Sentí un nudo en el estómago.
No por celos.
Por la última frase.
“Cuando Andrés se entere de que la casa ya no es suya…”
Me quedé inmóvil detrás de la puerta.
Maya seguía hablando.
—No quiero hacerle daño por Noah.
Hizo una pausa.
—Pero tampoco voy a seguir permitiendo que crea que puede usarme como empleada gratis.
Apreté los dientes.
¿Usarme?
La casa era mía.
La había comprado cinco años después de casarnos.
La hipoteca estaba a mi nombre.
No entendía de qué hablaba.
Quise entrar.
Exigir una explicación.
Pero me contuve.
Por primera vez desde el divorcio decidí escuchar en silencio.
—Sí, Ethan —continuó ella—. El abogado confirmó que el fideicomiso es completamente válido.
Fideicomiso.
Aquella palabra me golpeó como un martillo.
No recordaba haber firmado ninguno.
Entonces volvió a reír.
—No, todavía cree que ganó.
La llamada terminó pocos minutos después.
Me alejé antes de que saliera de la habitación.
Entré a la cocina.
Abrí una cerveza.
Esperé.
Maya apareció unos minutos más tarde.
Llevaba un suéter gris y el cabello suelto.
Parecía más descansada que en años.
—Llegaste tarde —dijo con tranquilidad.
—Había trabajo.
Asintió.
Abrió el refrigerador.
Sacó un vaso de agua.
Ni una sola pregunta.
Ni un reproche.
Aquello me molestó más de lo que estaba dispuesto a admitir.
A la mañana siguiente llamé a mi abogado.
—Quiero revisar nuevamente el acuerdo de divorcio.
—¿Hay algún problema?
—Solo quiero confirmar que la casa sigue siendo mía.
Hubo unos segundos de silencio.
—Legalmente usted figura como propietario registral.
Respiré con alivio.
—Pero…
Volví a tensarme.
—¿Pero qué?
—Durante el matrimonio firmó varios documentos relacionados con una refinanciación.
Fruncí el ceño.
—Solo eran papeles del banco.
—También había un contrato de administración patrimonial.
Mi memoria empezó a reconstruir aquella tarde.
Habíamos estado remodelando la casa.
Yo tenía prisa por salir hacia una reunión.
Maya colocó varios documentos sobre la mesa.
—Firma aquí.
Ni siquiera los leí.
Firmé donde ella señaló.
Exactamente igual que había hecho cientos de veces durante nuestro matrimonio.
—¿Qué decía ese contrato? —pregunté.
Mi abogado respiró hondo.
—Tendría que solicitar una copia completa.
Colgué con una extraña sensación de inquietud.
Aquella noche decidí buscar los documentos originales.
Abrí el despacho.
Los cajones estaban perfectamente ordenados.
Las carpetas de impuestos.
Las escrituras.
Los seguros.
Todo seguía allí.
Excepto una carpeta azul.
La que contenía toda la documentación de la refinanciación.
Bajé rápidamente las escaleras.
—Maya.
Ella levantó la vista del cuaderno donde ayudaba a Noah con matemáticas.
—¿Sí?
—¿Dónde está la carpeta azul del banco?
Su expresión no cambió.
—En el lugar donde debe estar.
—No está.
Ella cerró el cuaderno lentamente.
Miró a Noah.
—Cariño, termina los ejercicios en tu habitación.
Nuestro hijo subió sin hacer preguntas.
Cuando desapareció por la escalera, Maya volvió a mirarme.
No había rabia en sus ojos.
Solo una calma que nunca antes le había visto.
—Andrés.
—¿Recuerdas todo lo que firmabas sin leer porque decías que yo me encargaba de esas cosas?
Sentí que el corazón comenzaba a acelerarse.
Ella abrió un cajón del aparador.

Sacó una copia certificada.
La dejó sobre la mesa.
—Yo también aprendí que nunca hay que firmar un documento sin leerlo.
Empujó lentamente la carpeta hacia mí.
—Empieza por la página treinta y siete.
Porque ahí fue exactamente donde comenzó el día en que dejaste de ser el verdadero dueño de esta casa.