PARTE 2: EL MICRÓFONO

Cuando crucé la puerta del auditorio, todas las conversaciones se detuvieron durante un instante.

No por mi tesis.

Por mi cabello.

Los cortes desiguales apenas podían ocultarse bajo el peinado improvisado que había intentado hacer en el hotel.

Sentí decenas de miradas sobre mí.

Algunos profesores fingieron no notar nada.

Otros bajaron la vista con evidente incomodidad.

Mi directora de tesis, la doctora Isabel Romero, caminó rápidamente hacia mí.

Al verme, abrió los ojos con horror.

—Selena… ¿qué pasó?

Respiré profundamente.

—Después se lo cuento.

Ella me tomó las manos.

—¿Estás segura de que quieres hacer esto hoy?

Miré la sala donde llevaba ocho años soñando con entrar como candidata a doctora.

—Más que nunca.


La defensa comenzó a las nueve en punto.

Los cinco miembros del jurado ocuparon sus lugares.

Frente a ellos había investigadores, estudiantes, colegas y familiares invitados.

En la tercera fila estaba mi padre.

Don Ricardo Herrera.

Había viajado toda la noche desde Puebla para acompañarme.

Todavía no me había visto de cerca.

No había alcanzado a notar lo que habían hecho.

Respiré una última vez.

Comencé la presentación.

Durante los siguientes cuarenta minutos desaparecieron el miedo, el hotel, las tijeras, Héctor y Beatriz.

Solo existía mi investigación.

Respondí preguntas.

Expliqué gráficos.

Defendí resultados.

Rebatí observaciones.

Cuando terminé la última respuesta, el presidente del jurado sonrió.

—Doctora… bueno, todavía candidata.

Toda la sala soltó una risa suave.

—Puede esperar afuera mientras deliberamos.

Asentí.

Di un paso hacia atrás.

Entonces ocurrió.

Al girarme, un mechón mal cortado cayó desde un lado de mi cabeza.

El pañuelo con el que había intentado cubrir parte del desastre se aflojó.

Los cortes quedaron completamente expuestos.

Un murmullo recorrió el auditorio.

Mi padre se puso de pie de inmediato.

Su rostro cambió de color.

—Selena…

Se acercó lentamente.

Levantó una mano.

Con infinita delicadeza apartó otro mechón irregular.

—¿Quién te hizo esto?

Sentí que las lágrimas volvían por primera vez desde aquella madrugada.

No quería responder.

Pero tampoco quería seguir ocultándolo.

Miré a Héctor.

Había llegado diez minutos antes y permanecía al fondo del auditorio con los brazos cruzados.

Junto a él estaba Beatriz.

Los dos sonreían con esa falsa tranquilidad de quien cree que la víctima jamás hablará.

Respiré profundamente.

—Mi esposo me sujetó.

Toda la sala quedó completamente inmóvil.

—Y mi suegra me cortó el cabello anoche para impedir que viniera.

Nadie respiró.

Mi padre cerró lentamente los ojos.

Cuando volvió a abrirlos, ya no era el mismo hombre.

Caminó directamente hacia Héctor.

El auditorio entero observaba.

Héctor intentó sonreír.

—Don Ricardo, esto es un asunto familiar…

Mi padre lo interrumpió.

—No.

Su voz fue tan firme que incluso el jurado permaneció inmóvil.

—Anoche dejó de ser un asunto familiar.

Ahora es un delito.

Beatriz dio un paso adelante.

—Solo queríamos hacerla entrar en razón.

Mi padre la miró con un desprecio absoluto.

—La inmovilizaron entre dos adultos.

La agredieron.

Intentaron impedir que terminara su doctorado.

Y todavía creen que tienen derecho a justificarlo.

Sacó lentamente el teléfono.

Marcó un número.

—¿A quién llama? —preguntó Héctor.

—A mi abogado.

Hizo una pausa.

—Y después a la fiscalía.

Héctor perdió inmediatamente la seguridad.

—No hace falta exagerar.

Mi padre dio un paso más.

—La única persona que exageró aquí fue el hombre que necesitó sujetar a una mujer para sentirse más grande.

El silencio era absoluto.

Entonces la doctora Isabel Romero tomó el micrófono.

—Antes de continuar…

Miró a Selena.

—Creo que toda esta universidad merece saber algo.

Abrió el expediente académico.

—La investigación de la candidata Herrera acaba de recibir la máxima calificación unánime del jurado.

Los cinco profesores comenzaron a ponerse de pie.

Uno tras otro.

Luego toda la sala estalló en aplausos.

Selena permanecía inmóvil.

Con el cabello destrozado.

Los ojos llenos de lágrimas.

Y la espalda completamente recta.

Fue entonces cuando su padre tomó nuevamente el micrófono.

Miró primero a su hija.

Después a Héctor y a Beatriz.

Y pronunció una frase que hizo que ambos comprendieran que acababan de perder mucho más que un matrimonio.

—Hoy no solo se convirtió en doctora.

Hoy todos ustedes acaban de conocer a la única heredera de Herrera Biotecnología… la empresa que financia más de la mitad de las becas de investigación de esta universidad, incluidas las del laboratorio donde tú, Héctor, llevas cinco años intentando conseguir un contrato que jamás volverás a tener.

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