El silencio se apoderó del vestíbulo.
La abuela Blackwood seguía sujetando el bastón con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos.
Yo apenas podía respirar.
No tenía miedo de la prueba de ADN.
Tenía miedo de que nadie quisiera hacer la correcta.
Adrian permanecía inmóvil en su silla de ruedas.
Sus ojos seguían fijos en mí.
Como si intentara encontrar en mi rostro algo que llevaba años buscando sin saberlo.
Victor Hale rompió el silencio con una sonrisa arrogante.
—Lady Blackwood tiene razón.
Se acomodó la corbata antes de continuar.
—Hagamos la prueba de una vez. Cuando demuestre que Emma es mi hija, me la llevaré hoy mismo.
Las letras doradas aparecieron otra vez frente a mis ojos.
【No puede aceptar.】
【Victor ya manipuló al laboratorio privado que suele utilizar.】
【Si la muestra sale de aquí, alterarán los resultados.】
Mi pequeño cuerpo comenzó a temblar.
Natalie se acercó discretamente a Adrian.
—Señor… la familia Hale trabaja con el Instituto Kensington desde hace años.
Adrian levantó apenas una ceja.
—¿Lo verificaste?
—Hace veinte minutos.
Él no respondió.
Solo volvió a mirarme.
—Emma.
Era la primera vez que pronunciaba mi nombre.
Su voz era grave.
Tranquila.
—¿Por qué me llamaste papá?
Toda la sala quedó en silencio.
Victor soltó una carcajada.
—Porque los huérfanos hacen cualquier cosa para conseguir una familia rica.
No lo escuché.
Solo miraba a Adrian.
No podía decirle que unas letras mágicas me habían contado la verdad.
Nadie me creería.
Bajé la cabeza.
—Porque… cuando te vi… sentí que ya te conocía.
La abuela resopló con desprecio.
—Qué actuación tan ridícula.
Pero Adrian no apartó la mirada.
—¿Alguna vez viste una fotografía mía?
Negué.
—No.
—¿Alguien te habló de mí?
Negué otra vez.
—Nunca.
Leo, que había permanecido callado hasta entonces, dio un paso al frente.
Miró mi cara durante varios segundos.
Después observó a su hermano.
Frunció lentamente el ceño.
—Esperen…
Todos voltearon hacia él.
Leo acercó un retrato antiguo que descansaba sobre una consola.
Era una fotografía de Adrian cuando tenía poco más de veinte años.
La colocó junto a mi rostro.
Nadie habló.
El parecido era demasiado evidente.
Los mismos ojos.
La misma forma de las cejas.
Incluso el pequeño hoyuelo junto a la comisura izquierda.
Victor comenzó a sudar.
—Eso… eso no significa nada.
La abuela tomó el retrato con manos temblorosas.
Lo observó durante un largo instante.
Su expresión perdió parte de la dureza.
Pero enseguida volvió a endurecerse.
—Los parecidos no prueban nada.
Victor recuperó la confianza.
—Exactamente.
Sonrió con suficiencia.
—Hagamos la prueba y terminemos con esta farsa.
Adrian giró lentamente la silla.
—Se hará la prueba.
Victor sonrió victorioso.
Hasta que Adrian terminó la frase.
—Pero no en un laboratorio elegido por ti.
El silencio volvió a caer.
—La realizará el Laboratorio Nacional Forense.
Victor dejó de sonreír.
—Eso tardará semanas.
—No importa.
—Mi hijo necesita un trasplante urgente.
Adrian levantó lentamente la vista.
—Ese ya no es mi problema.
Victor dio un golpe sobre la mesa.
—¡No tienes derecho a retener a mi hija!
Adrian apoyó ambas manos sobre los reposabrazos.
Su voz siguió siendo serena.
Precisamente por eso resultaba aterradora.
—Si vuelves a llamarla así sin una prueba irrefutable…
…te sacaré de esta casa esposado por intento de adopción fraudulenta.
Los guardaespaldas dieron un paso al frente al mismo tiempo.

Victor retrocedió.
Las letras doradas aparecieron una vez más.
【La prueba demostrará que Victor no es tu padre.】
【Pero nadie imagina que el verdadero peligro no es Victor…】
【Porque alguien dentro de la familia Blackwood lleva cinco años ocultando el expediente médico del accidente de Adrian… y sabe perfectamente quién eres antes que él.】