuerza.

—Ella lo abofeteó.

Mis dedos se cerraron alrededor del teléfono.

—Continúa.

—Cole juró que nadie volvería a mirarla igual.

Miré la mandíbula destrozada de mi hija.

Las seis fracturas.

Los alambres.

El dolor.

No habían querido robarle.

Ni asustarla.

Habían querido destruir su rostro.

Castigarla por decir que no.

Vincent volvió a hablar.

—Hay algo más.

—La universidad ya preparó un comunicado.

—Dirán que fue una pelea entre estudiantes después de consumir alcohol.

Solté una risa tan baja que incluso yo apenas la escuché.

Una mentira perfecta.

Los hijos de tres familias poderosas.

Una universidad financiada por una de ellas.

Unas cámaras casualmente averiadas.

Todo estaba organizado.

—¿Dónde están ahora?

—Celebrando.

Fruncí el ceño.

—¿Celebrando?

—Reservaron el salón VIP del Club Blackstone.

—Brindan porque creen que el problema terminó.

Miré el reloj.

Las dos y doce de la madrugada.

—No intervengan.

Vincent guardó silencio.

—¿Jefe?

—Que sigan bebiendo.

—Que sigan creyendo que ganaron.

—Quiero que duerman tranquilos por última vez.

—¿Y mañana?

Observé el rostro de Lily.

—Mañana empezaremos por sus padres.

—Después por los abogados.

—Después por los jueces.

—Y cuando todos crean haber sobrevivido…

Hice una pausa.

—Les tocará el turno a los tres muchachos.

Vincent respiró hondo.

—Entendido.

Antes de colgar añadió algo que llevaba casi veinte años sin escuchar.

—Bienvenido de nuevo, Fantasma.

Regresé a la habitación.

Lily abrió lentamente los ojos.

No podía hablar.

Solo me miró.

Le acaricié el cabello con cuidado.

—No te preocupes, pequeña.

—Esta vez…

Esperé hasta que volvió a cerrar los ojos.

—Nadie podrá comprar el silencio de tu padre.

En ese mismo instante, a varios kilómetros del hospital, Ethan Cole levantó su copa entre risas.

—En una semana nadie recordará a esa chica.

Los tres chocaron los vasos.

Sin saber que, desde esa madrugada, alguien mucho más peligroso que cualquier juez o policía acababa de regresar a la ciudad.

Y que sus apellidos, por primera vez en sus vidas, ya no podían protegerlos.

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