PARTE 2: La Última Captura

Me quedé inmóvil frente a la puerta.

El teléfono seguía vibrando en mi mano.

“Y a hablar de por qué nunca dejé de extrañarte.”

Durante un instante pensé que era una broma.

Ethan jamás decía cosas así.

Era el mismo hombre que, seis meses atrás, había terminado nuestra relación con una frase insoportablemente corta.

“No puedo darte la vida que mereces.”

Nada más.

Sin discutir.

Sin lágrimas.

Sin intentar detenerme cuando recogí mis cosas.

Apreté el teléfono con fuerza.

—Cinco minutos —grité desde el otro lado de la puerta.

—Esperaré.

Por supuesto que esperaría.

Era capaz de permanecer ocho horas seguidas en un quirófano.

Cinco minutos no significaban nada para él.


Cuando abrí nuevamente, Ethan seguía exactamente donde lo había dejado.

Ni siquiera parecía incómodo.

Me entregó la bolsa de farmacia.

—Crema con hidrocortisona. Dos veces al día durante cinco días.

La tomé sin mirarlo.

—Gracias.

Él sacó lentamente su teléfono.

Lo desbloqueó delante de mí.

Entró en nuestra conversación.

Abrió la fotografía.

Mi cara volvió a ponerse completamente roja.

—No hacía falta…

—Sí hacía falta.

Pulsó la papelera.

Después abrió la carpeta de eliminados.

La borró otra vez.

Y finalmente me mostró la pantalla vacía.

—Ya no existe.

Respiré aliviada por primera vez desde la noche anterior.

—Bien.

Pensé que se marcharía.

Pero siguió allí.

Con las manos dentro de los bolsillos del abrigo.

Observándome en silencio.

—¿Eso era todo?

Él negó despacio.

—No.

—Entonces habla.

Suspiró profundamente.

—Nunca dejé de extrañarte.

Me reí.

No porque tuviera gracia.

Sino porque era la única manera de no llorar.

—¿Seis meses después decides decírmelo?

—Sí.

—Qué conveniente.

Ethan bajó la mirada.

Era la primera vez que lo veía realmente incómodo.

—Sé que llego tarde.

—Muy tarde.

Nos quedamos varios segundos sin hablar.

Finalmente fui yo quien rompió el silencio.

—¿Sabes qué fue lo peor de nuestra relación?

Él levantó la vista.

—No fueron las guardias.

Ni las cirugías.

Ni los fines de semana que pasabas en el hospital.

Su expresión cambió lentamente.

—Fue que nunca me dejaste ayudarte.

Aquellas palabras parecieron golpearlo más que cualquier reproche.

—Siempre decidías por los dos.

Cuando cancelabas una cita.

Cuando desaparecías cuarenta horas seguidas.

Cuando terminaste conmigo.

Nunca preguntabas qué quería yo.

Solo asumías que era lo mejor.

Ethan permanecía completamente quieto.

—¿Sabes cuántas veces te dije que podía esperar?

No respondió.

—¿Cuántas veces te dije que entendía tu trabajo?

Mis ojos empezaron a humedecerse.

—Pero tú decidiste terminar porque pensabas que así me hacías un favor.

Él cerró lentamente los ojos.

—Lo sé.

—No.

Negué con la cabeza.

—No lo sabes.

Porque nunca me preguntaste.

El silencio volvió a instalarse entre nosotros.

Después de casi un minuto, Ethan habló con una voz mucho más baja.

—El día que terminamos…

Sacó algo del bolsillo interior del abrigo.

Era una pequeña caja azul.

La reconocí inmediatamente.

La misma joyería frente a la que nos habíamos detenido meses antes.

Mi respiración se cortó.

—¿Qué es eso?

Él abrió lentamente la caja.

Dentro había un anillo sencillo de oro blanco.

—Pensaba proponerte matrimonio ese fin de semana.

Sentí que las piernas dejaban de sostenerme.

—¿Qué…?

—Lo compré tres días antes de terminar contigo.

No podía apartar los ojos del anillo.

—Entonces… ¿por qué?

Ethan tragó saliva.

Aquello, en él, equivalía a perder completamente el control.

—Porque esa misma semana me diagnosticaron un tumor cerebral.

El mundo pareció detenerse.

Me quedé mirándolo sin comprender.

Él sacó lentamente otro sobre de la bolsa.

Era un informe médico.

Con su nombre.

Y una fecha.

Exactamente seis meses atrás.

—Pensé que iba a morir.

Mi corazón empezó a latir con fuerza.

—Por eso te alejé.

No quería que pasaras por eso conmigo.

Volví a mirar el informe.

Después el anillo.

Luego su rostro.

Todo el enojo que había acumulado durante seis meses comenzó a mezclarse con una confusión insoportable.

Pero antes de que pudiera decir una sola palabra, Ethan añadió una última frase.

Y esa fue la que terminó de romper el suelo bajo mis pies.

—Lo operaron hace cuatro meses.

La cirugía salió bien.

Pero el informe que te acabo de enseñar… no era el mío.

Era de mi hermano gemelo.

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