Sentí que el aire desaparecía de la habitación.
—¿Qué acabas de decir?
Adrián no apartó la mirada.
—Nunca te rechacé.
Solté una risa incrédula.
—Claro que sí.
—No.
—Estabas frente a todo el patio.
Me dijiste: “No me gustas. No vuelvas a hacer algo así”.
Él cerró los ojos un instante.
Como si aquella escena también lo persiguiera desde hacía cinco años.
—Eso fue lo que escuchaste.
Fruncí el ceño.
—¿Qué otra cosa pude escuchar?
Adrián caminó hasta la ventana.
Permaneció varios segundos en silencio antes de hablar.
—Aquel día, cuando salí del laboratorio, el director ya me estaba esperando.
No entendía nada.
—¿Qué tiene que ver eso?
Él respiró profundamente.
—Mi padre acababa de ser detenido por corrupción.
Toda la escuela lo sabía.
Me quedé inmóvil.
Recordaba los rumores.
Pero nunca supe cuándo ocurrieron exactamente.
—Los periodistas estaban afuera.
Los padres de otros alumnos pedían que me expulsaran.
Yo solo quería terminar el semestre y desaparecer.
Giró lentamente hacia mí.
—Entonces apareciste tú.
Con una carta entre las manos.
Y una sonrisa que jamás he podido olvidar.
Mi garganta comenzó a cerrarse.
—Si aceptaba esa carta…
Hizo una pausa.
—Te habrían convertido en el siguiente objetivo.
Recordé las cámaras.
Los adultos reunidos junto a la entrada.
Los comentarios que escuché semanas después.
Nunca los relacioné con aquel momento.
—Así que te humillaste delante de todos…
Él negó lentamente.
—Me humillé yo.
Prefería que me odiaras a que terminaran destruyendo tu vida junto con la mía.
Sentí que las piernas dejaban de sostenerme.
Me senté en el borde de la cama.
Durante cinco años…
Había vivido convencida de que nunca le gusté.
—¿Y la carta?
Pregunté casi en un susurro.
Adrián soltó una sonrisa amarga.
—Nunca la leí.
Lo miré sorprendida.
—La rompí delante de ti.
—Eso creí.
Abrió lentamente su cartera.
Sacó una fotografía vieja, doblada por las esquinas.
Dentro había un pequeño papel amarillento.
Lo reconocí inmediatamente.
Era mi carta.
O, al menos, la mitad de ella.
—¿Cómo…?
Él acarició con cuidado el borde del papel.
—Cuando la rompiste, una parte cayó detrás del banco del patio.
La encontré esa noche.
Solo quedaba esta mitad.
Miré la letra temblorosa de mi yo de diecisiete años.
“Aunque me rechaces, necesitaba decirte que eres la mejor persona que he conocido.”
Las lágrimas comenzaron a caer antes de que pudiera detenerlas.
—La llevé conmigo durante cinco años.
Dijo aquello con una tranquilidad que dolía.
—A cada ciudad.
A cada trabajo.
A cada mudanza.
Porque era lo único que me quedaba de ti.
Levanté lentamente la vista.
—Entonces…
¿Por qué nunca me buscaste?
Adrián soltó una risa sin alegría.
—Te busqué.
Mi corazón dio un vuelco.
—¿Qué?
—Fui a tu casa tres veces.
Tu familia me dijo que ya te habías mudado.
Busqué tu universidad.
Habías cambiado de carrera.
Después encontré tu número.
Ya no existía.
Cada palabra hacía pedazos cinco años de resentimiento.
—Yo también intenté encontrarte.
Murmuré.
—Pero me dijeron que te habías ido del país.
Los dos guardamos silencio.
Cinco años.
Cinco años separados…
Por dos mentiras.
Entonces sonó mi teléfono.
La pantalla mostró un mensaje del grupo de exalumnos.
“¿Alguien sabe quién dejó aquella carta anónima en el tablón hace cinco años? Hoy apareció el verdadero autor.”
Adrián frunció el ceño.
—¿Qué carta?
Abrí el mensaje.
Había una fotografía.
Era el viejo tablón de anuncios de la secundaria.
Y, sujeto con una chincheta oxidada, aparecía un sobre.
Debajo, alguien había escrito:
“Nunca rechacé a Lucía. Me obligaron a hacerlo. Perdóname.”
La publicación estaba firmada con un nombre que ninguno de los dos esperaba.
Profesor Ernesto Fuentes.
El antiguo director de la secundaria.
Adrián tomó el teléfono con las manos temblorosas.
Leyó el resto del mensaje.
Su expresión cambió por completo.
—No…
Susurró.
—Esto no puede ser.
Lo miré confundida.
—¿Qué pasa?
Él levantó lentamente la vista.
Con una mezcla de incredulidad y rabia.

—El director acaba de confesar…
Que nunca fue mi padre quien le pidió separarnos.
Hizo una larga pausa.
Y pronunció el nombre de la única persona capaz de cambiar toda nuestra historia una vez más.
—Fue tu madre.