La mano de Sophie quedó suspendida en el aire.
Durante unos segundos nadie dijo una sola palabra.
El chófer, que llevaba más de quince años trabajando para la familia Harrison, mantuvo la vista fija al frente como si no hubiera escuchado nada.
Nathan rompió el silencio.
—Victoria, basta.
Lo miré sin la menor expresión.
—Ese asiento es de la señora Harrison.
—Y la señora Harrison soy yo.
Sophie sonrió con torpeza.
—No pasa nada. Yo puedo ir detrás.
Negué lentamente.
—No.
Ella parpadeó.
—No irás detrás.
—No irás delante.
—Hoy no subirás a este coche.
Nathan abrió la puerta del conductor de un golpe.
—¿Estás hablando en serio?
—Completamente.
Saqué mi teléfono.
—George.
El chófer respondió de inmediato.
—Sí, señora Caldwell.
—Arranque.
Nathan dio un paso hacia el vehículo.
—¡Victoria!
George no se movió.
Sabía perfectamente que, cuando el matrimonio estaba presente, el único miembro de la familia con autoridad sobre aquel Maybach era quien figuraba como propietaria.
Y ese nombre seguía siendo el mío.
Nathan golpeó suavemente el techo del coche.
—George, no puedes marcharte.
El chófer respiró hondo.
—Lo siento, señor Harrison.
—Las órdenes de la señora tienen prioridad.
Nathan se quedó inmóvil.
Era la primera vez que alguien delante de Sophie dejaba claro quién tenía realmente el control.
Ella comenzó a ponerse nerviosa.
—Señor Harrison…
—Yo puedo pedir un taxi.
Nathan ni siquiera la escuchó.
Miraba únicamente el coche.
Porque acababa de comprender algo.
Durante tres años había utilizado los vehículos, las residencias, los clubes privados y hasta el avión ejecutivo como si fueran parte natural de su vida.
Pero casi todos pertenecían al Grupo Caldwell.
No al Grupo Harrison.
Yo bajé apenas unos centímetros la ventanilla.
—Nathan.
Él levantó la vista.
—Sube.
Durante un instante pareció aliviado.
Hasta que añadí:
—Solo tú.
Su expresión cambió por completo.
—¿Y Sophie?
—No es familia.
—No está invitada.
Sophie dio un paso atrás.
Intentó sonreír.
—No quiero causar problemas.
La observé unos segundos.
—Llegas una semana tarde para eso.
Nathan respiró profundamente.
—Victoria, mi madre espera a los tres.
Solté una pequeña risa.
—Curioso.
—Hace una semana también esperaba encontrar a una secretaria usando mi bata.
—Y tampoco la habían invitado.
Su mandíbula se tensó.
Finalmente abrió la puerta y subió al coche.
La puerta se cerró.
Sophie quedó inmóvil sobre la acera.
Mientras George arrancaba, vi por el espejo cómo ella sacaba inmediatamente el teléfono.
Estaba llamando a alguien.
No necesité adivinar a quién.
Durante el trayecto ninguno de los dos habló.
Solo cuando faltaban pocos minutos para llegar a la mansión Harrison, Nathan rompió el silencio.
—No pasó nada entre Sophie y yo.
Miraba por la ventana.
—¿De verdad?
—Sí.
—Entonces explícame una cosa.
Giró lentamente la cabeza.
—¿Cuál?
—¿Cómo conocía el armario de nuestro dormitorio?
No respondió.
Continué.
—Mi bata estaba en el tercer cajón del vestidor.
—Las toallas limpias estaban en el baño privado.
—Las zapatillas estaban debajo de mi lado de la cama.
—Para ducharse necesitó entrar en nuestra habitación.
—¿También fue un accidente?
Nathan abrió la boca.
No salió ninguna palabra.
Porque ambos conocíamos la respuesta.
El coche atravesó los portones de hierro de la mansión Harrison.
Algo no encajaba.
Había demasiados vehículos estacionados.
No solo estaban los coches de la familia.
También había limusinas negras con matrículas diplomáticas.
Y varios automóviles pertenecientes al Grupo Caldwell.
Fruncí el ceño.
—¿Qué ocurre?
Nathan también parecía sorprendido.
Cuando el Maybach se detuvo frente a la entrada principal, el mayordomo abrió la puerta con evidente nerviosismo.
—Señor…
—Señora…
—Todos los directores ya están reunidos.
Nathan lo miró desconcertado.
—¿Qué directores?
El mayordomo tragó saliva.
—Los presidentes de ambos grupos empresariales.
Sentí un mal presentimiento.
—¿Por qué?

El anciano bajó la voz.
—Porque hace veinte minutos… el presidente Richard Caldwell anunció que esta misma noche decidirá si cancela definitivamente la alianza entre las familias Caldwell y Harrison.
Y añadió algo que hizo desaparecer el color del rostro de Nathan.
—Ha dicho que la decisión dependerá únicamente de lo que descubra sobre una mujer llamada… Sophie Lane.