PARTE 2: LA NOVIA DEL TEJADO

El anciano avanzó por el patio sin apartar los ojos de mi suegra.

Su bastón golpeaba las piedras con un ritmo seco.

Detrás de él, el notario sostenía una carpeta de cuero oscuro cerrada con un sello de cera agrietado.

—Don Ernesto… —murmuró mi suegra.

Fue la primera vez que la vi realmente asustada.

Mi prometido frunció el ceño.

—¿Quién es este hombre?

El anciano lo observó con una mezcla de tristeza y desprecio.

—Alguien que conoce la verdadera historia de esta familia.

Los invitados comenzaron a acercarse.

Las mujeres mayores que antes exigían que subiera al tejado dejaron de murmurar.

Una de ellas incluso bajó la cabeza.

Yo seguía junto a la escalera, con el anillo todavía en el dedo y el corazón golpeándome el pecho.

Don Ernesto señaló el tejado.

—Esa tradición nunca fue creada para alejar malas energías.

Mi suegra reaccionó de inmediato.

—¡No le escuchéis! Está enfermo. Lleva años intentando destruirnos.

El notario abrió la carpeta.

Dentro había fotografías antiguas, escrituras amarillentas y una declaración firmada décadas atrás.

Don Ernesto tomó una de las imágenes y la levantó.

Mostraba a una joven novia de pie en aquel mismo patio.

Estaba descalza.

Tenía los pies cubiertos con vendas.

Y, detrás de ella, aparecía una mujer idéntica a mi suegra.

—Esa mujer era mi hermana, Elisa —dijo el anciano—. La obligaron a caminar por el tejado el día de su boda.

Sentí que se me helaba la piel.

—¿Qué le ocurrió? —pregunté.

Don Ernesto tardó varios segundos en responder.

—Cayó.

Un murmullo horrorizado atravesó el patio.

Mi prometido miró a su madre.

—Tú dijiste que se había marchado con otro hombre.

—Eso fue lo que ocurrió —contestó ella demasiado rápido.

Don Ernesto negó lentamente.

—Elisa sobrevivió a la caída. Permaneció hospitalizada durante meses. Mientras no podía defenderse, falsificaron su firma y le arrebataron la propiedad de esta casa, las tierras y el negocio familiar.

El notario sacó una escritura.

—Este documento demuestra que la casa nunca perteneció a la madre del novio.

Todos miraron a mi suegra.

Su rostro había perdido todo el color.

—Eso es mentira.

—No —respondió el notario—. La falsificación fue confirmada hace una semana.

Mi prometido dio un paso hacia la carpeta.

—Entonces… ¿quién es el verdadero propietario?

Don Ernesto volvió los ojos hacia mí.

Aquello no tenía sentido.

Yo no conocía a ese hombre.

Nunca había visto aquella casa antes de comprometerme.

Pero él pronunció mi nombre completo.

Después extrajo una fotografía pequeña y la colocó en mis manos.

En ella aparecía mi abuela cuando era joven.

Abrazaba a la novia herida de la primera fotografía.

—Tu abuela ayudó a Elisa a escapar del hospital —explicó—. Y Elisa, antes de morir, dejó todos sus derechos a la única descendiente de la mujer que la protegió.

El patio entero quedó en silencio.

Miré la escritura.

Luego miré la casa.

—¿Está diciendo que esta propiedad…?

El notario asintió.

—Legalmente, desde esta mañana, pertenece a usted.

Mi suegra lanzó un grito.

Se abalanzó hacia la carpeta, pero los empleados del notario la detuvieron.

Mi prometido corrió hacia mí.

Su frialdad desapareció de inmediato.

—Amor, escucha. Todo esto puede arreglarse.

Me tomó de la muñeca.

Aparté la mano.

—Hace cinco minutos me dijiste que me casara sola.

—Estaba nervioso. Mi madre me presionó.

—Y tú decidiste sacrificarme para complacerla.

Me quité lentamente el anillo.

Él abrió la boca, pero no encontró ninguna respuesta.

Entonces Don Ernesto señaló las tejas.

—Todavía falta contar la parte más grave.

Todos lo miramos.

El anciano se acercó al borde de la escalera y levantó una de las tejas sueltas.

Debajo había una pequeña caja metálica.

Mi suegra empezó a forcejear con desesperación.

—¡No la abran!

El notario sacó la caja y rompió el candado.

En su interior encontraron varias joyas antiguas, documentos de identidad y fotografías de otras novias de la familia.

Cada imagen tenía una fecha escrita detrás.

Algunas se remontaban a más de cuarenta años.

—¿Quiénes son ellas? —pregunté.

Don Ernesto sostuvo la última fotografía.

En ella aparecía la madre de mi prometido, mucho más joven, junto a una mujer que se parecía demasiado a mí.

—Son las mujeres que se negaron a caminar sobre el tejado.

Mi prometido retrocedió.

—¿Qué les hicieron?

Antes de que el anciano pudiera responder, se escucharon sirenas acercándose por el camino.

Mi suegra dejó de luchar.

Me miró con un odio aterrador.

—No tienes idea de lo que acabas de despertar.

Don Ernesto cerró la carpeta y dijo en voz baja:

—Ella sí lo sabe.

Después señaló la fotografía que todavía sostenía entre mis manos.

En la parte trasera había una frase escrita por mi abuela:

“Si mi nieta llega a esta casa, significa que por fin descubrieron quién provocó la caída de Elisa”.

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