PARTE 2: El Conejo Gris

Grant tomó con cuidado al Señor Galleta entre las manos.

No abrió el cierre.

No rompió la costura.

Simplemente miró a Riley.

—Tu mamá te dijo que solo se lo dieras a alguien en particular.

La niña asintió.

—A alguien que no tuviera miedo.

Grant dejó escapar una sonrisa casi imperceptible.

Hacía muchos años que nadie lo describía así.

Damon regresó quince minutos después.

Su expresión bastó para entender que algo iba muy mal.

—No está en las habitaciones.

—¿Y en la sala del personal?

—Vacía.

Grant frunció el ceño.

—¿Cámaras?

Damon colocó una tableta sobre la mesa.

—Las revisé.

Retrocedió la grabación.

A las nueve y doce de la noche apareció Meline empujando un carrito de limpieza.

Tosía.

Se detenía cada pocos pasos para recuperar el aliento.

A las nueve y cuarenta y siete, Walter Ayes salió de su oficina acompañado por dos hombres de seguridad.

Hablaron con ella menos de un minuto.

Después desaparecieron por un ascensor de servicio.

Meline nunca volvió a aparecer.

Grant levantó lentamente la vista.

—¿Dónde termina ese ascensor?

—En el sótano.

—¿Y las cámaras?

Damon negó con la cabeza.

—Curiosamente dejaron de grabar durante treinta y ocho minutos.

Grant guardó silencio.

No creía en las casualidades.

Mucho menos cuando alguien desaparecía exactamente durante un apagón de cámaras.

Miró otra vez a Riley.

La niña abrazaba con fuerza su mochila.

—¿Tu mamá te dijo por qué escondió esa memoria?

Riley dudó unos segundos.

Después respondió.

—Porque los malos también usan traje.

Grant intercambió una mirada con Damon.

Era una frase demasiado adulta para una niña.

—¿Qué más dijo?

Riley respiró hondo.

—Que si ella no regresaba…

Su voz comenzó a temblar.

—Debía buscar al hombre del lobo.

Grant sintió un escalofrío.

—¿Del lobo?

La niña asintió.

—Mamá dijo que todos en Chicago conocían al hombre del lobo.

Damon sonrió apenas.

El lobo era el antiguo símbolo de la organización de Grant.

Meline sabía perfectamente quién era.

Grant abrió por fin el pequeño cierre oculto del conejo.

Dentro apareció una memoria USB negra envuelta en plástico.

La conectaron inmediatamente al portátil de Damon.

No había fotografías.

Ni videos familiares.

Solo una carpeta.

CONTABILIDAD REAL.

La abrieron.

Miles de archivos.

Transferencias.

Recibos.

Nóminas.

Pagos inexistentes.

Empleados que nunca cobraban.

Dinero enviado a empresas fantasma.

Todo firmado digitalmente por Walter Ayes.

Pero había algo peor.

En otra carpeta aparecía una lista.

Veintidós nombres.

Todos trabajadores del hotel.

Junto a varios de ellos podía leerse una palabra.

“Resuelto.”

Al lado del nombre de Meline Benet aparecía otra.

“Pendiente.”

Grant dejó de mirar la pantalla.

—Todavía está viva.

Damon comprendió inmediatamente.

—Porque aún no habían recuperado la memoria.

Exactamente.

El teléfono de Walter sonó en ese mismo instante.

Era una llamada interna del hotel.

Contestó con fastidio.

—¿Qué ocurre?

Una recepcionista respondió nerviosa.

—Señor… el señor Marcelis sigue en el vestíbulo.

Walter sonrió con desprecio.

—Que espere.

Dentro de una hora ya no encontrará ni a la mujer ni a la niña.

Colgó.

No sabía que la llamada acababa de ser interceptada.

Grant cerró lentamente el ordenador.

Después miró a Damon.

—Bloquea todas las salidas.

—Ya están bloqueadas.

—Nadie entra.

Nadie sale.

Riley levantó la vista.

—¿Van a encontrar a mi mamá?

Grant se arrodilló frente a ella.

Por primera vez en muchos años hizo una promesa que no admitía errores.

—Sí.

La niña extendió lentamente la mano.

Él la tomó.

En ese mismo instante sonó el teléfono de Damon.

Escuchó apenas diez segundos.

Después levantó la vista.

Su voz fue apenas un susurro.

—La encontramos.

Grant respiró aliviado.

—¿Dónde?

Damon tragó saliva.

—En el sótano.

Hizo una pausa.

—Pero no estaba sola.

Hay otras nueve empleadas encerradas con ella… y alguien acaba de cerrar todas las puertas desde afuera.

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