Nadie respiró.
El silencio cayó sobre Villa Moretti con un peso insoportable.
Alessandro seguía arrodillado frente a Emma, sosteniendo con dos dedos la pequeña oreja del conejo azul.
El símbolo negro apenas medía un centímetro.
Era un círculo atravesado por una daga.
Un diseño tan discreto que cualquiera lo habría confundido con un simple remiendo.
Pero no para él.
Sus ojos perdieron toda calidez.
—Cierren la villa.
La orden salió en un tono bajo.
Sin necesidad de gritar.
Treinta hombres armados reaccionaron al mismo tiempo.
Las puertas principales se cerraron.
Las ventanas blindadas descendieron lentamente.
Los invitados comenzaron a intercambiar miradas nerviosas.
Don Ricci fue el primero en hablar.
—Alessandro… ¿qué significa esa marca?
Él no respondió.
Seguía observando el conejo.
Como si acabara de encontrar un fantasma.
Me acerqué inmediatamente a Emma.
—Perdone, señor Moretti. Es solo un juguete.
Él levantó la vista hacia mí.
—¿Desde cuándo lo tiene?
—Hace casi dos años.
—¿Quién se lo regaló?
Negué con la cabeza.
—No lo sé.
—Lo encontramos frente a la puerta de nuestro apartamento.
Varias personas fruncieron el ceño.
Continué.
—Pensé que algún vecino lo había dejado por error.
—Emma lloraba mucho desde que murió su padre.
—Cuando vio el conejo, no quiso separarse de él.
Alessandro permaneció inmóvil.
Después preguntó otra cosa.
—¿Su esposo cómo murió?
Sentí un nudo en la garganta.
—Era policía.
La sala entera quedó en silencio.
No cualquier policía.
En Milán, un policía muerto siempre dejaba preguntas.
—Lo asesinaron durante una investigación hace dos años.
Alessandro bajó lentamente la mirada.
Su expresión se endureció aún más.
Don Ricci dio un paso adelante.
—¿Qué ocurre?
Alessandro sostuvo el conejo delante de todos.
—Esta marca nunca debió volver a existir.
Las doce familias comenzaron a murmurar.
Uno de los jefes más jóvenes palideció.
Otro dejó caer su copa.
Vivian observaba la escena completamente confundida.
—¿Estamos hablando en serio por un peluche?
Nadie respondió.
Alessandro caminó lentamente hacia la enorme mesa de nogal.
Apoyó el conejo sobre ella.
Después llamó:
—Marco.
Su jefe de seguridad apareció inmediatamente.
—Señor.
—Trae el archivo Ravenna.
Marco no hizo preguntas.
Desapareció por una puerta lateral.
Cinco minutos después regresó con una caja metálica cerrada con dos llaves.
Alessandro la abrió delante de todos.
Dentro había fotografías.
Armas.
Pasaportes falsos.
Y varias piezas de tela.
Todas llevaban exactamente la misma marca negra.
El mismo círculo.
La misma daga.
Vivian dejó escapar un suspiro.
—¿Qué demonios es eso?
Alessandro respondió sin apartar la vista del conejo.
—Hace ocho años descubrimos un traidor dentro de mi organización.
—Nunca supimos su nombre.
—Solo conocíamos su firma.
Levantó uno de los trozos de tela.
Era idéntico al cosido en el conejo.
—Marcaba cada envío importante antes de desaparecer.
Don Ricci murmuró:
—El Fantasma Negro…
Alessandro asintió.
—Durante años pensamos que había muerto.
—Pero esta marca significa que alguien sigue utilizándola.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
Miré el conejo.
Emma seguía abrazada a mi pierna.
—Señor Moretti…
—¿Está diciendo que alguien dejó esto frente a mi casa a propósito?
Él me observó durante unos segundos.
—Sí.
—Y no fue un regalo para una niña.
—Fue un mensaje.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
—¿Para quién?
Antes de que Alessandro pudiera responder, Marco recibió una llamada por el auricular.
Su rostro cambió de inmediato.
—Señor…
—Acabamos de revisar las cámaras de seguridad de hace dos años.
—Encontramos al hombre que dejó el conejo frente al apartamento de la señora Bennett.
Toda la sala quedó inmóvil.
—¿Quién era?
Marco tragó saliva.
—No aparece su rostro.
—Pero encontramos algo más.
Sacó una fotografía recién impresa y se la entregó a Alessandro.
Él apenas la miró unos segundos.

Luego levantó lentamente la vista hacia mí.
Por primera vez desde que había entrado en aquella casa, vi auténtica preocupación en los ojos del hombre más temido de Italia.
—Señora Bennett…
—El hombre que dejó este conejo… salió de su edificio exactamente tres minutos antes de que asesinaran a su esposo.