PARTE 2: El Primer Perdón

Gabriel permaneció inmóvil durante varios minutos, con los tres informes de ADN abiertos sobre su escritorio.

Las letras parecían cambiar de lugar cada vez que volvía a leerlas.

Probabilidad de paternidad: 0 %.

Tres veces.

Tres niños.

Tres mentiras.

El despacho, normalmente impecable y silencioso, parecía demasiado pequeño para contener el peso de aquella verdad.

Golpearon la puerta.

—Señor Morrison, la señora Bennett pregunta si puede pasar.

Era la voz de su asistente.

Gabriel respiró hondo.

—Cinco minutos.

Necesitaba verla.

No como amante.

No como la madre de los hijos que creyó suyos.

Sino como la mujer que había construido la mentira más grande de su vida.

Cinco minutos después, Clara entró con la misma sonrisa delicada que siempre utilizaba frente a los clientes.

Llevaba un vestido azul claro y una carpeta con documentos para firmar.

—Buenos días.

Gabriel levantó la vista.

Durante años creyó que aquella expresión transmitía dulzura.

Ahora solo veía cálculo.

—Siéntate.

Clara obedeció.

Notó algo extraño.

Él no le ofreció café.

No sonrió.

Ni siquiera la llamó por su nombre como hacía siempre.

—¿Ocurrió algo?

Gabriel abrió lentamente uno de los sobres.

—Quiero hacerte una pregunta.

Ella inclinó ligeramente la cabeza.

—Claro.

—¿Quién es el padre de Ethan?

El silencio cayó como una piedra.

Clara tardó apenas un segundo en recuperarse.

Sonrió.

—¿Qué clase de pregunta es esa?

—Respóndeme.

Ella soltó una risa nerviosa.

—Gabriel, llevas demasiadas horas trabajando.

Él deslizó el informe sobre la mesa.

—Respóndeme.

Clara miró el documento.

Su sonrisa desapareció.

Sus dedos comenzaron a temblar.

Leyó una sola línea.

Después otra.

El color abandonó su rostro.

—¿Qué… qué significa esto?

—Significa que ninguno de los tres niños es mío.

Clara dejó escapar el aire lentamente.

Por un instante pareció que iba a llorar.

Pero, en lugar de eso, cerró la carpeta con absoluta calma.

—No deberías haber investigado.

Aquella respuesta hizo que Gabriel sintiera un escalofrío.

No era una negación.

No era sorpresa.

Era resignación.

—¿Quién es el padre?

Clara bajó la mirada.

—No puedo decírtelo.

Gabriel golpeó el escritorio con tanta fuerza que el portaplumas cayó al suelo.

—¡Cinco años!

Su voz hizo vibrar los cristales.

—¡Cinco años creyendo que esos niños eran míos!

Clara cerró los ojos.

—Lo siento.

—¡No me pidas perdón!

Ella respiró profundamente.

—Al principio solo iba a ser una mentira pequeña.

Gabriel sintió un nudo en la garganta.

—Explícalo.

—Cuando supe que tu esposa no podía quedar embarazada… vi la oportunidad.

Él la interrumpió.

—Mi esposa jamás fue estéril.

Clara lo miró confundida.

—¿Qué?

Gabriel recordó el informe que Elena sostenía en el hospital.

La ginecóloga le había sonreído mientras hablaban.

De pronto comprendió algo que nunca había considerado.

Corrió hacia el teléfono.

Marcó directamente a la clínica.

—Necesito hablar con la doctora que atendió ayer a mi esposa.

La recepcionista respondió con educación.

—Lo siento, señor Morrison. Solo podemos entregar información con autorización de la paciente.

Gabriel colgó.

Sin pensarlo dos veces, tomó las llaves del automóvil.

Ni siquiera miró a Clara.

Ella permanecía sentada, completamente pálida.

—Gabriel…

Él se detuvo en la puerta.

—Si vuelves a acercarte a mi esposa antes de que descubra toda la verdad, llamaré a la policía por fraude.

Salió de la oficina sin escuchar la respuesta.

Condujo hasta la mansión como un hombre perseguido.

Por primera vez en cinco años no pensaba en Clara.

Solo pensaba en Elena.

En cada cena que ella preparó mientras él estaba con otra mujer.

En cada Navidad donde soportó la humillación de su suegra.

En cada noche que dejó una lámpara encendida esperando su regreso.

Al entrar en la casa encontró un silencio absoluto.

Sobre la mesa del comedor había una olla aún tibia.

Sopa de pollo.

La misma que ella había mencionado por teléfono.

Junto al plato había una nota escrita con su letra elegante.

“Gabriel, tuve que salir un momento al hospital para recoger unos resultados. No te esperé porque imaginé que seguirías ocupado. La sopa está caliente. No olvides comer. Con cariño, Elena.”

Gabriel sostuvo aquella nota con manos temblorosas.

Por primera vez en muchos años sintió una vergüenza tan profunda que apenas podía respirar.

Y todavía no sabía que los resultados que Elena acababa de recoger cambiarían para siempre todo lo que él creía conocer sobre su matrimonio.

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