PARTE 2: La Auditoría Comenzó

Alejandro soltó una carcajada.

No era una risa de confianza.

Era la de alguien que necesitaba convencerse de que todavía tenía el control.

—¿Una tormenta? —se burló mientras miraba a su madre—. Escúchala, mamá. Cree que por contratar una abogada va a asustarnos.

Teresa sonrió con desprecio.

—Siempre fue igual. Mucho orgullo y poca utilidad.

Sofía Chávez cerró lentamente la carpeta que llevaba sobre las piernas.

—Señor Serrano, le recomiendo moderar el tono. Todo lo que diga a partir de este momento puede formar parte del expediente de divorcio.

—¿Divorcio? —rió Alejandro—. No tiene dinero para sostener un juicio contra mí.

En ese instante, su teléfono comenzó a vibrar.

Miró la pantalla y frunció el ceño.

Era el gerente de Recursos Humanos de ElectroCumbre.

Rechazó la llamada.

Cinco segundos después volvió a sonar.

Y después otra vez.

—Contesta —dijo Teresa—. Puede ser importante.

Alejandro respondió con evidente molestia.

—¿Qué pasa?

Al principio solo escuchó.

Luego su expresión cambió.

—¿Auditoría?

Silencio.

—¿Hoy?

Su mandíbula empezó a tensarse.

—¿Quién la autorizó?

Escuchó unos segundos más.

—¿La dirección corporativa?

La llamada terminó.

Guardó el teléfono lentamente.

Intentó aparentar tranquilidad, pero las manos le temblaban.

—Solo es una revisión rutinaria.

Mariana sonrió por primera vez desde que había llegado.

—Qué casualidad.

Antes de que Alejandro pudiera responder, el celular volvió a sonar.

Esta vez era el director financiero.

Contestó de inmediato.

—Sí, licenciado.

La voz del otro lado era tan fuerte que incluso Sofía alcanzó a distinguir algunas palabras.

—…nadie puede entrar a su oficina…

—…congele todos los accesos…

—…equipo de auditoría interna…

Alejandro tragó saliva.

—Debe haber un error.

La respuesta fue inmediata.

—No lo hay. La orden viene directamente de la presidencia del corporativo.

La llamada terminó.

Por primera vez desde que entró al hospital, Alejandro dejó de parecer un hombre poderoso.

Teresa lo miró preocupada.

—¿Qué ocurre?

—Nada.

Pero su voz ya no sonaba firme.

Sofía aprovechó el momento.

—Ahora hablemos del patrimonio.

Sacó varias copias certificadas.

—Aquí están las escrituras del departamento.

Alejandro las tomó con seguridad.

Leyó la primera página.

Después la segunda.

Su rostro perdió el color.

—Esto…

Pasó las hojas una por una.

El departamento nunca había estado únicamente a su nombre.

Había sido adquirido mediante un fideicomiso creado antes del matrimonio.

La beneficiaria principal era Valeria.

Él solo figuraba como copropietario condicionado.

—Eso es imposible.

—No —respondió Sofía—. Es completamente legal.

Alejandro buscó otra salida.

—La camioneta sí es mía.

Mariana dejó sobre la cama otra carpeta.

—También revisamos eso.

El vehículo había sido comprado con recursos provenientes de una empresa patrimonial perteneciente a la familia de Valeria.

Legalmente, Alejandro solo tenía autorización de uso.

Nada más.

Teresa empezó a ponerse nerviosa.

—Entonces… ¿qué pertenece realmente a mi hijo?

Nadie respondió.

Porque el teléfono de Alejandro volvió a sonar.

Esta vez era un número privado.

Contestó.

—¿Bueno?

Una voz grave habló sin rodeos.

—Señor Serrano, soy Ricardo Salgado, director general de Corporativo Altavista.

Alejandro se quedó inmóvil.

—Queda usted suspendido temporalmente de todas sus funciones mientras concluye una investigación interna por posibles irregularidades administrativas y conflicto de interés.

Sintió que el piso desaparecía bajo sus pies.

—¿Quién ordenó eso?

Hubo un breve silencio.

Después llegó una respuesta que le heló la sangre.

—La presidenta del corporativo.

Alejandro levantó lentamente la mirada hacia mí.

Ya no había soberbia.

Solo desconcierto.

—¿Quién eres realmente?

Lo observé desde la cama del hospital, con la pierna inmovilizada y el expediente médico sobre las piernas.

Después sonreí por primera vez desde el accidente.

—La única persona cuya firma decidirá si vuelves a sentarte en esa oficina… o sales de ella para siempre.

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