PARTE 2: El Video Oculto

Diego dejó que el primer archivo terminara de cargarse.

La imagen apareció granulada durante un segundo.

Después enfocó perfectamente la entrada principal de la casa.

Fecha.

Hora.

Dos días antes de su regreso.

Mariana estaba en la puerta con Mateo en brazos.

Llovía.

No nevaba todavía.

Llevaba una manta sobre el bebé y una bolsa del supermercado.

Su madre abrió apenas unos centímetros.

No la dejó entrar.

El audio era nítido.

—Señora Teresa, Mateo necesita comer.

—Ya no tienes permiso para entrar en esta casa.

—Solo necesito darle pecho.

—Hazlo en otro lado.

La puerta se cerró.

Diego sintió que la mandíbula se le endurecía.

Abrió el siguiente video.

Era del día siguiente.

Su padre y Rodrigo cambiaban la cerradura principal.

Rodrigo sostenía un taladro.

Ernesto reía.

—Cuando Diego vuelva, ya todo estará arreglado.

Otro archivo.

Su madre recorría la casa con una caja.

Dentro estaban las fotografías de la boda.

El álbum de Mariana.

La ropa del bebé.

Incluso el pequeño oso de peluche que Diego había comprado antes del despliegue.

Todo terminó en bolsas negras de basura.

Diego dejó de respirar durante unos segundos.

Entonces abrió el cuarto video.

Ese fue el que cambió todo.

La cámara apuntaba al despacho.

Ernesto extendía varios documentos sobre el escritorio.

Rodrigo preguntó:

—¿Y si Diego revisa las escrituras?

Su padre soltó una carcajada.

—No podrá.

Levantó un sello notarial.

—Para entonces ya estarán registradas.

Diego amplió la imagen.

El sello era falso.

No pertenecía a ninguna notaría de Coahuila.

Después apareció algo aún peor.

Ernesto tomó la mano dormida de Mariana.

Le apoyó un dedo sobre una almohadilla de tinta.

Luego presionó su huella en varios documentos.

Diego sintió un escalofrío.

Mariana nunca había firmado voluntariamente.

Habían falsificado todo.

En ese momento sonó la puerta de la habitación.

Tres golpes.

Era Lucía Rivas.

—Diego.

Abrió inmediatamente.

La abogada entró acompañada por un notario y dos agentes de la Guardia Nacional.

Observó rápidamente a Mariana.

Luego a Mateo.

Después las grabaciones.

No necesitó más de cinco minutos.

—Capitán…

Levantó lentamente la vista.

—No solo falsificaron documentos.

Señaló el video donde utilizaban el dedo de Mariana.

—Esto constituye fraude, despojo, violencia familiar y suplantación documental.

Diego asintió en silencio.

Lucía continuó revisando el servidor.

Entonces encontró una carpeta que él nunca había abierto.

RESPALDO INTERIOR

Frunció el ceño.

—¿Qué es esto?

Diego negó con la cabeza.

—No lo sé.

Abrió el primer archivo.

La cámara pertenecía al detector de humo del despacho.

Era de la noche anterior.

Aparecían Ernesto, Teresa y Rodrigo.

Pero no estaban solos.

Había un cuarto hombre.

Vestía traje oscuro.

Colocó sobre la mesa un maletín negro.

Lo abrió.

Dentro había fajos de dinero.

Muchísimo dinero.

Ernesto sonrió.

—Con esto el juez ya no hará preguntas sobre la custodia del niño.

El desconocido respondió con absoluta tranquilidad.

—Mientras el capitán siga fuera del país…

…nadie descubrirá quién es el verdadero dueño de todas esas propiedades.

Lucía congeló la imagen.

Su rostro perdió completamente el color.

—Diego…

—¿Qué pasa?

Ella señaló lentamente al hombre del traje.

—No es un abogado.

—¿Entonces quién es?

La respuesta salió apenas en un susurro.

—Es el magistrado que iba a resolver el juicio de custodia de tu hijo.

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