PARTE 2: LA VERDAD

Las palabras de Maren me dejaron sin aire.

—Tu madre solo pudo hacerme creer esas mentiras porque ya me habías enseñado a esperar lo peor de ti.

No intenté defenderme.

No había una sola excusa capaz de borrar años de ausencias, reuniones interminables y promesas incumplidas. Durante demasiado tiempo había permitido que el trabajo ocupara el lugar de todo lo demás, y ese vacío había sido el terreno perfecto para que alguien sembrara una mentira.

Miré a Noah.

Dormía profundamente entre las mantas, ajeno a la tormenta que había marcado su llegada al mundo.

Me acerqué a la cuna improvisada junto al árbol de Navidad. Las luces blancas iluminaban su pequeño rostro y, por primera vez en muchos años, comprendí que existían cosas imposibles de recuperar con dinero.

—Voy a demostrarte que todo esto es verdad —dije con la voz quebrada—. Y voy a averiguar quién hizo cada una de estas cosas.

Maren permaneció inmóvil.

—No lo hagas por mí.

Bajó la mirada hacia el bebé.

—Hazlo por él.

Aquellas palabras pesaban mucho más que cualquier reproche.

Salí de la casa poco después de medianoche.

La nieve empezaba a cubrir las calles de Alexandria mientras conducía directamente hacia la torre de Vale Technologies.

El edificio permanecía prácticamente vacío.

Solo el personal de seguridad y algunos ingenieros de mantenimiento trabajaban durante Nochebuena.

Cuando atravesé el vestíbulo, todos se sorprendieron al verme.

—Señor Vale…

No respondí.

Entré en el ascensor privado y subí hasta el último piso.

Necesitaba respuestas.

Encendí el ordenador de mi despacho y solicité el historial completo de accesos utilizando mi código ejecutivo.

Cinco minutos después apareció la primera anomalía.

Mi autorización había sido utilizada el mismo día en que Maren intentó visitarme.

Pero yo no estaba en Virginia.

Había estado en una conferencia internacional en Singapur.

Miré la hora.

La orden para impedir su entrada había sido registrada exactamente a las diez y dieciséis de la mañana.

A esa hora mi avión seguía cruzando el océano Pacífico.

Alguien había utilizado mis credenciales mientras yo estaba a miles de kilómetros.

Seguí revisando.

Encontré otra coincidencia.

La falsa carta enviada a Maren había sido impresa desde una impresora situada dentro del despacho reservado para la presidencia honoraria de la empresa.

El despacho que mi madre seguía utilizando aunque oficialmente ya estuviera retirada.

Sentí un nudo en el estómago.

No quería creerlo.

Necesitaba algo que eliminara cualquier duda.

Llamé al director de sistemas.

Contestó medio dormido.

—¿Señor Vale? ¿Ha ocurrido algo?

—Quiero todas las grabaciones del piso ejecutivo correspondientes al diez de abril. Ahora.

Hubo un largo silencio.

—Las cámaras de ese día… desaparecieron.

Fruncí el ceño.

—¿Cómo que desaparecieron?

—El archivo fue eliminado hace meses utilizando una autorización del consejo administrativo.

Solo tres personas podían firmar una orden así.

Yo.

El presidente del consejo.

Y mi madre.

Las piezas empezaban a encajar de una manera aterradora.

Mientras seguía revisando documentos apareció una notificación olvidada dentro de mi correo corporativo.

Un mensaje marcado automáticamente como resuelto.

Nunca lo había abierto.

Procedía del departamento de mensajería.

“Asunto: Entrega rechazada por instrucciones de la oficina ejecutiva.”

Abrí el informe.

Adjuntaba una fotografía.

Era el mismo sobre color crema que Maren me había enseñado aquella noche.

La entrega había llegado hasta la recepción de mi empresa.

Pero alguien había firmado su rechazo.

La firma pertenecía a mi asistente personal.

Tomé el teléfono inmediatamente.

—Nathan, necesito que vengas a la oficina.

—Señor… estoy con mi familia.

—Ahora.

Llegó cuarenta minutos después, todavía con el abrigo cubierto de nieve.

Cuando vio el sobre escaneado en la pantalla perdió completamente el color del rostro.

—¿Recuerdas esto?

No respondió.

Solo tragó saliva.

—Nathan.

Su voz comenzó a temblar.

—Su madre me dijo que era una cuestión privada.

Sentí que la sangre dejaba de circular por mi cuerpo.

—¿Qué hizo exactamente?

—Me ordenó interceptar cualquier comunicación de la señora Maren. Dijo que usted no quería volver a verla y que cualquier contacto podía perjudicar el proceso del divorcio.

—¿Y tú obedeciste?

Cerró los ojos.

—Pensé que cumplía sus instrucciones.

Respiré lentamente para no perder el control.

—¿Quién más lo sabía?

Nathan dudó.

Demasiado.

—Habla.

—No estaba sola.

Levantó la vista con miedo.

—Había otra persona coordinándolo todo.

Mi mano quedó inmóvil sobre la mesa.

—¿Quién?

Nathan pronunció un nombre que jamás habría esperado escuchar.

El nombre de mi propio socio.

El hombre con quien había construido Vale Technologies desde el primer día.

Y, de repente, comprendí que aquello nunca había sido solo un asunto familiar.

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