PARTE 2: LA PROPUESTA IMPOSIBLE

Esperé.

No discutí.

No intenté convencer a nadie de que aquella casa también era mía.

Mientras Patricia daba órdenes sobre qué muebles “podía llevarme” y Natalie pegaba etiquetas a mis cajas como si ya estuviera expulsada de mi propia vida, metí la mano en el bolsillo.

La nota seguía allí.

Solo tenía un nombre.

Harrison Cole.

Y un número de teléfono.

Salí al jardín fingiendo que necesitaba respirar.

Marqué.

Contestaron al segundo tono.

—¿Emma?

Me quedé inmóvil.

—¿Cómo sabe quién soy?

—Porque llevo tres semanas intentando encontrarte.

Su voz era grave, cansada.

No sonaba como la de un hombre furioso.

Sonaba como la de alguien que llevaba demasiado tiempo reuniendo pruebas.

—Jamal logró darte la nota.

—Sí.

Hubo un breve silencio.

—¿Estás sola?

Miré por la ventana.

Mi suegra seguía dentro señalando mis libros con expresión de desprecio.

—Sí.

—Entonces escúchame con atención. No tienes una hora. Ni siquiera treinta minutos.

Mi respiración se aceleró.

—¿Por qué?

—Porque Ryan y Lauren creen que todavía no sabes lo del préstamo.

Sentí que el estómago se cerraba.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque el dinero está en la cuenta de mi esposa.

Aquellas palabras me dejaron sin aire.

—¿Qué?

—Soy el titular conjunto de esa cuenta. Vi entrar los ciento cincuenta mil dólares. Después aparecieron quinientos mil más procedentes del préstamo hipotecario.

Apreté el teléfono con fuerza.

—¿Ella sabe que usted lo descubrió?

—No.

—¿Entonces por qué me ayuda?

Harrison soltó una risa amarga.

—Porque mi esposa lleva dos años robándome mientras duerme al lado de mí. Y porque tu marido cometió el error de mover dinero utilizando el sistema de mi empresa.

Fruncí el ceño.

—¿Tu empresa?

—La plataforma bancaria donde se procesaron las transferencias.

Por primera vez sentí una pequeña esperanza.

—¿Hay pruebas?

—Todas.

Respiré hondo.

—¿Qué quiere de mí?

—Que no llames a la policía todavía.

Aquello me sorprendió.

—¿Por qué?

—Porque si denuncias ahora solo conseguirás un divorcio complicado y una investigación financiera.

Hizo una pausa.

—Yo quiero derribar toda la red.

Miré otra vez hacia la casa.

Ryan estaba riéndose con su madre mientras señalaba el comedor.

Ya hablaban de cambiar los muebles.

Como si yo hubiera desaparecido.

—¿Qué clase de red?

La respuesta llegó inmediatamente.

—No eres la única víctima.

Mi corazón dio un vuelco.

—¿Qué significa eso?

—Ryan y Lauren llevan cuatro años haciendo exactamente lo mismo.

El mundo pareció detenerse.

—¿Cuatro años?

—Seducen personas con patrimonio, falsifican documentos, obtienen préstamos usando identidades compartidas y vacían las cuentas antes del divorcio.

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

—No…

—Ya encontramos tres matrimonios anteriores con el mismo patrón.

Tres.

Yo era la cuarta.

—¿Por qué nadie los detuvo?

—Porque siempre elegían víctimas diferentes, estados distintos y abogados distintos.

Su voz se volvió más firme.

—Hasta ahora.

Me apoyé contra la pared para no caer.

—¿Qué necesita?

—Que vengas a verme.

—¿Dónde?

—En mi despacho.

—¿Hoy?

—Ahora mismo.

Miré la puerta principal.

No podía entrar simplemente, tomar mi bolso y marcharme.

Ryan empezaría a sospechar.

Como si hubiera leído mis pensamientos, Harrison añadió:

—No vuelvas sola.

—¿Por qué?

—Porque desde hace dos horas alguien está estacionado frente a tu casa.

Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.

Giré lentamente la cabeza hacia la calle.

Un sedán negro permanecía inmóvil frente al jardín.

Las ventanas eran completamente oscuras.

—¿Quién es?

—No lo sé.

Harrison guardó silencio unos segundos antes de decir algo que terminó de helarme.

—Pero ese mismo automóvil siguió a mi esposa durante la última transferencia.

Respiré con dificultad.

—¿Qué hago?

—Voy por ti.

—¿Cuánto tardas?

—Diez minutos.

Antes de colgar, añadió una última frase.

—Emma…

—¿Sí?

—Tengo setecientos millones de dólares.

No entendí por qué me decía aquello.

Hasta que completó la frase.

—Y si aceptas trabajar conmigo para destruirlos, mañana mismo firmaremos un acuerdo en el juzgado… porque es la única forma legal de protegerte antes de que Ryan descubra quién soy realmente.

Colgó.

Me quedé mirando la pantalla apagada del teléfono.

No entendía por qué el marido de la amante de mi esposo estaba dispuesto a arriesgar una fortuna por una desconocida.

Pero cinco minutos después, cuando el sedán negro arrancó lentamente y comenzó a acercarse a la entrada de mi casa, comprendí que Harrison no había exagerado.

Ya no intentaban quedarse solo con mi dinero.

Ahora también iban por mí.

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