PARTE 2 — LA MEMORIA QUE CAMBIÓ TODO

Mi padre seguía apoyado contra la puerta.

No gritó.

No amenazó.

Simplemente dejó la mano sobre el cerrojo, como si quisiera impedir que yo saliera con aquella carpeta.

Mi madre dio un paso al frente.

—Mariana, entréganos eso. Andrés siempre fue demasiado desconfiado.

Esteban extendió la mano.

—No compliques las cosas.

Apreté la carpeta contra mi pecho.

Por primera vez desde el funeral, el miedo sustituyó al dolor.

No habían viajado desde Cancún para consolarme.

Habían venido por aquellos documentos.

Retrocedí lentamente.

—¿Qué sabía Andrés?

Nadie respondió.

Encendí la computadora portátil que seguía sobre el escritorio de mi esposo.

Conecté la memoria USB.

Esteban dio otro paso.

—No abras esos archivos.

Su voz sonó demasiado desesperada.

Eso bastó para convencerme.

Hice doble clic.

La primera carpeta se llamaba:

Proyecto Riviera.

Dentro había contratos de compraventa, transferencias bancarias y fotografías de reuniones.

En varias aparecía Esteban estrechando la mano de hombres que yo nunca había visto.

La siguiente carpeta llevaba otro nombre.

Familia.

La abrí.

Había grabaciones de audio.

Reproduje la primera.

La voz de Andrés llenó la habitación.

—Hoy es 14 de marzo. Estoy grabando esto porque descubrí que Esteban está utilizando empresas fantasma para mover dinero. Cuando intenté convencer a Mariana de revisar las cuentas familiares, su madre me pidió que dejara de hacer preguntas.

Sentí un escalofrío.

Miré a mis padres.

Ninguno me sostuvo la mirada.

Abrí otro archivo.

Era un video grabado desde el tablero de un automóvil.

Andrés hablaba mientras conducía.

—Si me pasa algo, no fue un accidente.

—Hace dos semanas me siguieron desde la oficina hasta la casa.

—También fotografiaron a Valentina cuando salía de la escuela.

Mi respiración se detuvo.

Mi madre comenzó a llorar.

Pero aquellas lágrimas ya no me conmovían.

Seguí reproduciendo archivos.

En uno de ellos aparecía un estado de cuenta.

Transferencias millonarias.

Beneficiario:

Esteban Salgado.

Concepto:

Compra de terrenos.

Los mismos terrenos para los que ahora me pedían setecientos veinte mil pesos.

Entonces abrí la carta completa.

La letra de Andrés seguía siendo tan firme como siempre.

“Amor, encontré documentos que prueban que el supuesto proyecto inmobiliario es una estafa. Hay inversionistas usando prestanombres y dinero ilícito. Cuando les dije que denunciaría todo, comenzaron las amenazas.”

Tragué saliva.

“Tus padres lo saben.”

Levanté lentamente la vista.

Mi padre seguía inmóvil.

“No sé si participan por miedo o por ambición. Pero ya no puedo distinguir la diferencia.”

El silencio dentro de la casa era insoportable.

“Si algún día Valentina y yo sufrimos un accidente, no aceptes la primera versión. Busca las cámaras de la autopista. Habla con el perito Ramírez. Él sabe lo que realmente ocurrió.”

Las lágrimas comenzaron a caer sin que pudiera detenerlas.

El accidente.

La policía había dicho que un camión perdió el control bajo la lluvia.

Nunca dudé.

Hasta ese instante.

Esteban dio un paso brusco.

—¡Eso no demuestra nada!

Tomó una silla.

Intentó acercarse a la computadora.

Antes de que pudiera tocarla, presioné una tecla.

La pantalla mostró un mensaje.

Carga completada.

Archivos enviados correctamente.

Mi hermano quedó paralizado.

—¿Qué hiciste?

Respiré profundamente.

—Andrés programó una copia automática.

Señalé la pantalla.

—Todo acaba de enviarse a tres personas.

Mi abogado.

El perito Ramírez.

Y la Fiscalía del Estado.

Mi madre dejó escapar un sollozo.

Mi padre perdió por primera vez la expresión de seguridad.

Entonces sonó el timbre.

Tres golpes secos.

Nadie se movió.

Después sonó mi teléfono.

Era un número desconocido.

Contesté.

—¿Señora Mariana Salgado?

—Sí.

—Habla el comandante de la Policía de Investigación.

Hizo una breve pausa.

—Necesitamos hablar con usted inmediatamente.

—Acabamos de revisar los archivos enviados por su esposo.

Mi corazón comenzó a latir con fuerza.

—¿Encontraron algo?

La respuesta llegó tan despacio que sentí cómo el mundo volvía a romperse.

—Sí, señora.

—El accidente donde murieron Andrés y Valentina… nunca fue un accidente.

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