No tardé en descubrir que Natalia tenía razón.
Mientras caminaba entre los escaparates del Mercado del Oro, el teléfono comenzó a vibrar sin descanso.
Primero fue Adrian.
Después su madre.
Luego tres antiguos compañeros de su empresa.
No respondí.
Entré en una joyería.
El vendedor colocó varios collares sobre una bandeja de terciopelo negro.
—¿Busca un regalo?
Sonreí.
—Sí.
—¿Para quién?
Lo pensé apenas un segundo.
—Para mí.
Elegí un collar sencillo de oro blanco con un pequeño zafiro azul.
No era el más caro.
Pero era el primero que compraba sin pedir la opinión de nadie.
Mientras firmaba el recibo, el teléfono volvió a sonar.
Esta vez era Natalia.
Contesté.
No hizo falta que hablara.
Escuché música.
Aplausos.
Y después… silencio.
—¿Qué pasó?
Natalia respiraba agitada.
—Alguien acaba de reconocer tu nombre.
Me apoyé contra el mostrador.
—¿Quién?
—Un inversionista de Emiratos.
Fruncí el ceño.
—¿Y?
—Preguntó delante de todos si tú eras la señora Valeria Shen que acaba de incorporarse a la Oficina de Inversión Real de Dubai.
Sentí un ligero escalofrío.
—¿Qué respondió Adrian?
Natalia soltó una risa incrédula.
—Primero dijo que era imposible.
Miré por la ventana.
El sol caía sobre los edificios dorados.
—Después…
—Después el inversionista dijo que acababa de desayunar con Gabriel Zhou y que hablaron de una especialista china en contratos árabes a la que estaban contratando.
Guardé silencio.
Natalia continuó.
—Entonces añadió algo que dejó el salón completamente mudo.
—¿Qué dijo?
—”¿No era esa su esposa?”
Sentí que el aire se volvía más ligero.
—¿Y Adrian?
—No contestó.
—¿Olivia?
—Dejó de sonreír.
Caminé lentamente hacia la salida.
Podía imaginar perfectamente la escena.
La torre de champán.
Los fotógrafos.
Los invitados.
Y Adrian comprendiendo que la mujer de la que acababa de burlarse delante de todos…
…no era una ama de casa fracasada.
Natalia volvió a hablar.
—Pensé que todo terminaría ahí.
—Pero no fue así.
—No.
Escuché un murmullo al otro lado del teléfono.
Luego una voz masculina.
Fuerte.
Segura.
—Señor Walker.
Natalia bajó la voz.
—Es el inversionista.
Puse toda mi atención.
—Acaba de decir…
Hizo una breve pausa.
—”…qué lástima que se divorciara de la única persona capaz de negociar directamente con nuestros fondos.”
Cerré los ojos.
No por satisfacción.
Sino porque recordé todas las noches en las que Adrian se reía cuando yo seguía traduciendo contratos después de medianoche.
“¿Para qué estudias tanto?”
“Ya eres mi esposa.”
“Yo gano suficiente.”
Durante siete años había reducido mi trabajo a un pasatiempo.
Ahora era precisamente ese trabajo lo que todos admiraban.
Natalia volvió a susurrar.
—Valeria…
—¿Sí?
—Adrian acaba de salir corriendo del salón.
Fruncí el ceño.
—¿Por qué?
—Porque recibió una llamada.
—¿De quién?
Se hizo un silencio.
Después respondió muy despacio.
—Del banco.
Mi corazón dio un pequeño vuelco.
—¿Qué pasó?
—Parece que el crédito puente para su nuevo proyecto acaba de quedar suspendido.
Miré el reflejo del Burj Khalifa brillando a lo lejos.
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?
Natalia soltó una risa.
—Muchísimo.
—El director del banco le preguntó una sola cosa antes de cancelar la reunión.
Respiré hondo.
—¿Qué cosa?

Natalia repitió exactamente las palabras que acababan de dejar inmóvil a todo el salón de bodas.
—”Señor Walker… ¿es cierto que acaba de divorciarse de la traductora que llevaba siete años negociando discretamente con nuestros socios de Dubái?”