Adrian observó la fotografía durante varios segundos.
Su expresión cambió lentamente.
Primero confusión.
Después incomodidad.
Finalmente culpa.
—Emma…
Levantó la vista.
—Puedo explicarlo.
Negué despacio.
—No.
Le señalé la pantalla.
—Explícales eso a esas treinta y dos llamadas que decidiste ignorar.
El salón quedó completamente en silencio.
Hailey, que seguía sentada en el sofá con un control de videojuegos entre las manos, soltó una risa nerviosa.
—Solo estábamos jugando.
La miré por primera vez desde que entré.
—Yo también estaba jugando.
Frunció el ceño.
—¿Qué?
—A ver si lograba llegar viva a casa.
Nadie volvió a hablar.
Adrian dejó el vaso sobre la mesa.
Se acercó otro paso.
—No vi las llamadas.
Sin decir una palabra, amplié todavía más la fotografía.
En la esquina aparecía claramente su teléfono.
Treinta y dos llamadas perdidas.
Cuatro mensajes.
La pantalla permanecía encendida frente a él mientras sonreía.
Su rostro perdió completamente el color.
No tenía una explicación.
Porque la imagen hablaba sola.
Me incliné para quitarme el otro zapato.
Una punzada atravesó mi espalda.
Tuve que apoyarme en la pared.
Adrian extendió la mano.
—Déjame ayudarte.
Retrocedí inmediatamente.
Fue un gesto pequeño.
Pero él lo sintió como un golpe.
Era la primera vez, desde que nos conocíamos, que rechazaba su ayuda.
—Emma…
Su voz empezó a quebrarse.
—Lo siento.
Asentí.
—Yo también.
Parpadeó confundido.
—¿También qué?
Miré alrededor de la sala.
La silla ergonómica.
La consola.
Las bolsas de compras de Hailey.
Las tazas de café.
Todo parecía cómodo.
Todo menos mi matrimonio.
—También siento haber tardado tanto en entenderlo.
Subí lentamente las escaleras.
Entré en nuestro dormitorio.
Abrí el armario.
Saqué una maleta.
Adrian apareció inmediatamente detrás de mí.
—¿Qué haces?
Seguí doblando ropa.
—Preparando las cosas del bebé.
—¿Para qué?
Levanté la vista.
—Porque mañana me voy.
Se quedó completamente inmóvil.
—No hablas en serio.
—Nunca hablé más en serio.
Hailey apareció en la puerta.
—¿De verdad vas a hacer un drama por una tormenta?
Cerré lentamente la maleta.
—No.
La miré fijamente.
—Me voy por todas las tormentas anteriores.
Las veces que fui sola al hospital.
Las noches que cené sola.
Los cumpleaños.
Las ecografías.
Las llamadas sin responder.
Y porque el padre de mi hijo prefirió proteger tus sentimientos antes que la seguridad de su esposa embarazada.
Hailey abrió la boca.
No encontró ninguna respuesta.
Adrian respiró hondo.
—Puedo cambiar.
Sonreí con tristeza.
—No dudo que puedas.
Hice una pausa.
—Lo que ya no sé es si quiero esperar a verlo.
Tomé la carpeta donde guardaba todos los controles prenatales.
Al hacerlo cayó un sobre al suelo.
No lo reconocí.
Lo abrí por curiosidad.
Dentro había una póliza de seguro.
Mi nombre.
El de Adrian.
Y una hoja adicional.
Beneficiario en caso de fallecimiento de Emma Foster: Hailey Foster.
Sentí que el corazón dejaba de latir un segundo.
Levanté lentamente la vista.
—¿Qué es esto?
Adrian frunció el ceño.
Tomó los papeles.
Su expresión cambió inmediatamente.
—Yo…
Miró la firma.
Después volvió a mirarme.
—Nunca vi este documento.
Hailey dio un paso atrás.
Demasiado tarde.

Yo ya había visto el formulario completo.
La modificación del beneficiario no se había hecho meses atrás.
Se había realizado exactamente tres semanas antes.
El mismo día en que Adrian insistió en que yo siguiera conduciendo sola a mis controles médicos… aunque el embarazo ya era considerado de alto riesgo.