PARTE 2: Catorce Días

A la mañana siguiente, Ethan actuó como si nuestra conversación nunca hubiera ocurrido.

Salió del dormitorio ajustándose el reloj.

Encontró la mesa vacía.

Por primera vez en cuatro años, no había desayuno.

Abrió el refrigerador.

Solo encontró leche, frutas y algunos huevos.

—¿No cocinaste otra vez?

Seguí respondiendo correos desde el comedor.

—No.

Esperó unos segundos.

Como si creyera que terminaría levantándome.

No lo hice.

Resopló, tomó las llaves y salió de la casa.

Cinco minutos después recibí un mensaje.

“No olvides recoger el traje hoy.”

Lo leí.

Lo eliminé.

Y seguí trabajando.


Ese mismo día, Recursos Humanos me envió el itinerario definitivo.

Vuelo internacional.

Día 15.

08:35 de la mañana.

Llegada a la filial tres mil millas al oeste.

También adjuntaban un contrato con un salario casi el doble del actual, vivienda incluida y un ascenso automático al finalizar el primer año.

Firmé digitalmente sin dudar.

Después abrí el calendario.

El día 15 seguía marcado con aquel círculo rojo que había dibujado meses atrás.

“Boda.”

Lo borré.

En su lugar escribí una sola palabra.

“Salida.”


Aquella noche Ethan llegó tarde.

Traía una caja elegante entre las manos.

La dejó sobre la mesa sin mirarme.

—Es para Serena.

Levanté apenas la vista.

—¿Su cumpleaños?

—No.

—Entonces…

—Ha conseguido su primer apartamento. Es un detalle.

Abrí la caja.

Era una vajilla de porcelana italiana.

Costaba más que el salario mensual de muchas personas.

Sonreí.

—Bonito regalo.

Él asintió con naturalidad.

—Tiene buen gusto.

Recordé mi último cumpleaños.

Él me había enviado un mensaje a las ocho de la noche.

“Feliz cumpleaños.”

Nada más.

Ni pastel.

Ni flores.

Ni siquiera había regresado temprano a casa.


Tres días después llegó el primer vestido de novia.

No era mío.

Lo descubrí por accidente cuando Ethan recibió una llamada.

—Sí, envíenlo al estudio de Serena.

Mi mano dejó de moverse sobre el teclado.

Él continuó hablando.

—Si necesita algún ajuste, yo cubriré el costo.

Cuando colgó, pregunté con tranquilidad.

—¿Vas a pagar su vestido?

Ni siquiera pareció incómodo.

—Solo la estoy ayudando.

—Entiendo.

Volví a trabajar.

Pero aquella misma noche abrí el armario.

Saqué mi vestido de novia.

Seguía dentro de la funda transparente.

Nunca lo había usado.

Lo observé unos segundos.

Después llamé a una fundación que ayudaba a mujeres sin recursos.

—Quisiera donar un vestido de novia completamente nuevo.

La voluntaria guardó silencio.

—¿Está segura?

Miré la tela blanca por última vez.

—Completamente.


Faltaban diez días para el vuelo.

Y diez días para la boda que Ethan seguía sin mencionar.

Ni una sola vez preguntó por los documentos.

Ni por el registro civil.

Ni por los anillos.

Era como si aquel matrimonio existiera únicamente dentro de mi agenda.

No dentro de la suya.


El octavo día ocurrió algo inesperado.

Mientras preparaba una videoconferencia con la filial extranjera, recibí una llamada de un número desconocido.

—¿Hablo con la señorita Lin?

—Sí.

—Soy Serena Shaw.

Guardé silencio.

Ella respiró hondo antes de continuar.

—Necesito hablar con usted.

Fruncí ligeramente el ceño.

—¿Sobre qué?

Al otro lado hubo unos segundos de silencio.

Cuando volvió a hablar, su voz sonaba completamente distinta a la que yo había imaginado durante años.

—Sobre Ethan.

Y sobre algo que él lleva ocultándole mucho tiempo.

Sentí que el corazón daba un vuelco.

Porque aquella llamada no sonaba a una rival presumiendo una victoria.

Sonaba a alguien que acababa de descubrir una mentira.

Una mentira que nos involucraba a las dos.

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