Mateo volvió a llamarme treinta y dos veces.
No respondí ninguna.
A las ocho de la mañana sonó el timbre de mi casa.
Al abrir, encontré a mi padre.
No venía solo.
Mateo estaba detrás de él con la camisa arrugada, el cabello revuelto y el teléfono todavía en la mano.
Renata permanecía unos pasos más atrás, usando lentes oscuros para ocultar los ojos hinchados de tanto llorar.
—Lucía, tenemos que hablar —dijo mi padre.
Los hice pasar.
Nadie ofreció disculpas.
Mateo fue directo al asunto.
—Cancela la venta del departamento.
Tomé mi taza de café con tranquilidad.
—¿Cuál departamento?
—¡No juegues conmigo!
Golpeó la mesa.
—¡Ese es mi hogar!
Lo miré fijamente.
—No.
Saqué una carpeta y la coloqué frente a él.
—Ese departamento pertenece legalmente a Lucía Navarro.
Deslicé la escritura.
Después los comprobantes de la transferencia inicial.
Las mensualidades.
Los impuestos.
Las cuotas de mantenimiento.
Cada peso había salido de mis cuentas.
Renata tomó los documentos con manos temblorosas.
—Pero… llevamos dos años viviendo ahí.
—Sí.
—Lo decoramos.
—También.
—Es nuestra casa.
Negué despacio.
—Confundieron vivir con ser propietarios.
El silencio fue absoluto.
Mi padre carraspeó.
—Hija, podrías darles un poco más de tiempo.
—¿Cuánto tiempo necesitó Mateo para decidir que yo daba vergüenza?
Nadie respondió.
Saqué otro sobre.
—Aquí está la cancelación de la luna de miel.
Renata abrió los ojos.
—¿Qué?
—Grecia ya no existe para ustedes.
Mateo palideció.
—¿También hiciste eso?
—El viaje estaba a mi nombre.
Deslicé un segundo documento.
—Y estos son los setecientos mil pesos destinados a tu maestría.
Él comenzó a respirar con dificultad.
—Lucía…
—Ya están nuevamente en mi cuenta.
Renata se volvió hacia él.
—¿Me dijiste que todo eso era un regalo de bodas de tu familia?
Mateo evitó mirarla.
Por primera vez comprendí algo.
Ella tampoco conocía toda la verdad.
Creía que el departamento era de Mateo.
Que el viaje era un regalo de su padre.
Que el dinero para Barcelona provenía de los ahorros de ambos.
Todo era mentira.
—Mateo… ¿qué está diciendo? —preguntó Renata.
Él guardó silencio.
Entonces coloqué una última carpeta sobre la mesa.
—Aquí están los comprobantes de los ciento ochenta mil pesos que pagué cuando tus acreedores querían demandarte.
Después otro.
—Y aquí la colegiatura completa de la universidad.
Otro más.
—Tus cursos de programación.
Mi voz seguía tranquila.
—Durante dieciséis años financié prácticamente toda tu vida.
Mateo bajó la cabeza.
Mi padre intentó intervenir.
—Lucía, la familia…
Lo interrumpí.
—No hables de familia.
Lo miré directamente.
—La familia estuvo completa en esa boda.
La única que faltó fui yo.
Nadie pudo sostenerme la mirada.
Renata rompió el silencio.
—Mateo…
Su voz sonaba irreconocible.
—¿Todo esto es cierto?
Él tardó varios segundos en responder.
Después asintió lentamente.
Ella dio un paso atrás.
—¿Me mentiste desde que nos conocimos?
—Quería demostrarte que podía darte una buena vida.
—¿Con dinero de tu hermana?
Mateo no contestó.
Renata dejó caer las llaves del departamento sobre la mesa.
Las lágrimas comenzaron a correr por su rostro.
—Yo acepto haber sido cruel con Lucía.
Se volvió hacia mí.
—Pero jamás habría permitido que me casara viviendo de algo que no era nuestro.
Sentí por primera vez que la habitación cambiaba.
Porque el verdadero problema nunca había sido solo Renata.
El verdadero engaño llevaba años construyéndose.
Y el hombre que más había mentido en toda esta historia…
Era mi propio hermano.
En ese instante, el teléfono de Jimena, mi abogada, sonó.
Me miró desde la pantalla.
Contesté.
Solo dijo una frase.
—Lucía, detuve la venta porque encontré algo mucho más importante.
Fruncí el ceño.
—¿Qué pasó?

Su respuesta hizo que incluso Mateo levantara la cabeza.
—Al revisar el expediente del departamento descubrimos que alguien intentó falsificar tu firma hace tres meses para transferir la propiedad.
Y el nombre que aparece en la solicitud… es el de Mateo Navarro.