PARTE 2: LA BOLSA NEGRA

Alejandro se agachó lentamente.

Tomó la bolsa negra que estaba escondida bajo la cama.

Karina dio un paso hacia él.

—No hace falta revisar eso.

Él no respondió.

Abrió la bolsa.

Dentro había más de treinta cajas de medicamento.

Todas cerradas.

Algunas todavía conservaban el sello de la farmacia.

Tomó una.

Era el anticoagulante que el neurólogo había recetado después de la embolia.

Buscó la fecha.

Había sido surtido hacía tres semanas.

Luego abrió otra caja.

Y otra.

Y otra más.

Todas estaban intactas.

Sintió un frío recorrerle la espalda.

—Karina…

Su voz salió muy baja.

—¿Por qué mi mamá no está tomando sus medicinas?

Ella cruzó los brazos.

—Porque ya estaba mejor.

Alejandro levantó la vista.

—¿Quién decidió eso?

—Yo.

—¿Tú eres neuróloga?

Karina guardó silencio.

Doña Elena comenzó a llorar.

—No fue culpa de ella, mijo…

—Mamá.

La anciana bajó la cabeza.

—Me decía que las pastillas me hacían daño… que el doctor solo quería sacar dinero…

Alejandro sintió que las manos le temblaban.

Tomó el teléfono.

Lo encendió.

Y, sin que Karina lo notara, activó la cámara.

Lo dejó apoyado sobre la cómoda.

Apuntando directamente hacia la habitación.

—Karina.

Ella lo miró con aparente tranquilidad.

—¿Qué?

—Dale de comer otra vez.

Frunció el ceño.

—¿Cómo?

—Haz exactamente lo que estabas haciendo cuando llegué.

Por un instante perdió el control.

—¿Estás loco?

—Hazlo.

Karina comenzó a ponerse nerviosa.

—No voy a participar en tus juegos.

Alejandro no insistió.

Solo caminó hasta la cama.

Se arrodilló junto a su madre.

—Mamá…

Le acarició la mano.

—¿Siempre la señora Karina te trata así?

Doña Elena cerró los ojos.

No respondió.

Karina intervino inmediatamente.

—Está confundida.

Desde la embolia mezcla recuerdos.

Alejandro siguió mirando a su madre.

—No tengas miedo.

Estoy aquí.

La anciana rompió a llorar.

—Cuando tú te vas…

Su voz apenas podía escucharse.

—Me quita las medicinas.

Dice que ya no vale la pena gastarlas en mí.

Alejandro sintió un nudo en la garganta.

—¿Y los moretones?

Doña Elena respiró con dificultad.

—A veces…

Cuando no puedo levantarme rápido…

Me jala del brazo.

Karina dio un paso adelante.

—¡Eso es mentira!

Alejandro giró lentamente.

—¿Mentira?

Ella señaló a la anciana.

—Tu madre ya no distingue la realidad.

Dice cosas porque está enferma.

En ese momento sonó el timbre.

Los tres quedaron inmóviles.

Alejandro abrió la puerta.

Era el doctor Ricardo Salinas.

El geriatra que atendía a doña Elena desde hacía más de un año.

—Doctor.

Qué bueno que vino.

Entró sonriendo.

Pero la sonrisa desapareció apenas vio a la paciente.

—¿Qué ocurrió?

Se acercó inmediatamente.

Descubrió el brazo de doña Elena.

Su expresión cambió por completo.

—Estos hematomas…

Levantó cuidadosamente el camisón.

Había otros en el hombro.

En la espalda.

Y cerca de las costillas.

El médico respiró hondo.

—Esto no corresponde a una caída.

Karina comenzó a hablar muy rápido.

—Doctor, ella se golpea sola.

Pierde el equilibrio…

El doctor ni siquiera la miró.

Continuó examinando a la anciana.

Después abrió una de las cajas de medicamento.

Revisó el número de tabletas.

Volvió a abrir otra.

Y otra más.

Finalmente levantó la vista hacia Alejandro.

—¿Quién administra el tratamiento?

—Mi esposa.

El médico guardó silencio unos segundos.

Luego hizo una pregunta que dejó a Karina completamente inmóvil.

—¿Sabía usted que su madre lleva al menos un mes sin tomar el anticoagulante?

Alejandro sintió que el piso desaparecía bajo sus pies.

—¿Qué?

—Si hubiera seguido el tratamiento correctamente, estas cajas deberían estar vacías.

Le mostró los frascos.

—No falta una sola dosis.

Karina dio otro paso hacia atrás.

—Yo…

El doctor la interrumpió.

—Además…

Señaló las piernas de doña Elena.

—La pérdida de fuerza que usted atribuía al avance de la enfermedad…

No parece natural.

Alejandro dejó escapar el aire lentamente.

—¿Qué quiere decir?

El médico volvió a mirar las cajas.

—Quiero decir que alguien estuvo dejando de darle el tratamiento.

Y eso provocó que su estado empeorara artificialmente.

El silencio cayó sobre la habitación.

Entonces Alejandro recordó algo.

La semana anterior.

Karina insistiendo una y otra vez.

—Ya no podemos seguir viviendo así.

Lo mejor sería vender esta casa.

Con ese dinero ponemos a tu mamá en una residencia de lujo.

En ese instante, el médico encontró un pequeño sobre escondido dentro de la bolsa negra.

Lo abrió.

Sacó un documento.

Frunció el ceño.

—Alejandro…

Él levantó la vista.

—¿Qué pasa?

El doctor le entregó el papel.

Era una copia de una escritura notarial.

En la primera línea podía leerse claramente:

“Propiedad ubicada en San Ángel, Ciudad de México. Valor comercial estimado: 86 millones de pesos.”

Debajo, escrito a mano con tinta azul, alguien había anotado una sola frase:

“Transferir únicamente después del fallecimiento de Elena Ruiz. No informar a Alejandro hasta completar el trámite.”

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