PARTE 2: El Escritorio Vacío

Ethan permaneció inmóvil.

Miró el escritorio una segunda vez.

La taza blanca donde Claire siempre dejaba su café de las siete ya no estaba.

La pequeña planta tampoco.

Solo quedaba el rectángulo más claro sobre la madera donde había permanecido durante seis años.

—¿Qué significa que dejó la empresa? —preguntó con el ceño fruncido.

El director de Recursos Humanos tragó saliva.

—Presentó su renuncia el mismo día que… terminó los trámites del divorcio.

Ethan sintió un extraño vacío.

—¿Por qué nadie me informó?

Nadie respondió.

Porque todos conocían la respuesta.

Él ya no era presidente cuando Claire renunció.

Y técnicamente ya no era su esposo.

No existía ninguna obligación de avisarle.

Entró en su oficina.

Dejó el maletín sobre el escritorio.

Instintivamente presionó el botón del intercomunicador.

—Claire, entra un momento.

Silencio.

Repitió la orden.

Entonces recordó.

Ya no había nadie al otro lado.

Por primera vez en años tuvo que buscar él mismo un documento.

Abrió un cajón.

No encontró lo que necesitaba.

Llamó a su secretaria temporal.

—¿Dónde están los contratos del proyecto Skyline?

La mujer dudó.

—No lo sé, señor.

—Pregúntele a Claire.

El silencio volvió a caer.

La secretaria bajó lentamente la cabeza.

—La señora Parker ya no trabaja aquí.

Ethan apretó la mandíbula.

Toda la tarde fue igual.

No encontraba archivos.

No conocía las claves de acceso.

No sabía qué reuniones habían cambiado de horario.

Ni siquiera recordaba el nombre del proveedor principal de Singapur.

A las cinco de la tarde, una llamada lo obligó a salir de la sala de juntas.

Era su madre.

—Ethan, ¿a qué hora pasarán por mí el sábado?

Él respondió automáticamente.

—Claire organizará…

Se detuvo.

Su madre también guardó silencio.

—¿Qué ocurre?

Ethan respiró hondo.

—Nos divorciamos.

Al otro lado de la línea solo se escuchó un largo silencio.

—¿Y quién preparará la cena familiar?

Aquella pregunta le resultó absurda.

Pero también reveladora.

Incluso su propia madre había dado por hecho que Claire siempre estaría allí resolviendo todo.

Colgó sin responder.

Esa noche decidió revisar el expediente laboral de Claire.

Esperaba encontrar un historial normal.

Encontró algo completamente distinto.

Seis años.

Cero días de incapacidad.

Cero retrasos.

Más de cuatro mil horas extra.

Ciento doce proyectos coordinados.

Ochenta y siete negociaciones internacionales.

Treinta y cuatro crisis resueltas fuera del horario laboral.

Y una nota escrita por el antiguo presidente de la empresa.

“Si algún día Claire Parker deja esta oficina, perderemos mucho más que una asistente.”

Ethan permaneció mirando aquella frase durante varios minutos.

Nunca la había leído.

Nunca se había molestado en revisar su expediente.

Porque siempre creyó que Claire simplemente… estaba allí.

Como el escritorio.

Como la luz.

Como el café.

Como el aire.

A las nueve de la noche llegó a casa.

La puerta estaba cerrada.

Abrió con su llave.

El apartamento estaba impecable.

Demasiado impecable.

No había flores frescas.

No había comida caliente.

No había ropa perfectamente doblada sobre la cama.

Abrió el refrigerador.

Vacío.

Entró al dormitorio.

El lado izquierdo del armario estaba completamente desocupado.

Solo entonces reparó en un pequeño sobre apoyado sobre la cómoda.

Reconoció inmediatamente la letra de Claire.

Lo abrió.

Dentro solo había una hoja.

“Durante seis años pensé que eras el centro de mi vida. El día que firmamos el divorcio descubrí que, para ti, yo solo era una costumbre. Ahora tendrás que aprender a vivir sin ella.”

Ethan volvió a leer aquellas líneas.

Después levantó lentamente la vista hacia el apartamento silencioso.

Por primera vez desde que conoció a Claire Parker…

Comprendió que el lugar donde siempre la había dado por sentada…

Ya no volvería a esperarlo.

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