A las dos y dieciocho de la madrugada, mi abogada contestó al segundo tono.
—¿Elena?
Nunca llamaba a esa hora.
Por eso supo inmediatamente que algo grave había ocurrido.
Respiré hondo.
—Quiero cortar toda relación financiera con Mariana.
Hubo un breve silencio.
—¿Estás completamente segura?
Miré la flor de plástico sobre el escritorio.
Seguía con la etiqueta pegada.
—Sí.
—Entonces empezaremos por las empresas.
Abrí una carpeta azul.
Dentro estaba el organigrama de Grupo Vargas Consultores.
Ricardo aparecía como director de operaciones de una de las filiales.
Su salario salía de mi empresa.
Su camioneta era un vehículo corporativo.
La bodega donde guardaba maquinaria pertenecía al grupo.
Incluso los contratos de mantenimiento de su negocio de jardinería dependían de clientes que yo había conseguido.
Mi abogada tomó notas.
—¿Algo más?
—La casa.
—¿Qué ocurre con ella?
Saqué la escritura.
Sonreí con tristeza.
—El enganche lo pagué yo.
El préstamo bancario lo avalé yo.
Y la garantía adicional…
…también lleva mi firma.
Ella comprendió inmediatamente.
—Si retiras el aval, el banco revisará toda la operación.
—Hazlo.
—¿Y los préstamos privados?
Abrí otra carpeta.
Había diecisiete pagarés.
Ninguno había sido devuelto.
—Ejecútalos todos.
Mi abogada respiró lentamente.
—Mañana será un día muy largo para ellos.
Colgué.
Dormí apenas dos horas.
A las ocho y cinco de la mañana comenzaron los movimientos.
Primero Recursos Humanos.
Ricardo recibió una carta.
Terminación inmediata del contrato por reorganización empresarial.
A las ocho y treinta.
El banco notificó que el aval de la hipoteca quedaba retirado y que debían presentar nuevas garantías en un plazo de cuarenta y ocho horas.
A las nueve.
Tres clientes cancelaron los contratos de jardinería.
A las nueve y veinte.
La empresa de seguros informó que la póliza corporativa ya no estaba vigente.
A las nueve y cuarenta y siete sonó mi teléfono.
Mariana.
No contesté.
Volvió a llamar.
Otra vez.
Y otra.
Las llamadas comenzaron a acumularse.
Diez.
Quince.
Veinte.
A las once de la mañana ya iban veintiocho.
Entonces llegó el primer mensaje.
“Mamá, creo que hubo un error con el banco.”
No respondí.
Cinco minutos después.
“Ricardo perdió su trabajo. ¿Sabes qué está pasando?”
Silencio.
Luego.
“¿Podemos hablar?”
Apagué la pantalla.
A las doce y media sonó el timbre.
Era Ricardo.
Venía despeinado.
Sin corbata.
Con el rostro completamente pálido.
—Señora Elena…
Nunca antes me había llamado así.
Siempre era “suegra”.
—Necesitamos hablar.
No lo invité a pasar.
—¿Sobre qué?
Tragó saliva.
—El banco dice que usted retiró el aval.
—Es correcto.
—Nos quitarán la casa.
Asentí.
—Es posible.
—Pero…
Su voz comenzó a romperse.
—…esa casa es donde viven sus nietos.
Lo miré durante varios segundos.
—Ayer también eran mis nietos.
Él bajó la cabeza.
No encontró ninguna respuesta.
En ese momento apareció Mariana corriendo desde el automóvil.
Tenía los ojos hinchados de tanto llorar.
Al verme, se abrazó a mí como no lo hacía desde hacía años.
—Mamá…
La aparté con suavidad.
—No.
Se quedó inmóvil.
—¿Por qué haces esto?
Respiré profundamente.
Entré a la casa.
Regresé con la pequeña flor de plástico.
Todavía conservaba la etiqueta de 79.90 pesos.
La puse en sus manos.
—Porque ayer descubrí exactamente cuánto valía yo para ti.
Mariana rompió a llorar.
—No fue por eso…
—Entonces explícame.
Levanté la vista.
—¿Cómo encontraste trescientos cincuenta mil pesos para un anillo…
…y catorce días de crucero para tu suegra…
…pero para tu madre solo te alcanzó una flor de farmacia?
No respondió.
Porque no podía hacerlo.
En ese instante llegó otro automóvil.
Un sedán negro.
Mi abogada descendió con una carpeta en la mano.
Se acercó directamente a mí.
—Elena.
—¿Sí?
Me entregó el documento.
—Encontramos algo que cambia completamente este asunto.
Fruncí el ceño.
—¿Qué pasó?
Mi abogada abrió la carpeta.

En la primera página aparecía una transferencia bancaria realizada apenas cuatro días antes del Día de las Madres.
El beneficiario era Ricardo.
El monto…
7,000,000 de pesos.
Y el concepto de la transferencia hizo que Mariana perdiera todo el color del rostro.