A la mañana siguiente, llegué al Centro Internacional de Convenciones antes de las ocho.
El vestíbulo estaba lleno de periodistas, cámaras de televisión y representantes de las principales firmas de arquitectura del mundo.
Mi asistente, Nora, caminó hacia mí con una carpeta en la mano.
—Directora Moore, el comité ya está reunido.
Asentí.
—¿Los inversionistas?
—Todos confirmados.
Mientras avanzábamos por el pasillo, mi teléfono vibró.
Era un número desconocido.
No contesté.
Cinco segundos después volvió a sonar.
Luego una tercera vez.
Nora miró la pantalla.
—Parece urgente.
Contesté.
—¿Sí?
Al otro lado se escuchó una respiración agitada.
—¿Señorita Moore?
Reconocí inmediatamente la voz.
Era Michael Sanders.
Director jurídico de Blake Group.
—¿Qué sucede?
—Necesitamos hablar con usted.
Seguí caminando sin detenerme.
—Ya no trabajo para Blake Group.
—Lo sé.
Su voz sonaba desesperada.
—Pero acaba de ocurrir algo muy grave.
No respondí.
Él continuó.
—La Comisión Internacional de Arquitectura canceló la licitación con nosotros hace veinte minutos.
Me detuve.
Nora también.
Michael respiró hondo.
—Nuestro proyecto quedó descalificado.
Fruncí ligeramente el ceño.
—¿Y?
Hubo un silencio incómodo.
—El único diseño que obtuvo la máxima calificación fue… Horizonte Vivo.
No dije nada.
—El suyo.
A miles de metros de allí, Adrian golpeó con fuerza la mesa de la sala de juntas.
—¡Eso es imposible!
El presidente del consejo deslizó lentamente un informe hacia él.
—No.
Es completamente posible.
Adrian tomó las hojas.
Las cifras parecían irreales.
Contrato principal.
Cien mil millones.
Diseño ganador.
Arquitecta responsable:
Elena Moore.
Sintió que el estómago se le cerraba.
—Debe tratarse de otra Elena.
Uno de los directivos negó lentamente.
—No.
Es tu exesposa.
La sala quedó completamente en silencio.
Otro consejero habló.
—El comité confirmó que llevaba tres años desarrollando ese proyecto de manera independiente.
Adrian levantó lentamente la vista.
Tres años.
Exactamente el tiempo que llevaban casados.
Recordó todas aquellas noches.
Las veces que Elena decía que debía terminar unos planos.
Las ocasiones en que permanecía despierta hasta el amanecer frente al ordenador.
Él siempre creyó que era un pasatiempo.
Jamás preguntó qué estaba construyendo.
La conferencia comenzó puntualmente a las diez.
Cuando pronunciaron mi nombre, el auditorio entero se puso de pie.
Subí al escenario con un traje blanco sencillo.
No llevaba joyas.
Solo el reloj que mi padre me había regalado al graduarme como arquitecta.
El presidente del comité sonrió.
—Arquitecta Moore, su proyecto obtuvo la puntuación más alta de los últimos quince años.
Las cámaras comenzaron a disparar flashes.
—¿Qué sintió al recibir la noticia?
Sonreí.
—Sentí que todo sacrificio termina encontrando su momento.
Otra periodista levantó la mano.
—Durante años prácticamente desapareció del sector.
¿Por qué?
Pensé unos segundos.
No iba a hablar de Adrian.
No le regalaría ese protagonismo.
—Porque a veces uno se aleja para aprender a construir algo más importante que edificios.
Hice una pausa.
—Construirse a uno mismo.
Los aplausos llenaron el salón.
Al mismo tiempo, Blake Group vivía el peor día de su historia.
Los teléfonos no dejaban de sonar.
Los accionistas exigían respuestas.
Dos bancos suspendieron temporalmente una línea de financiación.
Y el principal inversionista internacional hizo una única pregunta.
—¿Es cierto que la arquitecta Elena Moore fue parte de esta empresa?
Nadie respondió.
El silencio fue suficiente.
Adrian salió de la sala de juntas sin decir una palabra.
Entró en su despacho.
Cerró la puerta.
Por primera vez en muchos años observó realmente aquella oficina.
El cuadro del fondo.
La biblioteca.
El sofá donde Elena había esperado durante incontables reuniones.
Recordó cuántas veces ella había llevado café mientras él discutía proyectos con otros arquitectos.
Nunca le preguntó su opinión.
Nunca le pidió revisar un plano.
Nunca imaginó que la persona con más talento de toda la empresa estaba sentada frente a él cada noche.
Golpeó la pared con el puño.
—¿Cómo pude no verlo?
Nadie contestó.
Media hora después, su secretaria entró apresuradamente.
—Señor Blake…
Él levantó la vista.
—¿Qué ocurre ahora?
—El presidente del comité internacional está en la línea.
Adrian respiró profundamente.
Contestó de inmediato.
—Habla Adrian Blake.
La voz al otro lado fue directa.
—Señor Blake.
Lamentablemente debemos informarle que existe una única posibilidad para que su empresa vuelva a participar en el Proyecto Aurora.
Adrian sintió un pequeño alivio.
—¿Cuál?
La respuesta llegó sin rodeos.
—La arquitecta principal tiene derecho a elegir un socio estratégico.
Guardó silencio unos segundos antes de añadir:
—Y esa arquitecta es Elena Moore.

Adrian apretó lentamente el teléfono.
Comprendió, demasiado tarde, que el futuro de la empresa que había heredado dependía ahora de la mujer cuya firma había recibido el día anterior sobre unos papeles de divorcio.
Y por primera vez desde que la conocía…
él era quien necesitaba que Elena no cerrara la puerta.