Julian no apartó la vista de Noah.
El niño seguía abrazado a mi cuello, completamente ajeno al silencio que acababa de caer entre nosotros.
La lluvia golpeaba el toldo de la cafetería con un ritmo constante.
—¿Qué acabas de decir? —pregunté.
Él sostuvo el contrato entre los dedos.
—La cláusula que prohibía enamorarte era la única que necesitaba cuando te conocí.
Respiró lentamente.
—La taché hace más de un año.
Sentí que el corazón me daba un vuelco.
—Eso es imposible.
—Lo hice el día que entendí que ya no esperaba el regreso de Serena.
Negué con la cabeza.
—Mentira.
—Entonces míralo.
Me entregó el contrato.
Era el mismo papel que había firmado tres años atrás.
Mi firma seguía al final.
Pero la cláusula estaba cruzada con tinta negra.
Debajo aparecía una nota escrita de puño y letra.
“Si Eleanor decide quedarse cuando termine este acuerdo, todo contrato quedará sin efecto. Todo lo que tengo será también suyo.”
La fecha estaba allí.
Ocho meses antes de que yo abandonara la mansión.
Mucho antes de descubrir mi embarazo.
Levanté lentamente la mirada.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
Julian dejó escapar una risa amarga.
—Porque cada vez que intentaba hablar contigo, tú levantabas un muro.
Recordé aquellas noches.
Las veces que él regresaba antes de lo habitual.
Cuando canceló viajes de trabajo para cenar conmigo.
Los desayunos que preparaba los domingos.
Los pequeños regalos que nunca entendí.
Yo había pensado que solo intentaba cumplir correctamente un contrato.
Él dio otro paso.
—La noche que encontraste el labial…
Sentí un nudo en el estómago.
—Era de Serena.
—Sí.
Ella apareció sin avisar.
Quería volver.
Quería recuperar exactamente la vida que había dejado atrás.
Yo le dije que era demasiado tarde.
Lo observé sin respirar.
—¿Y el perfume?
—También era suyo.
Entró en mi oficina.
Me abrazó sin permiso cuando le dije que no volveríamos a intentarlo.
La aparté inmediatamente.
Pero tú ya habías visto suficiente.
Las piezas comenzaron a moverse dentro de mi cabeza.
—El mensaje de tu asistente…
Julian cerró los ojos.
—Nunca envié ese mensaje.
Fruncí el ceño.
—¿Qué?
—Despedí a ese asistente dos semanas después.
Confesó que Serena le pagaba para mantenernos separados.
El aire pareció desaparecer.
—No…
—Cada vez que tú creías que yo te evitaba…
Sacó su teléfono.
Abrió una carpeta llena de capturas de pantalla.
Decenas.
Quizá cientos.
Mensajes enviados desde su número.
Ninguno había llegado jamás a mi teléfono.
“¿Puedes cenar conmigo?”
“Compré algo para ti.”
“Quiero hablar de nuestro futuro.”
“No puedo imaginar esta casa sin ti.”
“Creo que ya no sé vivir sin escucharte reír.”
Todos aparecían marcados como entregados.
Yo jamás los había recibido.
Sentí que las piernas dejaban de sostenerme.
—Cambié de número cuando me fui…
Julian negó lentamente.
—No.
Los mensajes eran de antes.
Alguien los bloqueó desde tu teléfono.
Miré mi antiguo móvil, que aún conservaba en un cajón de la cafetería.
De pronto recordé.
Dos semanas antes de marcharme, Serena había insistido en ayudarme a configurar una actualización “porque entendía mejor la tecnología”.
Aquella tarde sostuvo mi teléfono durante casi diez minutos.
Julian también había recordado ese detalle.
Por eso abrió lentamente otro documento.
No era una carta.

Era un informe pericial.
Sobre la primera página podía leerse una sola frase.
“Manipulación remota del dispositivo perteneciente a Eleanor Hayes.”
Y el nombre de la persona que había autorizado aquella intervención hizo que la sangre se me helara.
Serena Hall.