PARTE 2: La Llamada Imposible

La respiración de Elena se cortó.

En la pantalla todavía brillaban dos palabras.

Isabel Vargas.

Matthew deslizó el dedo con absoluta tranquilidad y apagó el teléfono.

No explicó nada.

No pareció sorprendido de que Elena hubiera visto el nombre.

La SUV ya estaba apenas a unos metros detrás de ellos.

Sus luces llenaban el interior del vehículo con destellos blancos.

—Más rápido —ordenó Matthew.

El conductor no respondió.

Pisó el acelerador.

El motor rugió mientras el sedán negro abandonaba la carretera principal y entraba en un camino secundario cubierto de árboles.

Las ramas golpeaban la carrocería.

El agua salpicaba ambos lados del camino.

Elena apenas podía respirar.

Miraba a Matthew como si acabara de descubrir que había saltado de una prisión para caer en otra.

—¿La conoce?

Él permaneció en silencio.

—¡Respóndame!

Matthew giró lentamente la cabeza.

Sus ojos eran imposibles de leer.

—Sí.

Aquella única palabra hizo que el corazón de Elena se hundiera.

Intentó abrir la puerta.

Estaba bloqueada.

Matthew la observó sin mover un músculo.

—Si quieres saltar del auto a cien kilómetros por hora, puedo desbloquearla.

Ella dejó de forcejear.

—¿Va a devolverme?

—No.

—Entonces ¿por qué la llamó?

—Ella me llamó a mí.

No era lo mismo.

Pero tampoco mejoraba nada.

Elena sintió que las lágrimas regresaban.

—¿También trabaja para ella?

Matthew negó con calma.

—No.

—¿Son amigos?

—No.

—¿Entonces qué son?

Antes de responder, el vehículo dio un giro brusco.

La SUV también entró en el camino.

Seguía detrás de ellos.

Cada vez más cerca.

El conductor habló por primera vez.

—Señor Carranza, son tres vehículos.

No uno.

Tres.

Matthew miró por el espejo lateral.

Efectivamente.

Otras dos camionetas acababan de incorporarse desde una carretera secundaria.

No estaban improvisando.

Los estaban cercando.

Matthew tomó su teléfono y marcó un número.

Solo dijo cuatro palabras.

—Activen el protocolo negro.

Colgó.

Elena no entendía nada.

Cinco segundos después, otro automóvil negro apareció delante de ellos.

Luego otro más.

Y otro.

En menos de un minuto, cuatro sedanes idénticos rodeaban el vehículo donde viajaban.

Como si hubieran salido de la oscuridad.

La SUV redujo la velocidad.

Los perseguidores parecían confundidos.

Elena abrió mucho los ojos.

—¿Quién es usted?

Matthew apoyó un brazo sobre el respaldo.

—Eso ahora mismo no importa.

—¡Claro que importa!

Él la observó durante unos segundos.

—Lo único importante es que esta noche nadie volverá a ponerte una mano encima.

Su voz era baja.

Serena.

Segura.

Tan segura que, por primera vez desde que había escapado de la mansión, Elena sintió que podía respirar.

Pero la tranquilidad duró muy poco.

El teléfono de Matthew volvió a sonar.

Esta vez activó el altavoz.

La voz de Isabel llenó el vehículo.

—Matthew.

Gracias por encontrar a mi hija.

Elena sintió que el cuerpo entero se le helaba.

¿Mi hija?

Matthew no respondió.

Isabel continuó hablando con una serenidad escalofriante.

—Ha tenido una crisis emocional.

No sabe lo que hace.

Devuélvemela y olvidaré este malentendido.

Matthew cruzó lentamente las piernas.

—Curiosa forma de llamar “crisis emocional” a intentar vender a una joven de veintidós años.

Durante dos segundos no se escuchó nada.

Luego Isabel soltó una pequeña risa.

—Ya veo que ella habló mucho.

—Lo suficiente.

—Entonces también debería saber quién soy para usted.

Matthew miró a Elena.

Ella tenía la piel completamente blanca.

Isabel habló despacio.

Disfrutando cada palabra.

—Elena, cariño… ¿de verdad creíste que escaparías con un desconocido?

Hizo una breve pausa.

—Matthew Carranza es el principal inversionista de Vargas Holdings.

El mundo de Elena pareció detenerse.

Su respiración desapareció.

Sus manos comenzaron a temblar otra vez.

Todo había sido un error.

Había huido directamente hacia el hombre que financiaba el imperio de su madrastra.

Entonces Matthew sonrió por primera vez en toda la noche.

Y pronunció una frase que dejó a Isabel completamente en silencio.

—Corrige eso.

Se acomodó la corbata sin perder la calma.

Era el principal inversionista.

Hace exactamente nueve minutos… vendí todas mis acciones.

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