PARTE 2: El Hombre que Nunca Murió

No dormí esa noche.

Cada vez que cerraba los ojos veía a Alejandro levantando a aquel niño en Six Flags.

Cinco años.

Cinco años visitando una tumba.

Cinco años hablando con unas cenizas que quizá nunca fueron suyas.

Y mientras yo lloraba su muerte, él celebraba cumpleaños, construía otra empresa y formaba otra familia.

A las siete de la mañana recibí la llamada de Sofía.

—Mariana… encontré algo muy extraño.

Me incorporé de inmediato.

—Habla.

—Pedí una copia certificada del acta de defunción de Alejandro Cárdenas.

Esperé en silencio.

—No existe.

Sentí que el corazón dejaba de latir.

—¿Cómo que no existe?

—En el Registro Civil no aparece ninguna inscripción de fallecimiento a ese nombre.

Fruncí el ceño.

—Pero yo firmé documentos.

—Sí.

—Vi el certificado.

—Entonces ese documento nunca fue registrado oficialmente.

Miré la pared durante varios segundos.

Eso significaba que, legalmente…

Alejandro jamás había muerto.

—Consigue también el expediente del hospital.

—Ya lo intenté.

La voz de Sofía sonaba cada vez más tensa.

—Me dijeron que fue retirado hace cuatro años por orden judicial.

Algo no encajaba.

Los hospitales privados no destruían expedientes de esa manera.

Mucho menos casos oncológicos.

Tomé las llaves del coche.

—Voy al hospital.

Una hora después estaba frente al Centro Médico Santa Fe.

La directora administrativa me recibió con cortesía.

Hasta que pronuncié el nombre de Alejandro.

Su sonrisa desapareció.

—Lo siento, señora.

Ese expediente tiene acceso restringido.

Saqué una copia de mi acta de matrimonio.

—Soy su viuda.

Ella permaneció unos segundos en silencio.

Después revisó el sistema.

Su expresión cambió por completo.

—Disculpe…

Tecleó otra vez.

Volvió a revisar.

—¿Cuál es el problema?

Me miró confundida.

—Aquí aparece que usted sigue siendo la esposa legal del señor Alejandro Cárdenas.

Sentí un escalofrío.

—Eso es imposible.

Giró la pantalla.

Estado civil.

Casado.

Sin registro de defunción.

Sin divorcio.

Sin nulidad.

Legalmente seguíamos casados.

Respiré hondo.

—Entonces… ¿quién autorizó la entrega del cuerpo?

La mujer tragó saliva.

—Permítame revisar.

Desapareció durante casi veinte minutos.

Regresó acompañada por el director jurídico del hospital.

Traía una carpeta antigua.

—Señora Mariana…

La abrió lentamente.

—El cuerpo nunca fue entregado a usted.

Fruncí el ceño.

—¿Qué?

Sacó el formulario original.

Responsable de identificación del cadáver.

Teresa Cárdenas.

Autorización para cremación.

Teresa Cárdenas.

Recepción de urna.

Teresa Cárdenas.

Mi nombre no aparecía en ninguna parte.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

—Pero… yo asistí al funeral.

El abogado asintió.

—Sí.

—Yo sostuve la urna.

—Después de la cremación.

Me llevé una mano a la boca.

—¿Quién identificó el cuerpo?

El hombre permaneció en silencio.

Luego colocó otro documento frente a mí.

Resultado de identificación visual.

Firmado únicamente por Teresa.

No existía informe de ADN.

No existían huellas dactilares.

Ni siquiera había una autopsia.

Solo la declaración de una madre asegurando que aquel cadáver pertenecía a su hijo.

El abogado respiró profundamente.

—Hay algo más.

Sacó una hoja del fondo del expediente.

Era la autorización para suspender el tratamiento oncológico.

Firmante.

Alejandro Cárdenas.

Fecha.

Tres días antes de su supuesta muerte.

Mi respiración se aceleró.

—Si él firmó esto…

Levanté lentamente la vista.

—Entonces estaba vivo.

El abogado no respondió.

No hacía falta.

Salí del hospital con las manos temblando.

En cuanto subí al coche sonó mi teléfono.

Era Teresa.

Contesté.

—Hija, ¿vendrás hoy a comer?

Escuché risas infantiles al otro lado de la línea.

La misma risa que había oído el día anterior.

Respiré despacio.

—Claro que sí.

Hubo un breve silencio.

—Qué alegría.

Sonreí sin que ella pudiera verlo.

—Tengo muchas ganas de ver a toda la familia.

Colgué.

Después marqué otro número.

—Licenciado Herrera.

—Buenos días, señora.

—Quiero presentar una denuncia por fraude, falsificación documental, simulación de muerte y posible sustitución de identidad.

El abogado guardó silencio.

—¿Tiene pruebas?

Miré la fotografía de Alejandro abrazando a su hijo.

Luego el expediente del hospital.

Y finalmente el acta de matrimonio que demostraba que mi esposo nunca había dejado de existir legalmente.

—Todavía no tengo todas.

Hice una pausa.

—Pero esta noche voy a cenar con las dos personas que las escondieron durante cinco años.

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