PARTE 2: La Cuenta del Banquete

A las siete con cincuenta y cinco llegué al hotel.

No entré al salón.

Me quedé en el lobby, donde podía ver la entrada principal sin ser vista.

Desde allí escuchaba la música, las risas y los brindis.

Daniel había invitado a casi toda su familia.

Compañeros de trabajo.

Clientes.

Vecinos.

Incluso varios proveedores con los que presumía tener grandes negocios.

Todos levantaban sus copas celebrando su nueva vida.

Fernanda lucía un vestido blanco ajustado que costaba más que el sueldo de varios de los empleados del hotel.

Graciela caminaba de mesa en mesa enseñando unas llaves.

—Por fin mi hijo recuperó su departamento. Esa mantenida ya no volverá a poner un pie ahí.

Los invitados aplaudían.

Daniel levantó su copa.

—Hoy cierro una etapa.

Durante veinte años mantuve a una mujer que jamás produjo un solo peso.

Pero todo cambió cuando conocí a Fernanda.

Ella sí cree en mí.

Ella sí merece compartir mi éxito.

Los aplausos fueron todavía más fuertes.

Miré el reloj.

Las ocho en punto.

Mi teléfono vibró.

Era Mauricio.

—Presidenta.

Las doce tarjetas adicionales acaban de quedar canceladas.

El hotel todavía no lo sabe.

Sonreí.

—Perfecto.

Esperemos.


Media hora después comenzó el verdadero espectáculo.

El gerente del salón apareció con la cuenta definitiva.

—Señor Ortega, cuando guste podemos realizar el cobro.

Daniel sonrió con absoluta seguridad.

Sacó la tarjeta negra.

—Cárguelo todo aquí.

El gerente pasó la tarjeta.

Error.

Daniel frunció el ceño.

—Otra vez.

Segundo intento.

Tarjeta rechazada.

Sacó otra.

Luego una tercera.

Después una cuarta.

Todas devolvían exactamente el mismo mensaje.

TARJETA CANCELADA.

El salón comenzó a guardar silencio.

Fernanda dejó lentamente la copa sobre la mesa.

Graciela sonrió con nerviosismo.

—Debe ser un problema del banco.

Daniel llamó inmediatamente al ejecutivo de atención preferente.

Activó el altavoz.

—Señor Ortega.

Su cuenta principal continúa activa.

Lo que fueron canceladas son todas las tarjetas adicionales vinculadas a la titular.

Daniel quedó inmóvil.

—¿Qué titular?

—La señora Verónica Alcántara.

Toda la mesa dejó de respirar.

Daniel levantó la voz.

—Debe haber un error.

¡Esas tarjetas son mías!

—No, señor.

Usted figura únicamente como usuario autorizado.

La cuenta pertenece a la señora Alcántara desde su apertura.

Fernanda abrió lentamente la boca.

Graciela comenzó a negar con la cabeza.

—Eso es imposible…

Daniel colgó de inmediato.

Me buscó desesperadamente con la mirada.

Sabía que yo estaba allí.

Salí entonces del lobby y caminé lentamente hacia el salón.

Todos comenzaron a apartarse.

El gerente del hotel se acercó respetuosamente.

—Buenas noches, señora Alcántara.

Incliné apenas la cabeza.

Daniel parecía incapaz de hablar.

—¿Qué significa esto?

Lo miré con tranquilidad.

—Significa que durante veinte años confundiste una tarjeta adicional con una fortuna propia.

Fernanda dio un paso atrás.

—Daniel…

Tú dijiste que todo era tuyo.

Él tragó saliva.

—Verónica…

Paga la cuenta y luego hablamos.

Negué despacio.

—No.

Hoy cada quien paga su propia celebración.

El gerente intervino con cortesía.

—El importe pendiente es de seiscientos cincuenta y tres mil cuatrocientos ochenta pesos.

¿Cómo desean liquidarlo?

Nadie respondió.

Los teléfonos comenzaron a sonar al mismo tiempo.

Uno.

Cinco.

Diez.

Veinte.

Más de cien llamadas y mensajes llegaron simultáneamente a Daniel.

Bancos.

Proveedores.

Ejecutivos.

Todos hacían exactamente la misma pregunta.

—Señor Ortega…

¿Quién va a pagar ahora?

Daniel me miró desesperado.

—¿Qué hiciste?

Saqué una carpeta del bolso.

La coloqué frente a él.

—Nada.

Solo recuperé lo que siempre fue mío.

Él abrió el expediente.

La primera página llevaba el logotipo de Grupo Alcántara.

La segunda mostraba todas las tarjetas corporativas emitidas a su nombre como usuario autorizado.

La tercera contenía las solicitudes de crédito que él había firmado falsificando mi autorización digital.

Su rostro perdió completamente el color.

—No…

Eso no puede estar aquí.

Mauricio apareció acompañado por dos abogados.

Le entregó otro documento.

—Sí puede.

Y todavía falta lo más importante.

Daniel levantó lentamente la vista.

—¿Qué más puede haber?

Mauricio sonrió con absoluta serenidad.

—La auditoría interna terminó esta tarde.

Y acaba de confirmar que durante los últimos tres años usted utilizó tarjetas corporativas de la presidenta para financiar gastos personales, falsificando firmas y declaraciones.

Eso ya no es un problema de divorcio.

Es un caso de fraude penal.

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