PARTE 2: La Fotografía Que Destruyó Diez Años de Silencio

La fotografía permaneció sobre mi escritorio durante varios minutos.

No la toqué.

No hacía falta.

Conocía el rostro de Sebastián mejor que el mío.

La forma en que inclinaba ligeramente la cabeza al besar.

La mano izquierda apoyada en la cintura.

La expresión tranquila de un hombre que no teme ser descubierto.

Solo había un detalle diferente.

La mujer entre sus brazos no era yo.

Era Olivia.

En el reverso, la fecha seguía clavándose en mis ojos.

Dos años antes de nuestro compromiso.

Es decir, cuando Sebastián ya visitaba mi casa, aceptaba las invitaciones de mi madre y hablaba con mi tutor sobre nuestra futura boda.

Nunca dejó a Olivia por mí.

Nunca la eligió después.

Simplemente jugó con las dos.

Levanté la vista.

—¿Estás completamente seguro?

Héctor asintió.

—La fotografía salió de un estudio privado que trabaja exclusivamente para la familia Song.

Sacó otra carpeta.

—Hay más.

Dentro encontré registros de hoteles, cuentas bancarias y contratos de arrendamiento.

Todos firmados por terceros.

Pero siempre aparecían los mismos dos nombres.

Sebastián Song.

Olivia Liu.

Durante cuatro años habían utilizado casas distintas para verse.

Ninguna estaba a nombre de ellos.

Todo estaba diseñado para que pareciera imposible demostrar la relación.

—¿Y sobre Olivia? —pregunté.

Héctor abrió el último sobre.

—No existe ningún expediente de adopción.

Fruncí el ceño.

—¿Cómo?

—La familia Song anunció públicamente que la había adoptado después de la muerte de unos socios comerciales.

Pero nunca hubo trámite legal.

Nunca fue inscrita como hija.

Nunca obtuvo derechos sucesorios.

Legalmente…

Hizo una pausa.

—Es una completa desconocida viviendo bajo el techo de esa familia.

Sentí algo parecido al alivio.

No porque doliera menos.

Sino porque dejaba de existir la única explicación que hubiera podido justificar aquel beso.

No eran hermanos.

Eran amantes.

Desde antes de que él me pidiera matrimonio.

Rosa, que escuchaba detrás de mí, dejó escapar un suspiro tembloroso.

—Señorita…

La interrumpí.

—¿Mi madre sabía algo de Sebastián?

Héctor negó con firmeza.

—Investigamos todos los informes antiguos.

La señora solo ordenó comprobar que el joven no tuviera antecedentes criminales, deudas importantes ni relaciones políticas peligrosas.

Nada más.

Los Song ocultaron muy bien a Olivia.

Me levanté despacio.

Caminé hasta el ventanal.

En el jardín, Olivia daba órdenes a los jardineros como si hubiera nacido dueña de aquella propiedad.

Uno de ellos intentó corregirla.

Ella le lanzó la maceta a los pies.

Sebastián apareció unos segundos después.

No la reprendió.

Solo sonrió y acomodó un mechón de su cabello detrás de la oreja.

Ese gesto…

Nunca lo había hecho conmigo.

Ni una sola vez.

Rosa comenzó a llorar.

—Señorita, basta. Échelos ahora mismo.

Negué con calma.

—Todavía no.

—¿Después de esto?

—Todavía no.

Héctor me observó en silencio.

Él sí entendía.

Quien dispara antes de terminar la investigación solo consigue hacer ruido.

Yo necesitaba mucho más.

—Quiero revisar las finanzas de los Song.

—Ya comenzamos.

—También sus negocios con el gobierno.

—Sí.

—Y todas las propiedades compradas durante los últimos cinco años.

Héctor hizo una breve inclinación.

—Esta mañana encontramos algo extraño.

Me entregó otro documento.

Era una escritura.

Mi respiración se detuvo.

La propiedad correspondía al terreno donde la familia Song estaba construyendo su nuevo centro comercial.

El proyecto más importante de la ciudad.

El orgullo de Sebastián.

El lugar que aparecía en todos los periódicos.

Pero el propietario original del terreno…

Era mi madre.

Jamás lo había vendido.

Solo lo había cedido temporalmente mediante un contrato de administración que vencía exactamente dos semanas después.

Miré a Héctor.

—¿Ellos lo saben?

Él sonrió por primera vez.

—No.

Creen que el terreno ya les pertenece para siempre.

Cerré lentamente la carpeta.

Entonces comprendí por qué Sebastián había soportado durante tantos años un compromiso sin amor.

Nunca fui la mujer que quería.

Fui la llave que necesitaba.

Y en ese instante decidí que la boda seguiría adelante.

Porque un hombre dispuesto a engañar durante años solo baja completamente la guardia cuando cree que está a punto de ganar.

Y yo necesitaba que Sebastián Song sonriera una última vez…

Antes de descubrir que el imperio que llevaba cinco años construyendo nunca había sido suyo.

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