Mauricio volvió a llamar mientras el funcionario todavía los observaba desde el otro lado del mostrador.
No contesté.
Cinco minutos después llegó otro mensaje.
—Natalia, responde. Esto no tiene sentido.
Lo leí mientras tomaba café frente al mar de Xiamen.
Luego bloqueé la pantalla.
El abogado que me acompañaba sonrió.
—Ya apareció.
Asentí.
—Era cuestión de tiempo.
En el Centro de Servicios Administrativos, Mauricio exigía explicaciones.
—Tiene que ser un error del sistema.
El funcionario negó con tranquilidad.
—No, señor.
—La inscripción fue validada mediante escritura pública.
—Además, ambas modificaciones fueron protocolizadas ante notario.
Bianca comenzó a perder el color.
—¿Qué modificaciones?
El empleado abrió el historial.
—Primero existía una propietaria única.
—Después se registró una transferencia del cincuenta por ciento al señor Mauricio Chen.
—Y ocho meses más tarde, ese mismo cincuenta por ciento fue cedido a la señorita Bianca Bai.
Mauricio sintió que la sangre le abandonaba el rostro.
—Yo nunca firmé una cesión.
El funcionario levantó la vista.
—Según este expediente, sí lo hizo.
Bianca dio un paso atrás.
—Mauricio…
Él la miró confundido.
—Yo tampoco sabía nada.
Pero ya era demasiado tarde.
El funcionario imprimió el historial completo.
Las fechas hablaban por sí solas.
Las dos modificaciones habían sido realizadas mientras Mauricio seguía legalmente casado conmigo.
Bianca tomó las hojas con manos temblorosas.
Su voz apenas salió.
—¿Por qué aparece mi nombre?
Mauricio no respondió.
Porque tampoco tenía una explicación.
A miles de kilómetros de allí, abrí la carpeta azul que llevaba conmigo desde el divorcio.
Dentro estaban las copias originales.
La escritura auténtica.
Las fotografías de las firmas.
Los dictámenes caligráficos.
Y el informe del Registro de la Propiedad.
Mi abogado señaló una página.
—Las firmas utilizadas para transferir la vivienda son falsificaciones evidentes.
—Lo sabemos.
—Entonces, ¿por qué no denunció inmediatamente?
Miré el mar.
—Porque necesitaba que terminaran la operación.
Él comprendió enseguida.
—Quería que ambos quedaran vinculados oficialmente.
Asentí.
—Si denunciaba antes del divorcio, Mauricio podía decir que alguien utilizó sus documentos sin conocimiento suyo.
—Ahora no.
—Ahora intentó registrar oficialmente una vivienda obtenida mediante esa documentación.
El abogado cerró la carpeta.
—Eso cambia completamente la responsabilidad.
Aquella misma tarde, Mauricio apareció frente a la antigua casa del callejón Huai’an.
La puerta estaba cerrada con un nuevo candado.
Dos funcionarios del Registro ya lo esperaban.
Uno de ellos colocó un aviso oficial sobre la entrada.
“Propiedad bajo investigación judicial.”
Mauricio sintió un escalofrío.
Sacó inmediatamente el teléfono.
Esta vez llamó a su abogado.
—Necesito que vengas.
—Ahora mismo.
Media hora después, ambos revisaban la documentación dentro del automóvil.
El abogado permaneció en silencio durante varios minutos.
Finalmente levantó la vista.
—Mauricio…
—Tenemos un problema muy serio.
—¿Qué problema?
El abogado respiró hondo.
—Las firmas utilizadas para modificar la escritura no pertenecen a Natalia.
—Eso significa falsificación documental.
Mauricio golpeó el volante.
—¡Yo jamás hice esos trámites!
—¿Quién los hizo entonces?
Los dos pensaron al mismo tiempo en la misma persona.
Bianca.
Esa noche recibí un correo electrónico.
Procedía del despacho de Mauricio.
Solo contenía una frase.
“Solicitamos una reunión urgente para resolver amistosamente cualquier diferencia.”
Sonreí.
Contesté con apenas ocho palabras.
“La investigación ya está en manos de la fiscalía.”
Cinco minutos después llegó otro mensaje.
Esta vez era de Bianca.
“Natalia… necesito hablar contigo.”
No respondí.
Porque en ese mismo instante mi abogado acababa de recibir una notificación oficial.

La Fiscalía de Delitos Patrimoniales había admitido la denuncia.
Y la primera persona citada para declarar no era Mauricio.
Era Bianca Bai.
Pero lo que ninguno de los dos sabía era que, durante la investigación, los peritos acababan de descubrir otra escritura falsificada… relacionada con una propiedad cuyo valor superaba diez veces el de la casa del callejón Huai’an.