—¿Y en toda la ciudad solo estabas tú?
Mi voz salió tranquila.
Demasiado tranquila.
Ethan dejó las llaves sobre la consola de la entrada y respiró hondo antes de contestar.
—Serena, no conviertas esto en algo que no es.
Me levanté despacio del sofá.
Llevaba casi tres horas esperándolo.
El té sobre la mesa estaba completamente frío.
—Entonces explícamelo.
Él aflojó el nudo de la corbata.
—Lena llamó porque se cayó al salir de una reunión. Su asistente estaba en Shanghái. Su familia vive en otra ciudad. Yo era el contacto de emergencia de varios directivos.
Sentí un pinchazo en el pecho.
—¿También eres el contacto de emergencia de ella?
Ethan dudó apenas un segundo.
Solo un segundo.
Pero lo vi.
—Sí.
No gritó.
No intentó mentir.
Y precisamente esa sinceridad fue lo que más dolió.
—Entiendo.
Me di la vuelta para subir las escaleras.
Él me sujetó suavemente por la muñeca.
—Serena.
—¿Qué?
—No me mires así.
Solté una risa baja.
—¿Así cómo?
Ethan bajó la vista.
—Como si ya hubieras decidido que soy culpable.
Lo observé durante varios segundos.
Era curioso.
El hombre que jamás cambiaba de expresión ahora parecía incómodo.
Casi nervioso.
Pero en lugar de sentir satisfacción, solo me sentía agotada.
Aquella noche dormimos en la misma cama.
Sin tocarnos.
Él permaneció despierto mucho tiempo.
Podía sentir cómo giraba la cabeza hacia mí varias veces.
Como si quisiera decir algo.
Nunca habló.
A la mañana siguiente salí temprano hacia la empresa.
Desde el ascensor vi a Lena.
Era mucho más bonita de cerca que en las fotografías.
Cabello largo color castaño.
Vestido blanco.
Tacones bajos debido al esguince.
Y una sonrisa tranquila.
Cuando me reconoció, caminó directamente hacia mí.
—Señora Wells.
Asentí con educación.
—Señorita Hart.
Ella sonrió.
—Gracias por prestarme a Ethan anoche.
La frase cayó como una piedra.
Quizá no tenía mala intención.
Quizá solo estaba agradecida.
Pero escuchar “prestarme a Ethan” hizo que el café me supiera amargo.
—No tienes que agradecerme nada.
Ella bajó la mirada.
—Siempre ha sido así.
Cuando alguien necesita ayuda, él aparece.
No pude evitar preguntar:
—¿Siempre?
Levantó los ojos.
Entonces sonrió con una nostalgia que no me gustó en absoluto.
—Desde que éramos adolescentes.
Las puertas del ascensor se abrieron.
Entré sin responder.
Durante toda la reunión de la mañana no conseguí concentrarme.
Cada vez que cerraba los ojos recordaba aquella frase.
“Desde que éramos adolescentes.”
Ellos compartían una historia.
Recuerdos.
Promesas.
Un pasado que yo nunca podría reemplazar.
Yo solo era la esposa que había llegado después.
Aquella tarde pasé frente al despacho de Ethan.
La puerta estaba entreabierta.
No pretendía escuchar.
Pero reconocí la voz de Lena.
—No deberías haber venido personalmente.
Ethan respondió con calma.
—Necesitaba revisar el contrato.
—Mentiroso.
Ella soltó una pequeña risa.
—Siempre encuentras una excusa para ayudarme.
Me quedé inmóvil.
Después escuché a Ethan suspirar.
—Lena…
—Está bien. Ya entendí.
Hubo unos segundos de silencio.
Luego ella habló mucho más bajo.
—No te preocupes. No volveré a molestarte.
No escuché nada más.
Me alejé antes de que pudieran verme.
Sin embargo, aquellas palabras comenzaron a repetirse dentro de mi cabeza.
“No volveré a molestarte.”
¿Molestarlo?
¿Qué significaban exactamente?
Esa noche Ethan llegó temprano.
Traía mi postre favorito.
Un pequeño pastel de limón de la cafetería donde habíamos ido durante la luna de miel.
Lo dejó frente a mí con una sonrisa.
—Hoy salí antes.
Podemos cenar juntos.
Observé el pastel.
Normalmente me habría hecho ilusión.
Aquella vez solo pensé que estaba intentando compensar algo.
—No tengo hambre.
Su sonrisa desapareció.
—Serena…
—¿Qué?
—¿Podemos hablar?
Lo miré directamente.
—Claro.
—¿Confías en mí?
No respondí enseguida.
Porque hasta ese momento jamás me había hecho esa pregunta.
Y descubrí que no conocía la respuesta.
Ethan bajó lentamente la cabeza.
Creo que entendió mi silencio mejor que cualquier palabra.
Durante los días siguientes empecé a trabajar hasta más tarde.
Aceptaba reuniones innecesarias.
Almorzaba fuera.
Regresaba cuando él ya estaba dormido.
Era exactamente lo mismo que había hecho durante los primeros años del matrimonio.
Solo que ahora el motivo era distinto.
Antes escapaba de su deseo.
Ahora escapaba de mis propios sentimientos.
Una tarde Maya apareció en mi oficina sin avisar.
Me observó apenas unos segundos.
—Tienes una cara horrible.
—Gracias.
—¿Sigues pensando en divorciarte?
Me quedé callada.
Ella frunció el ceño.
—Eso significa que ya no estás segura.
Suspiré.
—No lo sé.
Maya apoyó los brazos sobre mi escritorio.
—Serena.
—¿Qué?
—El problema nunca fue el sexo.
La miré sorprendida.
Ella sonrió con tristeza.
—El problema es que te enamoraste.
No tuve tiempo de negarlo.
Porque en ese mismo instante mi teléfono vibró.
Era un mensaje de un número desconocido.
Solo contenía una fotografía.
La imagen mostraba la caja fuerte del despacho de Ethan completamente abierta.

Y, sobre la mesa, ya no estaba la vieja cinta para el cabello de Lena.
En su lugar había una carpeta marrón.
Encima de ella descansaban unos documentos.
El primero tenía un título enorme.
“Acuerdo de Divorcio”.