No dormí aquella noche.
Mientras Mauricio roncaba a mi lado, abrí la fotografía que Mateo había tomado una y otra vez.
La amplié.
Después otra vez.
La fecha era inconfundible.
17 de abril.
El mismo día en que enterramos a mi padre.
Abajo aparecía una firma.
Mi nombre.
Pero aquella firma no era mía.
La había imitado alguien que solo conocía mi escritura por encima.
Sentí un escalofrío.
Si ese documento era auténtico, entonces llevaban seis años utilizando mi identidad.
Si era falso…
Alguien había construido toda una herencia sobre una falsificación.
A las siete de la mañana recibí la llamada de Jimena.
—Escuché el audio completo.
Su voz sonaba mucho más seria de lo habitual.
—¿Qué piensas?
Hubo unos segundos de silencio.
—Claudia…
No destruyas nada.
No los enfrentes.
Y, sobre todo…
No vuelvas a firmar un solo papel.
Miré a Mauricio preparando café en la cocina.
Sonreía como si la noche anterior hubiera estado realmente en Puebla.
—Ya es tarde para eso.
Jimena respondió de inmediato.
—No.
Todavía estamos a tiempo.
Cuando Mauricio salió a trabajar, fui directamente a la notaría donde mi padre había firmado su testamento.
El notario original ya estaba jubilado.
Pero su hija continuaba atendiendo el despacho.
Le mostré la fotografía.
La mujer observó el documento durante varios minutos.
Después abrió un archivo antiguo.
Sacó una carpeta cubierta de polvo.
Buscó una hoja.
Y de pronto levantó lentamente la cabeza.
—Señora Claudia…
Este documento nunca pasó por esta notaría.
Sentí que el corazón comenzaba a latir con fuerza.
—¿Está segura?
Giró el monitor hacia mí.
—Mire el número de protocolo.
Lo comparé.
No coincidía con ninguno de los registros oficiales.
—Entonces…
—Alguien falsificó completamente este instrumento.
Salí de allí directamente hacia el Registro Público.
Jimena ya me esperaba.
Solicitamos todas las operaciones realizadas desde la muerte de mi padre.
La funcionaria regresó media hora después con un expediente enorme.
Jimena comenzó a revisarlo.
Su expresión cambió página tras página.
—¿Qué ocurre?
Respiró profundamente.
—No es una sola falsificación.
Me mostró una lista.
Poder especial.
Cesión de derechos.
Autorización bancaria.
Renuncia parcial.
Transferencias.
Cada documento llevaba mi supuesta firma.
Ninguno había sido autorizado por mí.
Mientras seguíamos revisando apareció un nombre repetido una y otra vez.
Doctor Ernesto Salgado.
Fruncí el ceño.
—¿No es el mismo médico del que hablaban anoche?
Jimena asintió lentamente.
—Sí.
Pero aquí no figura como médico.
Figura como testigo de todas las operaciones.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
El mismo hombre que iba a declararme mentalmente incapaz llevaba años participando en todos los movimientos de mi patrimonio.
A mediodía recibí un mensaje de Mauricio.
“¿Cómo amaneciste, amor?”
“Esta noche cenamos con tu mamá.”
Miré la pantalla.
Recordé las risas.
El tequila.
Los planes para encerrarme.
Respondí exactamente como esperaban.
“Claro. Allí estaremos.”
Por la tarde, Mateo llegó del colegio.
Se sentó frente a mí.
—¿Ya sabes qué vamos a hacer?
Lo abracé.
—Sí.
Pero necesitamos seguir actuando.
Él bajó la cabeza.
—No quiero volver con la abuela.
Le acaricié el cabello.
—Solo una vez más.
Después de hoy…
Nunca volverás a escuchar que tu mamá está loca.
A las ocho llegamos a casa de Elvira.
Todo parecía normal.
La mesa estaba servida.
Mauricio sonreía.
Mi madre me abrazó exageradamente.
—Qué gusto verte mejor.
Les devolví la sonrisa.
Me senté.
Esperé.
Diez minutos después, Mauricio colocó una carpeta frente a mí.
—Solo falta una firma.
Mi respiración permaneció completamente tranquila.
—¿Qué es?
—Un trámite para reorganizar unas inversiones.
Ni siquiera intentó explicar más.
Porque estaba convencido de que volvería a firmar sin leer.
Tomé el bolígrafo.
Lo sostuve unos segundos.
Entonces levanté la vista.
—Antes quiero hacer una llamada.
Mauricio frunció el ceño.
—¿Ahora?
Asentí.
—Sí.
Marqué un número.
Puse el altavoz.
Una voz respondió inmediatamente.
—Fiscalía Especializada en Delitos Patrimoniales.
Buenas noches.
Mauricio dejó de sonreír.
Mi madre palideció.
Guardé lentamente el bolígrafo.
—Buenas noches.
Mi nombre es Claudia Mendoza.
Quiero denunciar una red de falsificación documental que lleva al menos seis años utilizando mi identidad para apropiarse de mi patrimonio.
El silencio fue absoluto.
Pero todavía faltaba la última pieza.
Porque, mientras hablaba con la fiscalía, alguien llamó a la puerta.
No era un vecino.

No era otro familiar.
Era el mismo notario cuya firma aparecía falsificada en todos los documentos.
Y acababa de llegar acompañado por dos agentes de la policía judicial con una carpeta que podía demostrar exactamente quién había empezado el fraude… el mismo día del funeral de mi padre.