Ethan llamó por quinta vez.
La llamada volvió a terminar en el buzón de voz.
Permaneció inmóvil frente al ventanal de su oficina.
Nunca antes Claire había ignorado una llamada suya.
Nunca.
—Señor Grant…
El director financiero apareció en la puerta.
—Los inversionistas de Riverside ya llegaron.
Ethan respiró hondo.
—Cinco minutos.
Pero los cinco minutos se convirtieron en veinte.
Porque nadie encontraba el expediente principal.
En la sala de juntas, doce inversionistas esperaban alrededor de una mesa de nogal.
El ambiente era incómodo.
Uno de ellos levantó la vista.
—Señor Grant.
Necesitamos revisar el análisis de riesgos que preparó su asistente.
Ethan miró hacia el asiento vacío donde siempre se sentaba Claire.
Silencio.
—¿Dónde está el informe?
Nadie respondió.
El vicepresidente de proyectos tragó saliva.
—Solo Claire conocía la última versión.
Ethan abrió la carpeta.
Vacía.
Buscó en la nube corporativa.
Sin acceso.
Intentó entrar al servidor privado.
Contraseña incorrecta.
Frunció el ceño.
—¿Quién cambió los permisos?
El responsable de sistemas habló con cautela.
—No fueron cambiados.
Simplemente… la señora Parker era la única administradora autorizada.
Por primera vez en años, Ethan sintió un verdadero vacío.
Durante seis años jamás se había preguntado cómo aparecían los documentos sobre su escritorio.
Cómo los clientes recordaban sus reuniones.
Cómo los contratos llegaban revisados.
Cómo cada crisis desaparecía antes de convertirse en un problema.
Siempre había supuesto que todo ocurría solo.
Porque Claire estaba allí.
Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, Victoria Hayes cerró lentamente la carpeta del contrato.
—Entonces…
¿Aceptas?
Tomé el bolígrafo.
Firmé sin dudar.
Victoria sonrió.
—Bienvenida a Hayes Urban Development.
Empujó otra carpeta hacia mí.
—Ahora necesito que veas esto.
La abrí.
En la portada aparecía una sola palabra.
Riverside.
Las siguientes páginas contenían cada plano.
Cada presupuesto.
Cada proyección financiera.
Los conocía de memoria.
Los había elaborado yo.
Pero no para Hayes.
Sino para Grant Real Estate.
Levanté lentamente la vista.
—¿Cómo llegaron aquí?
Victoria cruzó las manos.
—Porque los diseñaste antes de que Grant comprara el proyecto.
Fruncí el ceño.
Ella continuó.
—Los derechos intelectuales nunca pertenecieron a Ethan.
Pertenecen a quien creó el modelo original.
Y esa persona eres tú.
Sentí que el corazón se aceleraba.
Durante seis años trabajé creyendo que todo lo que producía pertenecía automáticamente a la empresa.
Victoria negó lentamente.
—No cuando fue desarrollado antes de la adquisición.
Ni cuando el contrato laboral jamás incluyó una cesión de propiedad intelectual.
Deslizó otro documento.
Era una opinión jurídica firmada por tres despachos distintos.
Todos llegaban a la misma conclusión.
Yo seguía siendo la autora legal del proyecto Riverside.
En ese momento sonó mi teléfono.
Otra vez Ethan.
Lo dejé sonar.
Victoria sonrió.
—Está desesperado.
Asentí.
—Acaba de descubrir que perdió una asistente.
Ella negó con tranquilidad.
—No.
Acaba de descubrir que perdió a la mujer que construyó el proyecto más importante de su carrera.
Al mismo tiempo, Ethan recibió otra llamada.
Era el director jurídico.
Su tono era inusualmente serio.
—Ethan…
Tenemos un problema.
—¿Qué pasó ahora?
Hubo un largo silencio.
—Hayes Urban Development acaba de presentar una reclamación de propiedad intelectual sobre Riverside.
Ethan soltó una risa incrédula.
—Eso es imposible.
—No.
El abogado respiró profundamente.
—La reclamación está firmada por la autora original del proyecto.
Ethan frunció el ceño.
—¿Quién?
El abogado respondió lentamente.
—Claire Parker.

El mundo pareció detenerse durante un instante.
Porque Ethan comprendió demasiado tarde que la mujer a la que siempre llamó simplemente “mi asistente”…
Era, en realidad, la única persona que podía decidir si el proyecto que iba a convertirlo en el nuevo rey del sector inmobiliario nacía…
O moría para siempre.