PARTE 2: LA MANO TEMBLÓ

No podía creer lo que estaba a punto de descubrir.

Volvió a mirar la fotografía.

Sebastián aparecía con una sonrisa amplia, muy distinta al hombre amargado que llevaba días cuidando. A su lado estaba una mujer de cabello oscuro abrazándolo por la cintura, mientras un bebé de apenas unos meses reía entre sus brazos.

En la esquina inferior alguien había escrito con tinta azul:

“Nuestro primer Año Nuevo juntos. Siempre seremos una familia.”

Lucía guardó la fotografía exactamente donde estaba.

No tenía derecho a revisar más.

Cerró el cajón con cuidado y salió de la habitación.

Pero aquella imagen no dejó de perseguirla durante toda la noche.


A la mañana siguiente, Sebastián estaba más irritable que de costumbre.

—Llegó cinco minutos tarde.

Lucía dejó el desayuno sobre la mesa.

—Llegué a la misma hora de siempre.

—Entonces mi reloj está descompuesto.

—Puede ser.

Él levantó la vista.

Esperaba una discusión.

No la obtuvo.

Lucía simplemente comenzó a acomodar los medicamentos.

Después de unos minutos, Sebastián habló otra vez.

—¿No va a defenderse?

—¿Para qué?

—Normalmente la gente discute conmigo.

Ella sonrió apenas.

—Yo no tengo tiempo para ganar discusiones.

Tengo dos hijos esperándome.

Sebastián volvió a guardar silencio.

Por alguna razón, aquella respuesta le molestó mucho más que cualquier pelea.


Después del desayuno comenzó la rutina de rehabilitación.

Lucía colocó cuidadosamente una almohada bajo la rodilla izquierda.

Mientras flexionaba lentamente la pierna, sintió otra vez aquella resistencia.

No era un espasmo.

Era fuerza.

Muy poca.

Pero fuerza al fin.

Esta vez no dijo nada.

Continuó el ejercicio como si no hubiera notado nada.

Entonces ocurrió.

El dedo índice de Sebastián presionó apenas la sábana.

Solo durante un segundo.

Lucía fingió seguir concentrada en la terapia.

Sin embargo, desde el reflejo de la ventana observó claramente algo más.

Sebastián también había visto el movimiento.

Y estaba intentando ocultarlo.

¿Por qué?


Aquella tarde llegó el doctor Ricardo Salinas, neurólogo de cabecera.

Lucía aprovechó que preparaba el equipo médico.

—Doctor…

Él levantó la vista.

—¿Sí?

Bajó la voz.

—Creo que el señor Aranda está recuperando movilidad.

El médico permaneció inmóvil.

Después sonrió con evidente incomodidad.

—No.

Eso es imposible.

—Pero yo lo vi.

—Los pacientes con lesiones como la suya presentan reflejos involuntarios.

No significan nada.

Lucía frunció el ceño.

—Parecía voluntario.

El doctor cerró la carpeta de golpe.

—Señora Moreno.

Concéntrese en bañarlo y darle sus medicamentos.

El tratamiento lo decido yo.

Se marchó sin despedirse.

Lucía permaneció observando la puerta cerrada.

Algo en aquella reacción no era normal.


Esa misma noche, mientras Sebastián dormía, Doña Mercedes apareció con una bandeja de té.

—¿Cómo va todo?

Lucía dudó unos segundos.

—¿Puedo preguntarle algo?

—Claro.

—¿El señor siempre ha estado completamente paralizado?

Mercedes bajó lentamente la taza.

—¿Por qué lo preguntas?

—Porque…

Se interrumpió.

No quería acusar a nadie sin pruebas.

Mercedes suspiró.

—Hace tres años tuvo un accidente automovilístico.

Después de eso, los médicos dijeron que jamás volvería a caminar.

—¿Todos los médicos?

La administradora guardó silencio.

Aquello fue suficiente respuesta.

—Hubo otros diagnósticos…

Admitió finalmente.

—Pero el doctor Salinas siempre dijo que eran demasiado optimistas.

Lucía sintió un escalofrío.

—¿Y nunca buscaron otra opinión?

Mercedes sonrió con tristeza.

—Cada especialista que sugería un tratamiento diferente… dejaba de trabajar para la familia Aranda pocas semanas después.

Lucía sintió que el corazón empezaba a acelerarse.

—¿Quién tomaba esas decisiones?

Mercedes miró hacia el pasillo para asegurarse de que nadie escuchaba.

Luego respondió muy despacio.

—La esposa del señor Sebastián.

Lucía se quedó inmóvil.

—¿Su esposa?

—Sí.

Diana Aranda.

Es quien administra toda la fortuna desde el accidente.

En ese instante ambas escucharon un ruido en el segundo piso.

Mercedes cambió inmediatamente de expresión.

—No vuelvas a hacer esas preguntas.

Se alejó con rapidez.

Lucía regresó a la habitación.

Sebastián seguía acostado mirando el techo.

Parecía dormido.

Pero una pequeña lágrima descendía lentamente por su sien.

Ella tomó una toalla y la secó con delicadeza.

Entonces ocurrió algo que hizo que se le detuviera la respiración.

Los dedos de Sebastián se cerraron alrededor de su muñeca.

Con fuerza.

No mucha.

Pero suficiente para impedir que retirara la mano.

Los ojos de él permanecían abiertos.

La observaban fijamente.

Sus labios temblaron durante varios segundos.

Hasta que, con un esfuerzo que parecía desgarrarle todo el cuerpo, consiguió pronunciar una única palabra casi inaudible.

—Corre…

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