El traqueteo constante del tren me envolvió como una canción que llevaba cinco años esperando escuchar.
Cuando abrí los ojos, el amanecer ya teñía de naranja las montañas que desfilaban detrás de la ventana.
Durante unos segundos olvidé quién era.
Olvidé el apellido Lu.
Olvidé la mansión, los salones interminables y las cenas silenciosas.
Solo existía aquel paisaje inmenso y la mujer que volvía a respirar sin pedir permiso.
Un suave golpe en la puerta interrumpió mis pensamientos.
—Señora Lin, dentro de veinte minutos llegaremos a Yuncheng.
Asentí con una sonrisa.
Recogí mi pequeña maleta y acaricié inconscientemente la horquilla de madera que sujetaba mi cabello.
Era lo único que seguía recordándome quién había sido antes de convertirme en la esposa perfecta de otra persona.
Cuando el tren se detuvo, el aire húmedo de Yuncheng me golpeó el rostro.
Olía a tierra mojada.
A lluvia.
A libertad.
No conocía a nadie allí.
Precisamente por eso había elegido aquella ciudad.
Nadie buscaría a la señora Lu en un lugar donde nunca había puesto un pie.
Tomé un taxi viejo que avanzó entre calles estrechas rodeadas de árboles centenarios.
El conductor observó mi dirección escrita en un papel.
—¿Va a la Casa Yun?
—Sí.
El hombre sonrió.
—Hace años que casi nadie pregunta por ese lugar.
Media hora después el coche se detuvo frente a una antigua casa de madera situada junto a un lago cubierto por la niebla.
Las paredes mostraban el paso del tiempo.
Las glicinas trepaban por el viejo portón.
Sin embargo, el lugar transmitía una paz imposible de describir.
Respiré profundamente antes de llamar.
La puerta se abrió casi de inmediato.
Una anciana de cabello completamente blanco me observó en silencio.
Sus ojos recorrieron mi rostro con una intensidad desconcertante.
Después bajó lentamente la mirada hacia la horquilla de sándalo.
Su expresión cambió por completo.
Las manos comenzaron a temblarle.
—Al fin has vuelto…
Fruncí el ceño.
—Perdone… creo que me ha confundido con otra persona.
La anciana negó despacio.
Las lágrimas aparecieron en sus ojos antes incluso de sonreír.
—No.
—Llevo veinte años esperando exactamente a la mujer que lleva esa horquilla.

Sentí un escalofrío recorrer toda mi espalda.
Nunca le había contado a nadie el origen de aquella horquilla.
Ni siquiera Lu Chenzhou conocía su historia.
La anciana dio un paso hacia un lado y abrió por completo la puerta.
—Entra.
—Hay alguien que dejó algo para ti… mucho antes de que llegaras al mundo.
Mientras cruzaba el umbral, sin saber por qué, tuve la extraña sensación de que mi verdadera vida acababa de comenzar.
Y, a cientos de kilómetros de allí, en Haicheng, el avión privado de Lu Chenzhou acababa de aterrizar.
Lo primero que encontró sobre el escritorio de su despacho fue el certificado oficial de divorcio.
Debajo había una única flor de jazmín recién cortada.
Y, por primera vez en cinco años, el hombre que jamás había perdido el control sintió un miedo que no podía explicar.