PARTE 2: EL VERDADERO HEREDERO

Ethan volvió a leer el informe.

Una vez.

Dos.

Tres.

El resultado no cambiaba.

Probabilidad de paternidad: 0,00 %.

Sintió que el aire desaparecía de la habitación.

—No… esto es imposible.

Buscó el teléfono con manos temblorosas y marcó inmediatamente a Laura.

Ella respondió al segundo tono.

Su voz sonaba cansada, pero feliz.

—¿Ya vienes a conocer al bebé?

Ethan no contestó la pregunta.

—¿De quién es ese niño?

Al otro lado hubo varios segundos de silencio.

—¿Qué estás diciendo?

—¡Te pregunté de quién es!

Laura respiró hondo.

—Ethan, acabas de ser padre…

—¡No soy su padre!

La puerta del despacho seguía abierta.

Los pedazos de la lámpara rota estaban esparcidos por el suelo.

La carta que yo había dejado descansaba sobre el escritorio.

Él volvió a leer la última línea.

“El verdadero padre lleva años sentado a tu derecha en cada reunión de la junta.”

Su rostro perdió todo el color.

Solo había una persona que siempre ocupaba ese asiento.

Daniel Brooks.

Director financiero.

Su mejor amigo desde la universidad.

El hombre al que llamaba hermano.


En el hospital, los veinte guardaespaldas seguían vigilando el pasillo.

Nadie entendía por qué el señor Cross había desaparecido justo cuando estaba naciendo el supuesto heredero.

Laura sostenía al recién nacido entre sus brazos cuando Ethan irrumpió en la habitación.

Su aspecto asustó a todos.

Tenía la corbata torcida.

Las manos ensangrentadas por los cristales que había roto en casa.

Y los ojos completamente fuera de sí.

—Salgan.

Las enfermeras se miraron entre ellas.

—Señor…

—¡HE DICHO QUE SALGAN!

La habitación quedó vacía.

Laura abrazó al bebé.

—¿Qué ocurre?

Ethan lanzó el informe sobre la cama.

Las hojas cayeron sobre la manta del recién nacido.

—Explícamelo.

Ella leyó el documento.

Su expresión cambió apenas un instante.

Después volvió a levantar la vista.

—¿Quién te dio esto?

—¡Respóndeme!

Laura bajó lentamente la cabeza.

Ese gesto fue suficiente.

Ethan comprendió la verdad antes de escuchar una sola palabra.

—¿Desde cuándo?

Ella tardó unos segundos.

—Tres años.

El mundo pareció detenerse.

—Tres…

Laura asintió con lágrimas en los ojos.

—Nunca quise hacerte daño.

—¿Quién?

No respondió.

Él dio un paso adelante.

—¡Dime quién!

Laura cerró los ojos.

—Daniel.

Aquella única palabra hizo más daño que cualquier golpe.

Ethan retrocedió.

Recordó todas las cenas.

Todos los viajes de negocios.

Las reuniones interminables.

Las ocasiones en que Daniel insistía en quedarse trabajando hasta tarde con Laura para “preparar informes”.

Siempre había confiado en ellos.

Siempre.


Mientras tanto, yo ya estaba a diez mil metros de altura.

El avión acababa de despegar.

Apagué el teléfono unos minutos antes de que cerraran las puertas.

No necesitaba escuchar las llamadas desesperadas.

Ya sabía exactamente lo que estaría ocurriendo.

Saqué de mi bolso el pequeño disco cifrado.

Lo conecté al portátil.

Apareció una carpeta llamada:

“FASE DOS”.

Dentro había cuarenta y siete archivos perfectamente organizados.

Transferencias ocultas.

Facturas falsas.

Empresas pantalla.

Correos electrónicos.

Conversaciones privadas.

Y una carpeta mucho más delicada.

“Operación Titán”.

Sonreí.

Ethan seguía creyendo que todo aquello era una venganza por una infidelidad.

No entendía nada.

Laura nunca había sido el verdadero objetivo.

Ni siquiera Daniel.

Ellos solo habían sido las piezas más fáciles de mover.

La verdadera guerra acababa de empezar.

Porque los documentos demostraban que durante cuatro años la junta directiva completa había utilizado CrossTech para desviar cientos de millones de dólares mediante contratos internacionales.

Y había una razón por la que yo había esperado hasta el nacimiento de aquel bebé para destruirlo todo.

Dentro de exactamente treinta y ocho minutos, la Comisión Federal de Valores recibiría de forma automática una copia íntegra de todos aquellos archivos.

Sin posibilidad de detener el envío.

Sin posibilidad de borrarlos.

Sin posibilidad de negociar.

Y el primer nombre que aparecía en cada uno de esos documentos no era el de Ethan Cross.

Era el del presidente del consejo de administración, el hombre que llevaba una década tratando a Ethan como a un simple empleado mientras utilizaba su empresa como fachada para uno de los mayores fraudes financieros del país.

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